Durante mucho tiempo nos hemos contado una historia muy cómoda: que el atractivo es una especie de lotería genética. O te toca… o no te toca. Y listo. Pero cada vez más personas empiezan a cuestionar esa idea. Entre ellas, Uri Martínez, que defiende algo tan simple como incómodo: la imagen que proyectamos no es un accidente, es el resultado de nuestros hábitos, de nuestra disciplina y de cómo decidimos cuidarnos.
La premisa suena fácil, pero remueve por dentro: no tenemos “la cara que nos tocó”, sino la cara que construimos con lo que hacemos cada día. No habla de bisturí ni de filtros. Habla de coherencia. De constancia. De responsabilidad personal.
Porque sí, el atractivo puede entrenarse. Igual que el cuerpo. Igual que la mente.
(Y aquí es donde muchos, lo confieso, fruncimos el ceño… hasta que empezamos a mirar nuestras rutinas con un poco más de honestidad).
Los cuatro pilares del atractivo y el poder del “efecto halo”

Martínez resume el atractivo masculino en cuatro pilares: físico, dinero, estatus y confianza. Pero hay uno que sostiene a los demás: la confianza. No la de postureo, sino la que nace de cumplir contigo mismo. De decir “lo voy a hacer”… y hacerlo. Una vez. Y otra. Y otra.
De ahí surge esa seguridad que no se compra ni se imita. Se construye.
A partir de ahí entra en juego algo muy humano: el llamado “efecto halo”. Es ese atajo mental por el que, al ver a alguien atractivo, le atribuimos cualidades positivas casi sin darnos cuenta: creemos que es más inteligente, más disciplinado, más profesional. Y, al contrario, cuando alguien descuida su imagen, tendemos a pensar que también descuida otras áreas.
No es justo. Pero es real.
Y entenderlo —aunque incomode— cambia las reglas del juego.
Entrenar el rostro: pequeños hábitos, grandes cambios

Uno de los puntos más llamativos de su enfoque es este: el rostro también se entrena. No con cirugía, sino con hábitos.
Habla, por ejemplo, de la respiración nasal. Respirar por la boca de forma habitual —sobre todo durante el desarrollo— puede retraer la mandíbula y estrechar el paladar, afectando a la estructura facial. De ahí recomendaciones tan sencillas como usar tiras nasales o cinta bucal al dormir: mantener la mandíbula en su sitio y, de paso, descansar mejor.
Otra práctica conocida es el mewing: apoyar la lengua en el paladar para activar ciertos músculos que ayudan a definir la mandíbula y a reducir visualmente la papada. No es magia. Es constancia. De la que no se ve en un día, pero se nota con el tiempo.
Y luego está lo que nadie quiere oír, pero todos sabemos: el porcentaje de grasa corporal. Cuando baja, los pómulos aparecen, la mandíbula se marca, el rostro se afila. A veces no es que “no tengas buena cara”… es que está ahí, escondida bajo hábitos que no te están ayudando.
La salud interna también se refleja en el espejo

Aquí Martínez no se anda con rodeos: el exterior es un espejo de lo que pasa por dentro. Antes de obsesionarse con cremas o rutinas infinitas de “skincare”, propone volver a lo básico: hidratación real y alimentación limpia. Beber agua de verdad —habla de tres o cuatro litros diarios— y comer con sentido suele hacer más por la piel que cualquier producto milagro.
El sueño, además, lo cambia todo. Dormir mal no solo te quita energía: impide el drenaje correcto de líquidos, y por eso muchas caras amanecen hinchadas, apagadas. Dormir bien es estética. Y es salud.
A eso se suma el cuidado personal: barba, cejas, pelo, ropa. No desde la vanidad, sino desde el respeto por uno mismo. Vestirte de forma que favorezca tu cuerpo no es superficial. Es responsabilidad. (Y, seamos sinceros, también es una forma silenciosa de autoestima).









