Hay ideas que, cuando las escuchas por primera vez, te hacen frenar en seco. Esta es una de ellas. El Dr. Karam, especialista en neurodivergencia, propone mirar el AuDHD —la convivencia de autismo y TDAH en una misma persona— no como una suma de “dificultades”, sino como una relación interna compleja que, bien entendida, puede convertirse en una auténtica fortaleza. No habla de “doble diagnóstico” con tono clínico y distante. Habla de dinámica. De equilibrio. De alianza.
Su metáfora es tan simple que desarma: “el autismo actúa como un padre para el TDAH y el TDAH actúa como un amigo para el autismo”.
Y, cuando lo piensas, tiene mucho sentido. El autismo aporta estructura, orden, una necesidad casi visceral de coherencia. El TDAH, en cambio, trae impulso, energía social, ganas de conectar con el mundo. Uno pone límites cuando el otro se dispersa; el otro empuja cuando el primero tiende a encerrarse. No se apagan entre sí. Se compensan. Como dos fuerzas distintas que, al aprender a convivir, encuentran su punto de equilibrio.
Metáforas que ayudan a entender lo que pasa por dentro

Para explicar algo tan complejo sin perder humanidad, el Dr. Karam recurre a imágenes cotidianas. Y, sinceramente, funcionan.
Una de las más conocidas es la de “la ciudad y las nubes”. El autismo sería como una ciudad sólida, estable, con una arquitectura clara —Praga, dice él—. El TDAH, en cambio, es esa capa de nubes que a veces cubre la ciudad y no te deja verla con nitidez. La terapia, la medicación o las estrategias no buscan cambiar la ciudad. No se trata de “arreglar” a la persona. Se trata de disipar las nubes para que pueda volver a verse su estructura interna con claridad.
Otra comparación que utiliza es la de los sistemas operativos. Vivir con AuDHD es como funcionar con dos sistemas distintos a la vez —algo así como iOS y Windows en el mismo dispositivo—. El problema no es tener ambos, sino no saber cómo integrarlos. El verdadero reto está en aprender a usar lo mejor de cada uno sin que se bloqueen entre sí.
Y luego está la metáfora musical, que a mí, personalmente, me tocó. Dos bateristas tocando al mismo tiempo. Uno sigue el metrónomo con una precisión casi obsesiva (el autismo). El otro improvisa, rompe el patrón, busca lo nuevo (el TDAH). Hay tensión, sí. Pero también algo mágico: de ese choque puede nacer una creatividad única. Caótica y brillante a la vez.
El diagnóstico: no una etiqueta, sino el comienzo

Para el Dr. Karam, recibir un diagnóstico de AuDHD no debería vivirse como una sentencia. Al contrario. “El diagnóstico no es el fin del debate. Es el comienzo de un viaje”, repite. Un viaje hacia el autoconocimiento.
Y ese camino, conviene decirlo, no es lineal ni cómodo. Suele venir con alivio —por fin hay una explicación—, con una cierta alegría al empezar a entenderse… pero también con un duelo silencioso. Por las oportunidades perdidas. Por los malentendidos acumulados. Por todas las veces que uno se sintió “raro”, “demasiado” o “insuficiente” sin saber por qué.
No es solo una cuestión emocional. Karam insiste en que este reconocimiento tardío impacta de lleno en la autoestima, en la salud mental y en la forma de relacionarse con los demás. Entenderse cambia la manera de estar en el mundo.
Cuando la diferencia se vuelve invisible: la historia de Adam

Uno de los momentos más duros de su relato es la historia de Adam, un músico prodigioso. Talentoso hasta deslumbrar. Perfeccionista y, al mismo tiempo, profundamente caótico. Una combinación que muchas personas con AuDHD reconocerán como propia.
Sin apoyo, sin un entorno que validara su forma de procesar la realidad, el aislamiento fue creciendo. Y con él, el dolor. Adam acabó muriendo por una sobredosis. Su frase, que el Dr. Karam cita con un nudo en la garganta, lo resume todo: “La gente normal teme a la muerte; la gente como yo usa drogas porque teme a la vida”.
No es una historia para generar lástima. Es una advertencia. Vivir sin diagnóstico, sin palabras para explicar lo que ocurre por dentro, sin una red que entienda… puede ser devastador. Cuando la diferencia se vive como un defecto, el coste no es solo emocional. A veces es vital.









