María López, 42 años, pensaba que el felpudo de su vecino era una manía sin importancia, y no el inicio de un conflicto vecinal que obviamente no veía venir. Un detalle molesto, sí, pero nada más. Lo que no imaginaba es que aquel objeto aparentemente inofensivo acabaría convirtiéndose en el origen de uno de los problemas más tensos de su comunidad de propietarios.
Todo ocurrió en un edificio de cinco plantas en un barrio residencial de Málaga. El vecino del piso B, Javier Martín, colocó frente a su puerta un felpudo de grandes dimensiones, acompañado de un zapatero metálico y una planta decorativa. “Al principio nadie dijo nada”, explica María. “Pero el pasillo empezó a parecer un trastero”.
Cuando el espacio común deja de ser común
El problema no era solo estético. El felpudo sobresalía varios centímetros, dificultaba el paso y, según algunos vecinos, podía suponer un riesgo en caso de evacuación. Un día casi me tropiezo con él al salir con bolsas”, relata María. “Ahí fue cuando decidí decir algo”.
Javier, sin embargo, no lo vio igual. Alegó que el espacio delante de su puerta “no molestaba a nadie” y que siempre había tenido algo colocado allí. La conversación terminó mal y el ambiente en la escalera empezó a tensarse. Había comenzado el conflicto vecinal.
De la queja informal a la junta de vecinos y el conflicto vecinal
Tras varios intentos fallidos de diálogo, María llevó el asunto a la junta de propietarios. No fue la única. Otros vecinos apoyaron su queja, señalando que el rellano era una zona común y que no podía privatizarse.
La comunidad revisó los estatutos y el reglamento interno. En ellos se indicaba claramente que los elementos comunes debían permanecer libres de obstáculos, salvo autorización expresa de la comunidad.
“El problema es que mucha gente cree que puede usar el rellano como una extensión de su casa”, explica el administrador de fincas que asesoró a la comunidad.

Qué dice la ley sobre estos conflictos
La Ley de Propiedad Horizontal es clara: los elementos comunes no pueden ser ocupados de forma permanente por un propietario si eso limita su uso o supone un perjuicio para el resto.
Aunque colocar un felpudo pequeño suele tolerarse, cuando el objeto ocupa espacio, dificulta el paso o supone un riesgo, la comunidad puede exigir su retirada. Y si el propietario se niega, incluso puede iniciarse un procedimiento legal.
En este caso, la comunidad aprobó por mayoría solicitar formalmente a Javier la retirada de todos los objetos del rellano.
Así las cosas, Javier no encajó bien la decisión. “Se sintió atacado”, reconoce María. Durante semanas dejó de saludar a varios vecinos y llegó a amenazar con denunciar a la comunidad por acoso.
Finalmente, tras recibir un burofax del administrador recordándole la normativa y las posibles consecuencias legales, retiró el zapatero y la planta, pero mantuvo el felpudo. El conflicto vecinal parecía resuelto, aunque el ambiente seguía siendo frío.
Cuando los pequeños gestos rompen la convivencia
Este tipo de problemas vecinales son más frecuentes de lo que parece. Objetos en zonas comunes, ruidos, olores, mascotas o reformas generan conflictos que, si no se gestionan bien, escalan rápidamente.
“El error fue no cortarlo desde el principio”, reflexiona María. “Si todos callamos, luego parece que el que se queja es el malo”. Los expertos coinciden en que la comunicación temprana y el respaldo de las normas comunitarias son clave para evitar enfrentamientos personales.
Meses después, la comunidad decidió actualizar su reglamento interno y dejar por escrito qué elementos pueden colocarse en zonas comunes y cuáles no. Desde entonces, no ha habido nuevos conflictos similares.
“Ahora todo está más claro”, dice María. “No se trata de fastidiar a nadie, sino de convivir”.
Su historia demuestra que en las comunidades de vecinos no hacen falta grandes problemas para generar tensiones. A veces, un simple felpudo puede ser suficiente para poner a prueba la convivencia… y la paciencia de todos.









