martes, 13 enero 2026

La prensa española normaliza el violento colonialismo de Trump

La normalización del colonialismo violento de Donald Trump por parte de buena parte de la prensa española no es un error puntual ni una distracción coyuntural. Forma parte de una tendencia ultraconservadora y supone una deriva preocupante que combina servilismo al mundo yankee y u alto grado de desvergüenza.

Mientras Washington actúa cada vez con menos complejos como una potencia imperial clásica —intervenciones militares, secuestros de jefes de Estado, amenazas abiertas a aliados—, numerosos medios españoles optan por mirar hacia otro lado o, peor aún, por justificar lo injustificable.

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El caso de Venezuela es paradigmático. La intervención de Estados Unidos, motivada de forma explícita por intereses económicos —el petróleo, sin disfraces retóricos sobre democracia o derechos humanos— ha sido tratada con una sorprendente indulgencia mediática. A diferencia de Irak o Libia, esta vez ni siquiera se ha intentado camuflar el expolio.

El propio secretario de Estado de Energía estadounidense, Chris Wright, ha planteado abiertamente que el Gobierno de Trump entre en el capital de petroleras con negocios en Venezuela. Entre ellas, Repsol. Y, sin embargo, en la prensa española apenas se ha problematizado el imperialismo estadounidense ni el papel del CEO de la compañía, Josu Jon Imaz, acusado de «servil» por algunos excompañeros del PNV.

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Josu Jon Imaz. Foto: EP.

La sonrisa cómplice de muchos editoriales antisanchistas se ha congelado solo cuando Trump ha decidido mantener la estructura chavista en el poder, en lugar de aupar a la oposición venezolana que algunos medios daban por vencedora anticipada.

El secuestro de Nicolás Maduro y la apuesta estadounidense por Delcy Rodríguez, siempre que garantice el acceso preferente al crudo y rompa con Rusia, China o Irán, han dejado en evidencia que nunca se trató de democracia. Como dijo el propio Trump, que los venezolanos puedan votar libremente no es una prioridad.

Esta actitud de la prensa no es nueva. Tiene antecedentes. Hace décadas, el diario ABC publicó en portada, el 20 de abril de 1939, un dibujo a toda plana de Adolf Hitler con motivo de su cincuenta cumpleaños. En el pie de foto, el periódico afirmaba: «ABC se honra en esta fecha publicando en su primera página el retrato del jefe del Estado alemán». Hoy ya no se honra a dictadores europeos del siglo XX, pero se les baila el agua a los del XXI.

El seguidismo acrítico a Trump recuerda demasiado a aquel entusiasmo vergonzante. Mientras tanto, Trump amenaza abiertamente a la OTAN y a Europa con hacerse con Groenlandia, como si el mundo fuera un tablero de Risk. La repugnante presión sobre Dinamarca para que venda el territorio ignora, una vez más, la voluntad de quienes allí viven. Colonialismo del siglo XIX con marketing del XXI.

Las voces críticas existen, pero suelen venir de fuera del circuito mediático tradicional. En los Globos de Oro de 2026, el actor Mark Ruffalo rompió ese consenso de silencio y utilizó su encuentro con la prensa para definir al corrupto presidente estadounidense. «Ese tipo es un delincuente convicto; un violador convicto. Es un pedófilo. Es el peor ser humano del mundo». Y añadió una advertencia que resume el momento político actual: «Si confiamos en la moralidad de este tipo para el país más poderoso del mundo, entonces todos estamos en serios problemas».

El actor también denunció explícitamente lo que calificó como una «invasión ilegal» de Estados Unidos en Venezuela y acusó a la Casa Blanca de mentir deliberadamente sobre las operaciones militares en el extranjero. Ruffalo vinculó esa política exterior con la violencia interna en Estados Unidos, señalando directamente al servicio de control de aduanas, ICE, tras el asesinato en Minneapolis de Renée Nicole Good, una mujer de 37 años, a manos de un agente federal.

Minnesota y sus principales ciudades han demandado a la Administración Trump por violar la Primera Enmienda, pero estos hechos, documentados y grabados, apenas encuentran eco en los grandes medios españoles.

En paralelo, el ecosistema mediático digital de la extrema derecha crece y se normaliza, especialmente entre los más jóvenes. Y los streamers tienen mucho que ver en ello.

PREMIOS PARA LOS FACHATUBERS

Algunos fachatubers, muchos de ellos premiados este fin de semana en los Army Awards organizados por el polémico prescriptor ultraconservador Ceciarmy y presentados por Santiago Segura, se presentan como patriotas y defensores de la democracia en Venezuela mientras tributan en Andorra, se niegan a condenar el franquismo, blanquean la violencia política e insultan al presidente del Gobierno.

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Ceciarmy y Santiago Segura. Foto. Redes.

Algunos de estos agitadores han sido subvencionados con dinero público por administraciones del PP y hoy encuentran un nuevo impulso al calor de Trump y Javier Milei. El jefe de Vito Quiles, Javier Negre, ha llegado incluso a mentir sobre la mujer norteamericana asesinada.

El caldo de cultivo actual —casos de corrupción socialista, crisis de vivienda, hartazgo con la inmigración y el resentimiento del ‘macho herido’ frente a la agenda feminista— beneficia directamente a Vox y a Santiago Abascal, que quiere tocar poder a nivel estatal para imponer su agenda racista, machista y ecocida.

Absascal es un líder que se envuelve en la bandera rojigualda mientras actúa como colaboracionista de una potencia extranjera. Trump lo dice sin pudor en su Estrategia de Seguridad Nacional: ve en los partidos ‘patrióticos’ europeos una oportunidad.

Supuestos patriotas dispuestos a aumentar el gasto militar hasta el 5% del PIB, a comprar armas estadounidenses mientras desmontan el Estado del bienestar, a promover el tecnomedievo y a desregular para que los monopolios tecnológicos sigan campando a sus anchas en Europa, pagando pocos impuestos, generando escaso empleo y emponzoñando el clima social.


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