El cerebro también sufre cuando el cuerpo se desajusta. Hay algo que ya no se puede ignorar. Lo vemos en amigos, en familiares, en nosotros mismos. Ansiedad. Cansancio mental. Tristeza que no se va. Diagnósticos que antes eran raros y ahora se han vuelto cotidianos. Como si el mundo, por dentro, estuviera un poco desbordado.
El psiquiatra de Harvard Christopher Palmer lo dice con cifras que impresionan: cerca de mil millones de personas en el planeta viven hoy con algún trastorno mental. Una de cada ocho. Y en los países occidentales, el dato da aún más vértigo: una de cada dos personas atravesará algún problema de salud mental a lo largo de su vida. No es una racha. Es un patrón.
Y Palmer lanza una pregunta incómoda: si cada vez hay más tratamientos, más diagnósticos, más conciencia… ¿por qué estamos peor?

Para él, la respuesta es clara, aunque no sea fácil de aceptar: llevamos décadas intentando apagar incendios sin revisar el cableado. Tratamos los síntomas, pero rara vez miramos qué está fallando por debajo. “Es hora de una transformación. De una auténtica revolución en la salud mental”, repite. No como un eslogan, sino como una necesidad urgente.
Hay una coincidencia que le obsesiona: mientras aumentan la depresión, la ansiedad o la esquizofrenia, también lo hacen la obesidad, la diabetes y las enfermedades del corazón. Demasiadas cosas creciendo al mismo tiempo como para pensar que es casualidad. Y añade algo todavía más duro: muchas personas con trastornos mentales viven, de media, 15 años menos. No por el diagnóstico en sí, sino por problemas metabólicos y cardiovasculares.
Cuando lo lees despacio, duele. Porque ya no hablamos solo de “sentirse mal”. Hablamos de vida.
Cuando entiendes que la mente no va sola

Aquí es donde Palmer rompe con casi todo lo que nos han contado. Para él, la salud mental no es un asunto aislado del cerebro. No es solo química, ni solo genes. Es cuerpo. Es energía. Es metabolismo.
Lo explica de una forma que se te queda grabada: “Cuando el metabolismo se detiene, la vida se detiene. No hay excepciones.” El metabolismo no es contar calorías. Es el sistema que permite que cada célula respire, funcione, se repare. Y el cerebro —nuestro órgano más exigente— depende de ese sistema más que ningún otro.
Dicho de otra manera: si el cuerpo no está produciendo y usando bien la energía, la mente lo paga.

Por eso Palmer no ve la depresión, la ansiedad o la psicosis como “fallos internos” sin remedio, sino como señales de un sistema desregulado. Estrés constante. Dormir mal. Comer alimentos que inflaman. Vivir desconectados del cuerpo. Haber pasado por traumas tempranos. Todo eso va erosionando el metabolismo poco a poco. Y llega un momento en que el cerebro empieza a gritar… con síntomas.
Cuando lo escuchas, algo encaja. Como si muchas piezas sueltas, de repente, encontraran su lugar.
Y por eso es tan contundente con una idea: la narrativa de que los trastornos mentales son genéticos, fijos y para siempre tiene que desaparecer. Porque esa historia no solo es incompleta… también roba esperanza.
A veces el problema no está en la cabeza, sino en la energía que le falta
Palmer habla de cosas que casi nunca salen en una consulta rápida. Inflamación cerebral. Procesos autoinmunes que impiden que nutrientes clave lleguen al cerebro. Vitaminas como el folato o la B12 que, aunque aparezcan “normales” en los análisis, no llegan donde hacen falta.
Es como tener comida en la nevera… pero no poder abrir la puerta.
Y cuando al cerebro le falta combustible, lo expresa como puede: tristeza profunda, ansiedad que no se calma, pensamientos oscuros, desconexión del mundo. No por debilidad. Por biología.
Desde ahí surge su propuesta: si tratamos el metabolismo, también podemos tratar la mente.









