miércoles, 14 enero 2026

Marcos Agudo (32), exludópata: “Jugaba sabiendo que no debía estar ahí, no disfrutaba, solo intentaba no hundirme más”

Marcos Agudo, exludópata de 32 años, relata cómo el juego dejó de ser placer para convertirse en anestesia emocional, una adicción silenciosa que lo aisló, lo endeudó y lo obligó a tocar fondo para sanar.

No dormía más de seis horas seguidas desde hacía años. Aquella noche, tras salir del salón de juegos, Marcos Agudo se sentó en un banco y se hizo la pregunta que marcaría un antes y un después en su vida: “¿Y ahora qué? No tengo nada”. Tenía 32 años cuando decidió contar su historia. Hoy se define como ludópata inactivo y habla sin eufemismos de una adicción que, durante ocho años, le robó el sueño, el dinero y los vínculos.

Su relato de como terminó siendo un ludópata no busca el morbo ni la épica de la caída, sino algo más urgente: poner palabras a una adicción normalizada, silenciosa y profundamente destructiva, especialmente entre jóvenes.

Publicidad

El inicio de un ludópata: cuando ganar se convierte en la trampa

El inicio de un ludópata: cuando ganar se convierte en la trampa
Fuente: Pixabay

Marcos no empezó jugando para escapar de la pobreza ni por una necesidad extrema. Provenía de una familia estructurada, sin carencias materiales. Como muchos, conoció el juego desde lo social: póker entre amigos, visitas ocasionales al casino. El punto de quiebre llegó a los 18 años, en un salón de juegos de barrio.

Entró por curiosidad. Apostó una moneda. Ganó más de 500 euros. “A los 18 años, que una máquina te dé medio sueldo en minutos te rompe la cabeza”, explica el ex-ludópata. Aquella primera victoria sembró una idea peligrosa: la de haber encontrado un atajo. El juego dejó de ser ocio y pasó a ser una promesa de control, poder y superioridad.

Durante un tiempo, Marcos creyó que dominaba el sistema. Ganaba, gastaba, repetía. Se sentía más listo que los demás. El dinero perdió su valor real y se convirtió en un simple combustible para seguir jugando. Pero la frontera entre jugador social y adicto es clara y silenciosa: la pérdida de control.

“No es cuánto juegas, sino que ya no puedes decidir cuánto parar”, resume el ex-ludópata. Cuando el dinero empezó a desaparecer, llegaron los préstamos rápidos, las mentiras y el aislamiento. Primero dejó de ver a sus amigos. Luego empezó a engañar a su pareja. Después, a su familia. Para poder jugar necesitaba dos cosas: dinero y tiempo. Y para conseguir tiempo, tuvo que mentir.

Cuando jugar ya no da placer

YouTube video

Uno de los puntos más reveladores de su testimonio es este: el adicto no sufre solo cuando no juega; también sufre mientras juega. Al principio, el casino era refugio. Después, fue una trampa. El ex-ludópata ya no jugaba para ganar, sino para cubrir agujeros: pagar deudas, sostener mentiras, aplazar el derrumbe. Entraba diciendo “hoy no juego” y salía horas después sin dinero, sin energía y con más culpa.

“Jugaba sabiendo que no debía estar ahí. No disfrutaba. Solo intentaba no hundirme más”, asegura el ex-ludópata. Aun así, su cerebro seguía recordando el juego como algo placentero. El olor del casino, el sonido de las fichas, el saludo del personal. La dopamina borra las consecuencias y conserva el recuerdo del placer, una de las razones por las que la ludopatía es crónica.

Marcos sabía que tenía un problema mucho antes de poder decirlo en voz alta. Intentó dejarlo solo. Fracasó. Leyó, buscó soluciones rápidas, prometió parar. Nada funcionó. Había una barrera que no podía cruzar: contárselo a su padre.

Su miedo no era el rechazo, sino hacerle daño. Hipertenso, de salud frágil, Marcos utilizó durante años esa preocupación como excusa para ocultar recaídas. Hasta que entendió que el silencio también destruía.

La decisión fue extrema: escribió una carta, la dejó en la mesita de noche de su padre, envió un mensaje a sus hermanos y desapareció durante horas. No podía enfrentar la reacción. Cuando volvió, no hubo gritos ni castigo. Hubo un abrazo. “Desde mañana nos ocupamos de esto”, le dijo su padre. Y por primera vez en años, Marcos durmió.


Publicidad