domingo, 11 enero 2026

El TDAH no es falta de atención: es un problema de control del foco

- Cuando entender el cerebro cambia la forma de mirar el TDAH… y a quienes lo viven.

Durante años, el TDAH se ha explicado como si fuera un simple problema de atención. O de comportamiento. O, peor aún, de voluntad. “Si te esforzaras más…”. Pero la neurociencia actual nos dice algo muy distinto —y, honestamente, mucho más humano—: el TDAH no es que no quieras concentrarte. Es que tu cerebro tiene dificultades para gobernarse a sí mismo.

No es pereza. No es desinterés. Es una lucha interna para regular impulsos, emociones y pensamientos. Como intentar conducir con un volante que a ratos no responde del todo.

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En el fondo del asunto está la química del cerebro. En especial, la dopamina y otros mensajeros que permiten que distintas zonas “se hablen” entre sí. El epicentro de ese control es la corteza prefrontal, la parte del cerebro que nos ayuda a frenar impulsos, planificar, organizarnos y pensar antes de actuar. Me gusta imaginarla como el director de una orquesta: no toca ningún instrumento, pero sin él todo se vuelve caótico.

En el TDAH, el problema no es que falten notas, sino que la comunicación entre ese director y el resto de músicos es inestable. A veces la señal llega tarde. O se corta. Y entonces aparecen la impulsividad, la dificultad para regular emociones y esa sensación tan conocida de “sé lo que tengo que hacer… pero no consigo hacerlo”.

Cuando las redes del cerebro no bailan al mismo ritmo

TDAH
Cuando el cerebro intenta gobernarse, pero la señal no siempre llega. Fuente: Canva

El cerebro funciona a base de redes que se activan y se apagan según lo que estemos haciendo. Hay una que se encarga de la atención voluntaria (por ejemplo, escuchar una explicación), otra que vigila el entorno por si aparece algo importante o peligroso, y una tercera que se ocupa del mundo interior: pensamientos, recuerdos, ideas que van y vienen.

En una mente “típica”, estas redes se turnan con bastante orden. Si estás concentrado, el ruido interno baja. Si estás ensimismado, el exterior pierde protagonismo. Pero en el TDAH ese turno se desordena. Las redes se pisan, se superponen, compiten entre sí.

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El TDAH no es falta de ganas, es una forma distinta de funcionar. Fuente: Canva

Por eso ocurre algo tan familiar: estás en una conversación y, de pronto, un pensamiento aparece sin pedir permiso. O una mosca, un sonido o una luz toman el control de tu atención como si fueran urgentes… cuando no lo son. Es como si todas las ventanas del ordenador se abrieran a la vez.

Y aquí viene algo importante: muchas personas con TDAH sí pueden concentrarse profundamente… pero solo en aquello que realmente las estimula. El famoso “hiperfoco”. Mientras tanto, tareas rutinarias o poco motivantes se vuelven una cuesta empinadísima. No es desinterés: es un filtro atencional que no consigue estabilizar qué merece estar en primer plano.

Cuando nadie lo entiende, el daño se acumula

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Entre la distracción y el hiperfoco: así se vive por dentro. Fuente: Canva

El problema no es solo neurológico. Es también social. Cuando el entorno no entiende qué es el TDAH —cuando la escuela no se adapta, cuando se etiqueta a alguien como “despistado”, “impulsivo” o “poco constante”— el golpe es profundo. Muchos niños y adultos con TDAH crecen sintiendo que siempre llegan tarde, que fallan donde otros no, que algo en ellos “no encaja”.

Y eso pasa factura.

Las investigaciones muestran mayores riesgos de adicciones, conductas impulsivas y búsqueda constante de estimulación. En muchos adultos no diagnosticados aparece algo todavía más duro: la automedicación. Descubren que ciertas sustancias estimulantes no les generan euforia, sino calma y enfoque. No porque “quieran colocarse”, sino porque su cerebro, por fin, se siente regulado.

En las relaciones también se nota: decisiones impulsivas, conflictos, dificultad para sostener vínculos estables. No es falta de valores. Es, de nuevo, una dificultad real para frenar a tiempo.

Y lo más triste es que muchas de estas personas son inteligentes, creativas, sensibles… pero acaban creyendo que su manera de funcionar es un defecto.

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