La palabra estrés se ha colado en todas nuestras conversaciones. En el trabajo, en casa, en la consulta médica, incluso entre amigos. “Estoy estresado”, decimos casi sin pensarlo. Pero… ¿alguna vez nos paramos a sentir de verdad qué significa eso? ¿Por qué algo que empieza en la cabeza acaba doliendo en el cuerpo?
Yo lo veo así: el estrés no es solo estar ocupado o cansado. Es esa sensación de que la vida pesa más de lo que puedes sostener. Como si llevaras demasiadas bolsas a la vez y, de pronto, una se rompiera. No por esa bolsa en concreto, sino por todas las que venías arrastrando antes.
Dicho de forma sencilla, el estrés aparece cuando el organismo se enfrenta a algo a lo que no logra adaptarse. Cada persona tiene su propio “equilibrio”. Pero cuando ese peso aumenta demasiado —o cuando se acumulan pequeños problemas que nunca resolvemos—, el sistema se descoloca. Y ahí empieza el desorden.
Desde el punto de vista del cuerpo, el cerebro solo quiere una cosa: mantenerte a salvo. Cuando percibe peligro, real o imaginado (ese famoso “león en la habitación”), activa una cascada de hormonas: adrenalina, noradrenalina, cortisol. Es el modo supervivencia. El problema no es ese arranque. El problema es quedarse a vivir ahí. Cuando la alerta se vuelve permanente, el cuerpo entra en inflamación, se agota… y empiezan las enfermedades.
Cuando el estrés baja del pensamiento al cuerpo

El estrés no se queda en la cabeza. Baja. Se instala. Se hace físico.
¿Te suena esa agitación interna que no te deja quieto? ¿El estómago cerrado, como si tu cuerpo dijera “esto no me lo trago”? A veces llegan los temblores, el corazón acelerado, la presión en el pecho, las piernas flojas, las pupilas dilatadas… incluso esas ganas repentinas de ir al baño que nadie suele mencionar.
Ante una amenaza, el organismo solo tiene tres salidas: luchar, huir o quedarse paralizado. Y aquí aparece algo muy delicado: la disociación. Es cuando la persona se “desconecta” para no sentir. Desde fuera parece que todo está bien, pero por dentro el cuerpo sigue soportando una carga brutal. He visto a gente decir “yo estoy bien” y, meses después, enfermar sin previo aviso. El cuerpo no olvida lo que la mente intenta tapar.
Estrés y ansiedad: parecidos, pero no iguales

Se confunden a menudo, pero no son lo mismo.
El estrés suele estar ligado a algo presente: una situación, una exigencia concreta, una presión real. La ansiedad, en cambio, vive en el futuro. Es el miedo a lo que podría pasar. Es cuando el cerebro ve peligro incluso cuando, objetivamente, todo está en calma.
Ahí aparecen el insomnio, la respiración superficial, los problemas digestivos que no se van… muchas veces porque el cuerpo está reaccionando a heridas antiguas. Experiencias pasadas que no se cerraron bien y que el cerebro detecta como “esto ya lo viví, cuidado”. La alarma se enciende aunque no haya fuego.
¿Te ha pasado alguna vez sentirte en guardia sin saber exactamente por qué? A mí sí. Y no es debilidad. Es memoria corporal.
Las cargas invisibles que también estresan

No todo el estrés es emocional. Hay pesos que no vemos.
Posturas forzadas, problemas de visión, una espalda que lleva años quejándose. Intolerancias alimentarias, tóxicos, alergias. La exposición constante a pantallas, Wi-Fi, ruido. Incluso herencias familiares: historias no resueltas que el cuerpo aprende sin que se lo expliquen.
Cuando todo eso se acumula, el organismo vive en alerta aunque la persona no identifique “un problema” concreto. Es como tener la alarma encendida en una casa donde no hay ladrones… pero nadie encuentra el interruptor.








