Mientras duermes, tu cerebro también se juega la salud. Con los años, el cuerpo va cambiando sin hacer ruido. No hay un día exacto en el que uno se levante diciendo “hoy mis arterias son más rígidas”, pero sucede. Poco a poco la sangre circula más despacio, el cerebro se vuelve más sensible y lo que antes no tenía importancia empieza a tenerla. De día nos movemos, subimos escaleras, caminamos, gesticulamos… y eso ayuda. Pero de noche, cuando todo se detiene, nuestros pequeños hábitos —los de siempre, los de toda la vida— pueden jugar en nuestra contra.
Cada vez más expertos insisten en algo que, sinceramente, muchos no nos planteamos: cómo dormimos importa, y mucho. La postura, la altura de la cabeza, incluso si nos tapamos demasiado… Todo influye en el riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular mientras dormimos. Y lo más inquietante es esto: no hablamos de conductas raras, sino de gestos cotidianos que repetimos sin pensar. ¿Quién no ha dormido alguna vez boca abajo, sin almohada o hecho un ovillo bajo una manta?
Cuando la cama deja de ser solo descanso

Dormir boca arriba sin almohada parece cómodo, casi natural. A mí misma me ha pasado: pensar “así descanso mejor”. Pero en personas mayores esa postura puede dificultar que la sangre drene bien desde el cerebro. La gravedad deja de ayudar, la circulación se vuelve más lenta y la sangre puede estancarse. Y cuando la sangre se queda quieta demasiado tiempo… empieza el riesgo de coágulos.
No hace falta nada complicado para protegerse. Basta con elevar un poco la cabeza, apenas unos centímetros, con una o dos almohadas o una cuña. Es un gesto pequeño, casi insignificante, pero marca la diferencia. Es como abrir un poco una puerta para que el aire circule mejor.
Otra postura muy habitual es dormir boca abajo con el cuello girado. Lo hacemos para poder respirar, claro. Pero al forzar el cuello, comprimimos arterias que llevan sangre al cerebro. Y además, al aplastar el pecho contra el colchón, respiramos peor. Menos oxígeno, menos riego…
El cerebro aguanta en silencio, sin que notemos nada raro al despertar. Pero eso no significa que no esté pagando el precio. A veces el daño no avisa. Simplemente se acumula.
El aire que respiramos mientras dormimos también cuenta

Cubrirse la cabeza con una manta, sobre todo cuando hace frío, es casi un acto instintivo. Refugio, calor, protección. Pero debajo de esa manta el aire se empobrece: hay menos oxígeno y más dióxido de carbono. En un cuerpo joven se corrige rápido; en uno envejecido, no tanto.
El resultado es una especie de “respiración cansada” para el cerebro. Como si pasara la noche en una habitación mal ventilada. Y además, esos cambios en los gases pueden hacer que la presión arterial suba y baje, forzando unas arterias que ya están más frágiles.
Y luego está el sillón reclinable. Muchas personas mayores duermen ahí porque les duele la espalda o tienen reflujo. Es comprensible. Pero dormir semisentado hace que la sangre se acumule en piernas y caderas.
Aquí aparece un riesgo del que casi no se habla: cuando la sangre se mueve despacio, puede formar coágulos, y esos coágulos no siempre se quedan donde nacen. El cuerpo humano está diseñado para descansar en horizontal, donde la circulación se reparte mejor, como un río que fluye sin obstáculos.
Incluso el lado en el que dormimos importa

Dormir de lado con el brazo bajo la almohada es otra escena cotidiana. Ese hormigueo que aparece en el brazo… lo normalizamos. “Se me ha dormido”, decimos. Pero en realidad es una señal de que la sangre no está circulando bien. En especial, si dormimos sobre el lado derecho, podemos estar comprimiendo arterias importantes para el riego cerebral.
Una alternativa más amable es el lado izquierdo, con los brazos hacia adelante o a lo largo del cuerpo y la cabeza ligeramente elevada. No es una postura mágica, pero sí más respetuosa con el corazón y con el cerebro. A veces, cuidar es simplemente no estorbar al cuerpo.









