lunes, 12 enero 2026

El perro del vecino y las zonas comunes: el conflicto que acabó mal

Antonio Ruiz, 55 años, nunca pensó que tener un perro en su comunidad de vecinos acabaría convirtiéndose en un problema legal y un gran conflicto. Vive desde hace más de dos décadas en un bloque de viviendas en el centro de Albacete y siempre había presumido de una convivencia tranquila. Todo cambió cuando su vecina del segundo, Carolina Fontán, comenzó a quejarse del uso que Antonio hacía de las zonas comunes con su mascota.

El detonante fue aparentemente menor: Antonio bajaba a su perro todas las mañanas y lo dejaba unos minutos atado en el portal mientras subía a recoger las llaves o el móvil olvidado. “Era cuestión de dos o tres minutos”, explica él. “El perro es tranquilo y no molesta”. Para Carolina, sin embargo, aquello era inadmisible.

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Cuando una costumbre se convierte en conflicto

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El portal no es un sitio para dejar animales”, sostiene Carolina, 39 años. “Hay niños, personas mayores y vecinos con miedo a los perros”. Aunque el animal no había causado ningún incidente, su sola presencia generaba incomodidad.

Al principio, las quejas fueron verbales. Carolina pidió a Antonio que dejara de hacerlo. Él respondió que exageraba y que nunca había pasado nada. La tensión fue en aumento hasta que la vecina decidió llevar el asunto a la comunidad.

Durante la siguiente junta de propietarios, el tema ocupó más tiempo del previsto. Algunos vecinos apoyaron a Carolina; otros defendieron a Antonio, recordando que tener mascotas es legal y habitual.

El administrador de fincas aclaró un punto clave: las zonas comunes no pueden usarse de forma privativa ni permanente, y dejar un animal atado en el portal, aunque sea por poco tiempo, puede considerarse un uso indebido. Además, recordó que la comunidad tiene la obligación de garantizar la seguridad y la salubridad de los espacios comunes.

Qué dice la normativa sobre mascotas en comunidades

La Ley de Propiedad Horizontal no prohíbe tener mascotas, pero sí establece que su presencia no debe causar molestias, riesgos o perjuicios al resto de propietarios.

Dejar a un perro solo en una zona común, aunque sea unos minutos, puede generar responsabilidad si ocurre un incidente. Incluso aunque el animal sea dócil, el propietario responde de cualquier daño o susto que pueda provocar.

juntas de vecinos
Un conflicto vecinal puede surgir hasta por tener una mascota y no actuar correctamente

En este caso, la comunidad decidió aprobar una norma interna: quedaba prohibido dejar animales solos en zonas comunes, incluidos portal, escaleras y descansillos.

De esta forma, Antonio se sintió señalado. “Tengo la sensación de que el problema no es el perro, sino que molesta que exista”, comenta. Durante días mantuvo una relación tensa con varios vecinos y llegó a plantearse vender el piso.

Sin embargo, tras recibir una comunicación escrita del administrador recordándole la normativa aprobada, decidió acatarla. Desde entonces, baja siempre con el perro y no lo deja solo ni un instante.

Al final no me costaba tanto”, reconoce. “Pero la forma en que se gestionó me dolió”.

Cuando el conflicto va más allá del animal

Carolina, por su parte, insiste en que no se trata de una cuestión personal. “Yo no odio a los perros, aunque sí me asustan un poco”, aclara. “Pero las normas están para cumplirse”.

Este tipo de conflictos son cada vez más frecuentes. El aumento de mascotas en entornos urbanos ha multiplicado las fricciones en comunidades: ladridos, uso del ascensor, higiene, olores o presencia en patios y zonas verdes. De hecho, los expertos en mediación vecinal coinciden en que muchas disputas podrían evitarse con reglas claras desde el principio.

El papel clave de la comunidad

En este edificio, el conflicto sirvió para revisar el reglamento interno y regular otros aspectos relacionados con las mascotas: limpieza de ascensores, obligación de llevar correa y responsabilidad por daños. Desde entonces, no se han producido nuevas quejas.

Aprendimos que no se puede ir improvisando”, explica el presidente de la comunidad. “Las normas evitan discusiones”.

La realidad después del conflicto es que Antonio y Carolina apenas se saludan, pero el conflicto no ha vuelto a escalar. Ambos reconocen que la situación podría haberse gestionado mejor con diálogo y menos tensión personal.

Su historia demuestra que los problemas vecinales no siempre nacen de grandes conflictos. A veces, basta una costumbre cotidiana para poner a prueba la convivencia… y recordar que vivir en comunidad implica límites, incluso cuando se trata de nuestras mascotas.

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