miércoles, 14 enero 2026

Olores de cocina: la paella diaria que desató una guerra vecinal en el edificio

Carmen Ruiz, 52 años, nunca pensó que su afición por cocinar (y sus olores de cocina) acabarían convirtiéndose en un problema legal. Vive desde hace más de una década en un bloque de pisos en el centro de Valencia y disfruta preparando platos tradicionales casi a diario. Paellas, guisos, frituras y caldos forman parte de su rutina.

El conflicto comenzó cuando su vecina de arriba, Laura Gómez, 29 años, empezó a notar que los olores subían constantemente a su vivienda.

Publicidad

Casas que huelen a casas ajenas

YouTube video

Había días que parecía que estaba viviendo dentro de un restaurante”, explica Laura. “Abría las ventanas y entraba olor a fritanga; cerraba y se quedaba dentro”.

Al principio, Laura optó por hablar directamente con Carmen. La conversación fue cordial, pero infructuosa. Carmen defendía que cocinaba en su propia casa, a horas normales y sin hacer nada fuera de lo común.

¿Cómo voy a dejar de cocinar en mi casa?”, se preguntaba. “No estoy poniendo música ni haciendo fiestas”.

Cuando el olor deja de ser una molestia menor

Con el paso de los meses, Laura empezó a documentar la situación. Fotografías, vídeos y mensajes al grupo de vecinos fueron acumulándose. Aseguraba que los olores eran persistentes, diarios y afectaban a su descanso y bienestar.

Finalmente, presentó una queja formal ante el presidente de la comunidad. La situación dividió al edificio. Algunos vecinos apoyaban a Carmen, argumentando que cocinar es una actividad básica de la vida diaria. Otros reconocían que los olores eran intensos y constantes.

olores de cocina
La convivencia de vecinos puede incluso estallar por olores de cocina

Qué dice la ley sobre los olores de cocina

Aunque cocinar en casa es un derecho básico, la Ley de Propiedad Horizontal establece límites cuando una actividad genera molestias graves, continuadas y evitables. Y esto lo traen los olores de cocina en muchas ocasiones.

Los tribunales consideran los olores como una forma de inmisión, al igual que el ruido o las vibraciones. Para que exista responsabilidad, deben cumplirse varios criterios:

  • Que los olores de cocina sean persistentes.
  • Que superen lo tolerable en convivencia normal.
  • Que afecten al uso y disfrute de la vivienda ajena.
  • Que existan alternativas razonables para reducirlos.

No se trata de prohibir cocinar, sino de minimizar el impacto. Ahora bien, ante la escalada del conflicto, la comunidad encargó un informe técnico. El resultado fue revelador: la campana extractora de Carmen no estaba conectada correctamente al conducto común y expulsaba parte del aire directamente al patio interior.

Esto explicaba por qué los olores se concentraban en las viviendas superiores. Y así, el administrador fue claro: Carmen debía adaptar su sistema de ventilación o reducir el impacto de los olores.

De la incomprensión al acuerdo

Carmen se sintió atacada. “Yo no sabía que la campana estaba mal”, alegó. “Nadie me lo había dicho en años”.

Tras varias reuniones y con mediación del administrador, se alcanzó un acuerdo: Carmen se comprometía a instalar una campana extractora adecuada con filtro de carbono y salida reglamentaria para evitar olores de cocina. La comunidad asumiría parte del coste al tratarse de una instalación compartida. Desde entonces, los olores disminuyeron de forma notable.

Cuando los olores acaban en los tribunales

Los expertos advierten que no todos los casos terminan tan bien. Existen sentencias que obligan a cesar actividades culinarias concretas, limitar horarios o incluso indemnizar a los vecinos afectados cuando se demuestra una molestia grave y prolongada.

Lo importante es actuar antes de que el conflicto se enquiste”, explica un abogado especializado en propiedad horizontal. “Hablar, documentar y buscar soluciones técnicas suele evitar demandas”.

Hoy, la relación entre Carmen y Laura es correcta, aunque distante. El edificio respira un ambiente más tranquilo y, literalmente, más limpio.

Yo sigo cocinando”, dice Carmen. “Pero ahora entiendo que también tengo que pensar en los demás”.

Laura lo resume de forma sencilla: “No quería que dejara de cocinar. Solo quería que mi casa oliera a mi casa”.

Publicidad

Una historia cotidiana que demuestra que, en la convivencia vecinal, incluso algo tan normal como una paella puede acabar poniendo a prueba los límites de la paciencia… y de la ley.


Publicidad