martes, 13 enero 2026

Los “químicos invisibles” que preocupan a los expertos por su impacto en la salud de los jóvenes

- La exposición diaria a tóxicos invisibles podría estar detrás del aumento de enfermedades en jóvenes y niños.

Los jóvenes están enfermando antes… y no es casualidad. Hay algo que se nota, aunque a veces cueste ponerle nombre. Lo vemos en amigos que empiezan a tener problemas de salud demasiado pronto. En adolescentes medicados. En niños con diagnósticos que antes solo aparecían en adultos. Y cuando uno mira los datos, el escalofrío se confirma: en apenas tres décadas, el cáncer en menores de 50 años ha aumentado cerca de un 80%.

No, no todo puede explicarse por el estrés, la comida rápida o la vida sedentaria. Hay algo más. Algo que no se ve, no se huele… pero se queda.

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Cada vez más científicos señalan a los disruptores endocrinos, sustancias químicas que alteran nuestras hormonas y que forman parte de lo cotidiano: envases, ropa, cosméticos, juguetes, muebles, productos de limpieza. No son una excepción. Son el paisaje.

El doctor Nicolás Olea, referente en este campo, lo dice con claridad: las generaciones actuales —millennials y generación Z— están soportando una carga tóxica muy superior a la de sus padres y abuelos. Y cuando uno conecta ese dato con el aumento de enfermedades crónicas, aparece una pregunta incómoda… pero honesta: ¿y si no es que somos más frágiles, sino que estamos más expuestos?

No es tu genética: es el mundo que te rodea

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Vivimos rodeados de sustancias químicas que alteran nuestro equilibrio sin que apenas lo notemos. Fuente:Canva

Durante años nos hemos refugiado en una idea tranquilizadora: “es hereditario”. Como si la genética explicara todo. Pero la ciencia está desmontando ese relato poco a poco. Hoy se estima que hasta el 90% de las enfermedades crónicas no nacen en los genes, sino en el entorno. En el aire, en el agua, en la comida. En aquello que damos por normal.

Un ejemplo que duele: la salud infantil. En Madrid, uno de cada diez escolares tiene asma y necesita medicación a diario. Uno de cada diez. Y no hablamos de un barrio aislado, sino de una realidad generalizada.

Hay datos todavía más inquietantes. En la Comunidad Valenciana, estudios recientes encontraron restos de un insecticida prohibido hace veinte años en la orina de 8 de cada 10 niños. Veinte años después… sigue ahí. Y a nivel europeo, algunas resinas plásticas usadas en latas tardaron casi treinta años en prohibirse desde que se demostrara su toxicidad. La ciencia corre. La regulación, a veces, camina con muletas.

La infancia: cuerpos pequeños, impactos enormes

Los quimicos invisibles 2 Merca2.es
Los disruptores endocrinos están en objetos cotidianos: envases, ropa, juguetes y productos de limpieza. Fuente:Canva

Si hay un grupo especialmente vulnerable, son los niños. Y no porque sean “delicados”, sino por pura biología. Respiran más veces por minuto, comen más en proporción a su tamaño y sus sistemas de depuración todavía no están maduros. Sus órganos se están formando. Todo lo que entra deja una huella más profunda.

Además, está la forma natural de estar en el mundo cuando eres pequeño: tocar, chupar, gatear, llevarte cosas a la boca. Y aquí aparece un detalle que muchas veces olvidamos: el entorno material. Los niños de hoy crecen rodeados de derivados del petróleo. Suelos de PVC, ropa de poliéster, muebles de melamina, juguetes de plástico. Muy distinto a la madera, el algodón o la cerámica de la casa de sus abuelos.

No es nostalgia. Es química.

La contaminación que no grita… pero se queda

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El cuerpo infantil absorbe más tóxicos y durante más años que el de generaciones anteriores. Fuente:Canva

Bisfenoles. PFAS. Ftalatos. Compuestos orgánicos volátiles. Nombres fríos para una realidad muy simple: sustancias que se acumulan en el cuerpo desde que somos pequeños. No provocan un síntoma inmediato. No causan una crisis espectacular. Pero alteran hormonas, inflaman tejidos, interfieren en procesos básicos.

Por eso los científicos hablan de “contaminación silenciosa”. No es una explosión. Es una gota constante sobre la misma piedra. Y mientras tanto, la industria utiliza hoy más de 345.000 sustancias químicas distintas, muchas de ellas sin haber sido probadas de forma adecuada en humanos antes de salir al mercado. Vivimos inmersos en una sopa química que apenas entendemos del todo. (Dicho así… asusta un poco, ¿verdad?)

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