La psicóloga Alicia González lleva años trabajando en consulta con personas atrapadas en relaciones tóxicas que se repiten, se rompen y se reanudan sin llegar a sanar. En un contexto atravesado por la inmediatez emocional y el miedo a la soledad, su mensaje es claro: cuando existe abuso psicológico, el contacto cero no es una opción, es una necesidad clínica.
Sentirse atraído por otra persona estando en una relación no es una anomalía ni un fallo moral. Según explica González, el cuerpo responde antes que la razón, y esa reacción automática no siempre coincide con lo que uno desea conscientemente. El conflicto aparece cuando esa atracción se convierte en la fantasía de que otra persona podría ofrecer una vida más plena. Ese pensamiento, amplificado por la lógica de la elección constante, alimenta lo que hoy se conoce como FOMO relacional y empuja a rupturas impulsivas, idas y vueltas con la expareja y vínculos cada vez más inestables.
Cuando el cuerpo se adelanta a la cabeza: atracción, FOMO y vínculos inestables
En ese escenario, la psicóloga es contundente: cuando hay manipulación, maltrato emocional o desequilibrio de poder, mantener contacto aunque sea mínimo perpetúa el daño. El intercambio intermitente sostiene la esperanza, reactiva la dependencia emocional y dificulta cualquier proceso real de duelo. No se trata de falta de amor, sino de miedo a soltar y a quedarse solo.
González advierte además sobre un fenómeno preocupante: conductas que antes eran reconocidas como violentas hoy se presentan como gestos de cuidado. El control disfrazado de atención, la exigencia de saberlo todo o la vigilancia constante en nombre de la confianza son señales de alerta. La confianza, insiste, no necesita supervisión. Cuando aparece el control, lo que suele haber debajo es inseguridad y temor a la vulnerabilidad.
Otro de los errores más frecuentes es creer que las relaciones tóxicas siempre tienen rostros evidentes. En la práctica clínica ocurre lo contrario: muchas veces el perfil abusivo es carismático, empático en apariencia y socialmente valorado. Por eso, subraya que cualquiera puede verse atrapado en una dinámica de maltrato, independientemente de su formación, su fortaleza emocional o su experiencia previa.
Control, miedo y falsas banderas rojas: así se normalizan las relaciones tóxicas

Tras una ruptura, muchas personas se preguntan cuándo estarán listas para volver a amar. Para González, esa pregunta es una trampa. Nadie llega completamente reparado a un vínculo y esperar estar “bien del todo” solo refuerza la idea de que hay que merecer el amor. El trabajo terapéutico no apunta a eliminar las heridas antes de vincularse, sino a reconocerlas y hacerse cargo de ellas dentro de la relación.
En una relación no solo se comparte el presente, también se proyectan miedos, carencias y expectativas imposibles de sostener. Ningún vínculo puede cubrir todas las necesidades de una persona sin generar frustración. Cuando las dudas no se hablan y el malestar se silencia, la relación se deteriora hasta volverse asfixiante.
En un tiempo donde todo parece reemplazable y descartable, Alicia González deja una advertencia incómoda pero necesaria: no todo vínculo que duele es amor, y no toda ruptura necesita explicación. En las relaciones tóxicas, cortar el contacto no es huir; muchas veces, es el primer acto de cuidado real.









