Hiperproductividad: cuando hacer cada vez más empieza a costarnos la salud. Hay una idea que nos han metido tan dentro que ya casi no la cuestionamos: si no estás ocupado, no estás siendo suficiente. Cuantas más horas trabajas, más vales. Cuantos más resultados produces, mejor persona pareces. Y, sin embargo, algo chirría.
El psiquiatra y psicoterapeuta Carlos Cenalmor lo dice claro, sin adornos: ese modelo de vida no solo nos agota… nos está enfermando. No de golpe. No con un gran colapso espectacular. Sino poco a poco, por dentro, mientras seguimos funcionando como si nada.
Para él, uno de los errores más peligrosos de nuestra época es haber confundido valor con rendimiento. “Tienes que aprender que eres valioso porque sí, no por hacer cosas”, repite. Y duele escucharlo, porque nos obliga a mirar de frente algo incómodo: llevamos años intentando demostrar que merecemos existir.
Yo no sé tú, pero cuando lo leí pensé: ¿cuántas veces me he sentido mal por parar? ¿Cuántas por no “aprovechar” el tiempo? Demasiadas.
Cuando el estrés deja de ser solo cansancio y se convierte en una amenaza real

Hablamos del estrés como si fuera solo una molestia: estar agobiados, con la cabeza llena, con mil cosas pendientes. Pero Cenalmor va más allá. Dice que el estrés crónico acorta la vida. Literalmente.
No es una metáfora. Está relacionado con infartos, problemas digestivos, alteraciones del sistema inmune, deterioro cognitivo… Y hay un dato que impacta: el estrés laboral se asocia con cerca de un millón de muertes al año por infartos en el mundo. Un millón. No es “estar cansado”. Es una cuestión de salud pública.
Nuestro cuerpo está diseñado para activarse ante un peligro puntual. Correr, reaccionar, sobrevivir. Pero vivir en alerta constante es otra historia. Cuando la alarma no se apaga nunca, los sistemas empiezan a fallar. Y muchas veces lo hacen sin avisar. Un día simplemente… ya no puedes más.
Burnout: cuando el cuerpo grita lo que llevas años callando

El burnout no es debilidad. No es falta de ganas. Es un colapso. Y está reconocido por la OMS. Cenalmor lo describe con cuatro señales muy claras: agotamiento extremo, fallos de memoria y concentración, desconexión emocional y una sensación profunda de vacío o falta de sentido.
Es ese momento en el que nada te ilusiona, todo pesa y tú ya no te reconoces.
Reconoce que la medicación puede ayudar en ciertos momentos. Pero lanza una advertencia que me parece clave: “No puede ser que la única solución a todo sean las pastillas”. Si no se cambia lo que está generando el desgaste, el tratamiento se queda en un parche. Alivia… pero no sana.
Y aquí, sinceramente, creo que muchos nos vemos reflejados. Aguantar. Aguantar un poco más. “Ya se me pasará”. Hasta que el cuerpo decide por ti.
El ‘síndrome del salvador’: cuando ayudar a todos te deja sin ti

Uno de los perfiles más vulnerables al burnout, explica, es el de las personas que siempre están para los demás. Responsables. Empáticas. De las que nunca dicen que no. Las que cuidan, sostienen, resuelven.
Cenalmor lo llama “síndrome del salvador”. Y advierte algo importante: no saber poner límites acaba dañando tanto a quien ayuda como a quien recibe la ayuda. “Tus síes solo son valiosos si sabes decir que no”, dice.
Porque cuando siempre estás disponible, te vacías. Y además, sin querer, puedes crear dependencia en el otro. Poner límites no es egoísmo. Es una forma de cuidado. Para ti… y para los demás.








