En el último tiempo, la nutrición ha sido presentada como un terreno de certezas absolutas. Hoy las dietas dicen que se come huevo; mañana, se prohíbe. Hoy el ayuno intermitente parece la solución universal; mañana, surge un nuevo demonio alimentario. En medio de ese ruido, la ciencia avanza con otro ritmo: más lento, más prudente y, sobre todo, menos espectacular.
José Francisco López Gil pertenece a ese grupo cada vez más reducido de investigadores y divulgadores que hablan claro incluso cuando el mensaje no es popular. El dietista-nutricionista, doctor en Educación Física e investigador senior en el Global Burden of Disease, tiene una idea central que atraviesa todo su trabajo: lo importante no es la dieta perfecta, sino la que puedas sostener durante años.
No existe “la mejor dieta”: existe la más sostenible

La evidencia científica es clara en un punto que suele decepcionar al gran público: no existe un patrón único de alimentación óptimo para todo el mundo. La salud no es un estado binario —sano o enfermo—, sino un continuo influido por múltiples factores.
“Cuando analizamos los grandes estudios poblacionales, vemos que los patrones más saludables comparten rasgos comunes”, explica López Gil. Entre ellos: bajo consumo de alimentos ultraprocesados; dietas ricas en alimentos de origen vegetal (frutas, verduras, legumbres, cereales integrales); reducción —no eliminación obligatoria— de productos animales y moderación energética sostenida en el tiempo
Por otro lado, el ayuno intermitente es uno de los conceptos más buscados en nutrición. Sin embargo, para López Gil el principal error es conceptual: no es una dieta, sino una herramienta. “La pérdida de grasa que se observa con ayuno intermitente suele deberse a una reducción calórica total, no al ayuno en sí”, aclara. Cuando los estudios comparan ayuno y dietas tradicionales a igualdad de calorías, las diferencias desaparecen.
Eso no significa que sea inútil. Puede ser útil para algunas personas, pero no es superior por definición ni aplicable de forma universal. Además, no está recomendado como mensaje de salud pública para niños, adolescentes, embarazadas o personas mayores.
Comer de noche, ¿engorda más?
Uno de los mitos más persistentes. La ciencia es clara: a igualdad calórica, la hora no determina el aumento de grasa corporal. Las diferencias observadas en estudios de crononutrición son mínimas y poco relevantes en la práctica. “Centrarse en si se cena a las ocho o a las diez distrae de lo realmente importante: el total de calorías, la calidad de la dieta y la adherencia”, resume. José Francisco López Gil adopta una postura incómoda para las redes sociales, pero coherente con la evidencia:
- Dieta cetogénica: no es superior para perder grasa a largo plazo y es difícil de mantener socialmente.
- Azúcar: cuanto menos, mejor como mensaje de salud pública, pero no es una droga comparable a la cocaína.
- Huevos: no son veneno ni milagro. El consumo elevado se asocia a peores biomarcadores en algunos estudios, pero el contexto dietético importa.
- Edulcorantes: no hay evidencia sólida para afirmar que todos dañen la microbiota; tampoco son inocuos por defecto.
El problema, insiste, no es el alimento aislado, sino cómo se comunica la ciencia. Asimismo, para López Gil, uno de los mayores daños actuales no es nutricional, sino comunicativo. Dietas contradictorias, alarmismo y titulares extremos han erosionado la confianza social. “Hoy no comas huevo; mañana come cinco. Hoy el cardio es inútil; mañana las pesas son imprescindibles. Ese vaivén hace que la gente desconecte”, advierte.









