A partir de los 60, el cuerpo empieza a hablar otro idioma. El corazón ya no late con la misma elasticidad de antes, las arterias se vuelven un poco más rígidas y el organismo procesa los medicamentos con más lentitud. Nada dramático… pero sí diferente. Y en ese cambio silencioso ocurre algo importante: fármacos que a los 40 parecían inofensivos pueden convertirse en una carga para el corazón con el paso de los años.
El problema es que ese daño no suele dar la cara de golpe. Avanza despacio. A veces sin síntomas claros. Y cuando te das cuenta, ya lleva tiempo ahí.
No se trata de asustar a nadie. Se trata de entender. De saber qué tomamos, por qué lo tomamos y durante cuánto tiempo. Porque cuidar el corazón también pasa por revisar el botiquín (sí, incluso ese cajón lleno de “esto me lo recetaron hace años y nunca lo dejé”).
Cuando lo habitual deja de ser inocente

Hay medicamentos que forman parte del día a día de muchísimas personas. Analgésicos, pastillas para el estómago, algo para el resfriado… y hasta suplementos “naturales”. El problema no es tomarlos una vez. Es tomarlos durante meses o años sin revisar si siguen siendo necesarios.
Los antiinflamatorios como el ibuprofeno o la naproxina, tan comunes para dolores articulares, pueden sobrecargar un corazón envejecido. Retienen líquidos, suben la tensión y hacen que el corazón tenga que trabajar más de lo que debería, como si a un motor viejo le pidiéramos subir un puerto con el freno de mano puesto. Hinchazón en los tobillos, cansancio sin motivo claro o falta de aire no son detalles menores.
Algo parecido ocurre con ciertos protectores de estómago, como el omeprazol o el pantoprazol, que muchas personas toman “por si acaso” durante años. A largo plazo pueden provocar déficit de magnesio, un mineral clave para el ritmo del corazón. Y cuando el corazón pierde su compás, aparecen las arritmias. Además, pueden hacer que las arterias pierdan elasticidad, obligando al corazón a bombear con más fuerza de la necesaria.
Pastillas para el resfriado y la cabeza… pero no para el corazón

¿Quién no ha tomado alguna vez un descongestionante para poder respirar mejor? Muchos de estos medicamentos contienen sustancias que estrechan los vasos sanguíneos. En la nariz funciona. Pero en el resto del cuerpo, no tanto. En personas con hipertensión o antecedentes cardíacos, pueden provocar subidas bruscas de tensión, palpitaciones o mareos en cuestión de horas.
A veces, algo tan simple como suero fisiológico, un humidificador o un spray nasal suave puede ser una opción más segura. Menos espectacular, sí. Pero mucho más amable con el corazón.
Con los antidepresivos tricíclicos pasa algo parecido. Aunque hoy se recetan menos, siguen utilizándose para el insomnio o el dolor crónico. El problema es que pueden alterar la “electricidad” del corazón y provocar bajadas de tensión al ponerse de pie. Y en una persona mayor, una caída no es solo una caída: puede cambiar una vida entera.
El suplemento que parece bueno… y no siempre lo es

El calcio merece una mención aparte. Es esencial para los huesos, nadie lo duda. Pero tomado en suplementos, sin control y en dosis altas, puede volverse en contra del sistema cardiovascular. A diferencia del calcio de los alimentos, que se absorbe poco a poco, los suplementos pueden generar picos en sangre. El exceso puede acabar depositándose en las arterias, endureciéndolas.
Arterias rígidas significan más esfuerzo para el corazón. Y más esfuerzo, con los años, pasa factura.









