Santiago Bilinkis, emprendedor y tecnólogo argentino, lleva años analizando cómo la tecnología moldea hábitos, vínculos y decisiones cotidianas. En sus últimas reflexiones, pone el foco en Tinder y lanza una advertencia clara: la lógica de las apps de citas puede estar erosionando la posibilidad de conectar de verdad.
El tema importa ahora porque millones de personas usan Tinder con la expectativa de encontrar pareja, cuando en realidad operan dentro de un sistema diseñado para otra cosa. Bilinkis explica qué hay detrás del modelo de negocio, cómo funcionan los algoritmos y por qué la promesa de “siempre puede haber alguien mejor” termina jugando en contra del usuario.
El verdadero negocio de Tinder: que sigas buscando, no que encuentres

“La función principal de una aplicación de citas no es que encuentres pareja, sino que pases el mayor tiempo posible dentro”. Con esa frase, Santiago Bilinkis resume la lógica central de Tinder y del ecosistema de apps similares.
La mayoría de los usuarios no paga. Por eso, la primera pregunta clave es cómo gana dinero la plataforma. La respuesta es directa: si una persona encuentra pareja y se va, deja de ser rentable. El negocio de Tinder no es el éxito amoroso, sino la permanencia, la repetición y, eventualmente, la conversión a planes pagos.
Ese diseño no es casual. Al inicio, Tinder muestra perfiles muy atractivos para generar entusiasmo. Luego, el sistema ajusta lo que el usuario ve en función de su comportamiento y de cómo otros reaccionan a sus fotos. Durante años, ese mecanismo funcionó como un ranking silencioso que ordenaba a las personas por “deseabilidad”.
Aunque Tinder anunció en 2019 que había abandonado ese sistema, Bilinkis sostiene que no fue por razones éticas, sino porque encontraron algo más eficaz: un modelo que maximiza el uso continuo sin necesidad de que haya encuentros reales.
Cuando la abundancia destruye el valor de la conexión
Uno pensaría que tener infinitas opciones mejora las chances de encontrar a alguien compatible. Sin embargo, los estudios y la experiencia muestran lo contrario. En Tinder, la posibilidad constante de que aparezca alguien “mejor” reduce el valor de la persona que está enfrente. Ese efecto genera una dinámica conocida:
- Se invierte poco emocionalmente en cada match.
- Se descarta rápido ante el mínimo defecto.
- Se normaliza el ghosteo porque no hay costo social.
Antes de las apps, las parejas solían surgir en entornos compartidos: amigos, trabajo, estudios. Portarse mal tenía consecuencias. En Tinder, en cambio, la desconexión es anónima y sin impacto reputacional. No sorprende que hoy más del 60% de los usuarios declare haber sido ghosteado alguna vez.
Los datos también revelan fuertes desequilibrios: en plataformas heterosexuales, las mujeres hacen match con alrededor del 4% de los perfiles que ven, mientras que los hombres con más del 60%. Además, el 10% de los varones concentra cerca del 80% de los matches. El resultado es frustración para muchos y sobreestimulación para pocos.
Santiago Bilinkis aclara que Tinder no es inútil en todos los casos. Funciona especialmente bien para personas mayores, muy tímidas o con discapacidad, grupos que antes tenían más barreras para conocer gente. El problema aparece cuando se lo toma como la vía principal para construir vínculos profundos.









