domingo, 11 enero 2026

¿Crees que comes sano? Estas verduras pueden estar empeorando tu presión arterial

- Elegir bien las verduras después de los 60 puede marcar la diferencia entre vitalidad y desgaste silencioso.

Verduras hay muchas, pero no todas juegan a favor de tu salud. A partir de los 60 años, el cuerpo entra en una etapa en la que cada decisión pesa un poco más. El metabolismo se vuelve más lento, la masa muscular se pierde con mayor facilidad y la inflamación deja de ser algo puntual para convertirse en una compañera silenciosa. En ese momento, la alimentación ya no es solo “comer para tener energía”. Se vuelve una herramienta de mantenimiento. Casi de supervivencia.

Y aquí viene una verdad incómoda: no todas las verduras juegan en el mismo equipo. Elegir bien puede marcar la diferencia entre seguir sintiéndote fuerte y avanzar, sin darte cuenta, hacia un desgaste que parece normal… pero no lo es.

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Durante años nos han repetido que “toda verdura es buena”. Ojalá fuera tan simple. La realidad es más matizada. Hay vegetales que conviene limitar en la madurez y otros que, bien elegidos, se convierten en auténticos aliados para la memoria, el corazón y la independencia física.

Cuando “verde” no significa saludable

verduras
Elegir bien las verduras puede cambiar cómo te sientes cada día. Fuente:Canva

Empecemos por lo que conviene vigilar. Las verduras enlatadas o encurtidas son cómodas, sí, pero suelen venir cargadas de sodio. Mucho sodio. Entre 800 y 1.200 miligramos por ración. Casi medio día de sal en un solo plato. Ese exceso obliga al corazón a trabajar de más, castiga los vasos sanguíneos y eleva el riesgo de problemas cardiovasculares y deterioro vascular. Además, con tanto procesado, gran parte de los nutrientes originales se queda por el camino.

El maíz merece mención aparte. Aunque lo tratamos como verdura, en realidad es un grano rico en almidón y azúcares. Una mazorca puede comportarse en tu cuerpo como una pequeña pieza de bollería. Subidas rápidas de glucosa, bajones de energía, niebla mental… y, con el tiempo, más inflamación. A esto se suma que gran parte del maíz comercial procede de cultivos modificados y puede contener restos de pesticidas asociados a problemas intestinales. ¿De verdad es tan inocente como parece?

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No todo lo verde es sinónimo de salud a partir de los 60. Fuente:Canva

Las solanáceas, como tomates, patatas, pimientos o berenjenas, también pueden dar guerra en algunas personas. Contienen alcaloides que, en organismos sensibles, pueden aumentar el dolor articular y la inflamación, imitando síntomas de artritis. Y si además se consumen fritas o muy procesadas, el problema se multiplica. Es como convertir un alimento cotidiano en una pequeña bomba inflamatoria.

Y luego está la omnipresente lechuga iceberg. No es mala, no es tóxica… pero es casi todo agua. Un 96 %. Si se convierte en la base de la dieta, puede “engañar” al cuerpo: parece que estás comiendo sano, pero faltan nutrientes clave como hierro, folato o vitamina K. Con el tiempo, aparecen la fatiga, la pérdida de músculo y una recuperación cada vez más lenta.

Las verduras que sí te sostienen por dentro

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Tu alimentación también cuida tu memoria y tu energía. Fuente:Canva

Ahora viene la buena noticia. Existen vegetales que, literalmente, trabajan a tu favor.

Las espinacas son un ejemplo claro. Ricas en luteína y zeaxantina, ayudan a proteger la vista frente al deterioro. Aportan vitamina K para los huesos y antioxidantes que cuidan la memoria. Son de esas verduras que no hacen ruido… pero sostienen mucho.

El brócoli es otro pilar. Contiene sulforafano, una sustancia que ayuda al hígado a eliminar toxinas y protege el ADN celular. Además, aporta calcio, fibra y refuerza el sistema inmune. A mí me gusta pensar en él como una escoba interna que limpia sin hacer drama.

Y las coles de Bruselas, tan poco queridas por algunos, son auténticas joyas nutricionales. Comparten con el brócoli compuestos que ayudan a eliminar toxinas y metales pesados. Su fibra nutre el microbioma intestinal, clave para el estado de ánimo, la inmunidad y la función cognitiva. Cuidar el intestino, a esta edad, es cuidar la cabeza.

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