Hay ideas que, cuando te caen encima, no te dejan igual. No porque sean cómodas, sino precisamente por lo contrario. Una de ellas es esta: el mundo que creemos ver no es la realidad tal cual es, sino una versión simplificada que nuestro cerebro construye para sobrevivir. No vemos la verdad. Vemos lo que nos resulta útil. Y entender esto no solo cambia cómo piensas… cambia, poco a poco, cómo vives.
Desde la neurociencia cognitiva, la física moderna y la biología de la conciencia se está abriendo una pregunta incómoda: ¿y si todo lo que damos por “real” fuera solo una interfaz? Donald Hoffman, científico cognitivo, lo explica con una imagen muy sencilla: la del escritorio de un ordenador. En la pantalla vemos iconos —una carpeta, un archivo, la papelera— que nos permiten manejar la máquina sin entender los cables, los voltajes ni el código que hay detrás. Con nuestros sentidos pasa algo parecido: convierten una realidad inmensamente compleja en símbolos manejables. Objetos. Cuerpos. Dinero. Tiempo.

Lo que percibimos no es “lo que hay”, sino lo que nos sirve para movernos por el mundo sin colapsar.
Y aquí viene la parte incómoda. Si eso es así, intentar cambiar la vida tocando solo lo visible —trabajar más, forzar resultados, perseguir efectos externos— es como intentar cambiar tu reflejo tocando el cristal del espejo. No es la imagen. Es el sistema que la proyecta.
La tiranía de la aptitud: por qué tu cerebro te esconde opciones

Nuestro cerebro no está diseñado para buscar la verdad. Está diseñado para ahorrar energía. Es uno de los órganos más costosos del cuerpo: consume cerca del 20 % de lo que gastamos a diario. Desde un punto de vista evolutivo, la naturaleza no premia lo exacto… premia lo que permite sobrevivir con el menor gasto posible.
Por eso lo conocido nos tranquiliza. Ya existen “autopistas neuronales” para lo habitual: rutinas, creencias, maneras de ver el mundo. No hace falta invertir energía extra. En cambio, lo nuevo —cambiar de vida, asumir riesgos, imaginar abundancia, salir del patrón— se interpreta como una amenaza. Y el cerebro, para protegerse, activa un filtro silencioso: borra oportunidades de nuestro radar consciente.
No es que no existan. Es que no las vemos.
Muchas veces confundimos esa ausencia interna de señal con una falta real de opciones fuera. Creemos que el mundo es pequeño… cuando, en realidad, es nuestro filtro el que lo hace estrecho. La escasez, más de una vez, no está ahí fuera. Está en cómo miramos.
Biocentrismo: dejar de ser espectador y volver a ser proyector

Aquí conecta la propuesta del Dr. Robert Lanza y su teoría del biocentrismo. Frente a la idea clásica de que somos piezas diminutas en un universo mecánico, Lanza plantea algo radical: no es la vida la que aparece dentro del universo, sino el universo el que emerge de la conciencia.
El espacio y el tiempo, desde esta mirada, no serían jaulas externas, sino herramientas mentales para ordenar la información. La realidad no solo “nos pasa”: la proyectamos. Somos más proyector que espectador.
Y cuando la película que vemos es siempre la misma —problemas, escasez, repetición—, pelear con la pantalla no sirve de mucho. No se cambia la película golpeando la pared. Se cambia el rollo que hay dentro: creencias, expectativas, filtros con los que interpretamos lo que nos ocurre.
No es poesía. Es un cambio de paradigma. La realidad no es lo que ves.








