Laura Sánchez (41 años) compró su piso en un edificio de nueva construcción en Toledo convencida de que todo estaba claro desde el primer día. Y que en ningún caso se iba a desatar una guerra vecinal sin precedentes. Vivienda, garaje y un pequeño trastero asignado en el sótano. Lo que no esperaba era descubrir, meses después, que parte del espacio que ella creía comunitario estaba siendo utilizado —desde hacía años— por uno de sus vecinos como si fuera propio.
“Había bicicletas, cajas, muebles viejos y hasta un frigorífico”, explica. “Pensé que era algo provisional, pero llevaba allí muchísimo tiempo”. El propietario de esos objetos era José Manuel Ortega (63), vecino del primero, que defendía que ese rincón del trastero “siempre había sido suyo”.
“Eso ha estado ahí toda la vida”: una guerra vecinal que no parecía esperarse
Cuando Laura preguntó en la comunidad de quién era ese espacio, la respuesta no tardó en llegar. José Manuel aseguró que llevaba usando ese rincón desde que se entregó el edificio. “Nadie lo ha reclamado nunca”, decía. “Si no molesta a nadie, ¿Qué problema hay?”.
El problema, según Laura, es que sí molestaba. “Ese espacio figura como común en los planos. Yo necesitaba sitio para guardar cosas del bebé y me encontré con que estaba ocupado”. Y así lo que comenzó como una consulta terminó en una discusión directa en el garaje, delante de otros vecinos, con reproches y acusaciones cruzadas. Una guerra vecinal en toda regla.
El conflicto llega a la junta de vecinos
Ante la falta de acuerdo, el tema se incluyó en el orden del día de la siguiente junta. Allí salieron a la luz más casos similares: otro vecino había ampliado su trastero con estanterías fuera de su perímetro y alguien más guardaba material inflamable en una zona común.
La situación dejó de ser un caso aislado para convertirse en un problema generalizado. De ahí la guerra vecinal: “Aquí cada uno ha hecho lo que ha querido durante años”, reconoció el presidente de la comunidad.
Laura defendió su postura con planos y escritura en mano. José Manuel, en cambio, apelaba a la costumbre. “Si durante diez años nadie dijo nada, será por algo”.
¿Qué dice la normativa sobre los trasteros?
La ley es clara en este punto: los espacios comunes no pueden ser ocupados de forma privada sin autorización expresa de la comunidad. El hecho de llevar años utilizándolos no convierte ese uso en un derecho adquirido.

Además, ocupar zonas comunes puede suponer un problema de seguridad, especialmente en garajes y sótanos, donde existen normas estrictas sobre evacuación y almacenamiento.
“El ‘siempre se ha hecho así’ no tiene validez legal”, explicó el administrador. “Si está fuera del trastero asignado, debe retirarse”.
Tras la votación, la comunidad acordó dar un plazo de 30 días para que todos los vecinos retiraran los objetos que invadían zonas comunes. La decisión no fue bien recibida por José Manuel, que se sintió señalado. “Me han tratado como si fuera un okupa”, se quejaba. Aun así, acabó retirando sus pertenencias, no sin antes dejar claro su enfado. Durante semanas, el ambiente en el ascensor fue especialmente frío.
Laura, por su parte, reconoce que no fue fácil. “No quería problemas, pero tampoco podía mirar a otro lado”.
Una guerra vecinal más común de lo que parece
Las disputas por trasteros, cuartos comunitarios o zonas de paso son mucho más frecuentes de lo que parece. Suelen pasar desapercibidas hasta que alguien nuevo llega o necesita ese espacio.
Este caso demuestra cómo pequeños abusos normalizados con el tiempo pueden acabar estallando en conflictos abiertos. Y, una vez más, la convivencia vecinal vuelve a depender menos de la ley y más de la voluntad de entender que vivir en comunidad implica límites









