domingo, 11 enero 2026

Martin Calcagno, artista plástico y escultor: “Éxito y fracaso son categorías artificiales que muchas veces no explican nada”

Martin Calcagno cuestiona la obsesión por resultados. Desde el taller, el error y los procesos largos, propone una creatividad ligada al hacer, al tiempo y a aprendizajes, fuera de las categorías de éxito o fracaso.

Martin Calcagno, artista plástico y escultor, da su experiencia sobre lo que es trabajar en el taller, donde el error, el metal caliente y las manos manchadas son cotidianidad. Su historia no se ordena en éxitos ni en fracasos, sino en procesos. Y quizás por eso su mirada resulta tan disruptiva en un tiempo obsesionado con resultados inmediatos.

Junto a un grupo de entusiastas, fue parte de un éxito que parece sacado de otra época: rescatar una locomotora a vapor de hace cien años, completamente abandonada, desarmarla pieza por pieza, fabricar las partes robadas o perdidas, volver a montarla y hacerla funcionar. La máquina, una mole de hierro y vapor, volvió a recorrer las vías, marcando así uno de los éxitos de su vida.

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El artista plástico que desafía las ideas tradicionales sobre éxito, fracaso y creatividad

El artista plástico que desafía las ideas tradicionales sobre éxito, fracaso y creatividad
Fuente: agencias

Ese proyecto resume gran parte de su filosofía. Para Calcagno, el aprendizaje no está en evitar el error, sino en atravesarlo. El error no es un desvío, es el camino. En su experiencia, equivocarse una y otra vez no solo es inevitable, sino deseable. Allí se construye el conocimiento real, el que no aparece en manuales ni tutoriales. Por eso desconfía de las dicotomías rígidas que ordenan la vida moderna: éxito o fracaso, arte o utilidad, pensar o hacer. Para él, son categorías culturales que muchas veces empobrecen más de lo que explican.

En su taller conviven herramientas del siglo XIX con impresoras 3D, poleas de transmisión a vapor con máquinas contemporáneas. No hay nostalgia ingenua ni rechazo a la tecnología. Hay, en cambio, una fascinación por los procesos visibles. Las locomotoras lo atraen porque no esconden nada: cada movimiento se ve, cada fuerza se traduce en otra. Es una mecánica honesta, casi pedagógica. Una guerra permanente entre fuerzas que avanzan y retroceden para lograr un solo movimiento hacia adelante.

Esa relación con las máquinas es también una relación con el tiempo. Calcagno aprendió a desacelerar, aunque no sin resistencia. Reconoce que la ansiedad por llegar al resultado suele arruinar la experiencia. Como la pintura que no se seca por más que uno la mire fijo, los procesos necesitan su propio ritmo. Entender eso fue uno de sus aprendizajes más difíciles y más valiosos.

Cómo Martín Calcagno pasó del arte contemporáneo a la restauración de máquinas históricas

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La restauración de la locomotora de 1926 fue también una experiencia emocional colectiva. Los chicos no sabían qué mirar ni qué tocar. Los adultos, en cambio, se emocionaban hasta las lágrimas. Casi todos tenían un ferroviario en la familia, una historia ligada al tren, al vapor

El camino del éxito de Martin Calcagno no estuvo siempre ligado al vapor. Se formó y vivió del arte durante años, expuso en galerías importantes y trabajó con figuras centrales de la escena cultural. Pero llegó un momento en que algo no cerró. El circuito del arte, atravesado por el ego, la competencia y la lógica de mercado, empezó a resultarle asfixiante. Sintió que había vida fuera de las galerías y decidió comprobarlo.

El punto de quiebre fue casi doméstico: una cinta métrica. No le gustaba la versión industrial de plástico, así que se fabricó una de bronce. Para él, era un objeto perfecto. Para el galerista, apenas una anécdota irrelevante frente al cronograma de exposiciones y ventas. Ahí entendió que estaba hablando con la persona equivocada. Se fue, sin red, y empezó a construir otra forma de hacer.


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