
Bernat Ripoll y Javi Fondevila, co-CEOs de Holded, conocen de primera mano el éxito, pero también el desgaste real de emprender. En un contexto donde montar una startup y ser autónomo se presenta como un atajo aspiracional, ambos advierten sobre una narrativa incompleta que hoy seduce —y confunde— a toda una generación.
La conversación importa ahora porque emprender se ha convertido en una moda, casi al nivel de “querer ser futbolista”. Y, como toda moda, promete mucho y explica poco. ¿Qué hay detrás del relato del éxito? ¿Cuáles son los costes invisibles? Ripoll y Fondevila ofrecen respuestas incómodas, pero necesarias para las mentes aspiracionales.
Cuando emprender y ser autónomo deja de ser vocación y pasa a ser escaparate

Para los fundadores de Holded, que emprender esté de moda no es, en sí mismo, algo negativo. “Preferimos una sociedad que intente crear valor a una que no arriesgue”, coinciden. El problema aparece cuando la conversación se queda solo en los casos que salen bien.
“Estadísticamente, cuando empiezas un negocio, ya has fracasado”, resume Fondevila con crudeza. Emprender, explican, es como empezar un partido perdiendo 25 a 0. La épica no está garantizada; la remontada tampoco. Sin embargo, ese matiz suele desaparecer en redes sociales, cursos exprés y másteres que venden el destino final sin mostrar el camino.
Ripoll es aún más tajante: “Mucha gente ve la emprendeduría como un shortcut al dinero”. Antes, el éxito ajeno era invisible; hoy, está a un scroll de distancia. Y eso genera una presión artificial por llegar rápido, sin entender que emprender no es un sprint corto, sino una carrera de fondo que puede durar años. Ambos alertan de una consecuencia directa: una futura generación de emprendedores frustrados, que no fracasan por falta de talento, sino por haber empezado por el motivo equivocado.
Fracasar, resistir y volver a empezar: el lado que casi nadie cuenta
La historia personal de Fondevila desmonta cualquier visión edulcorada de emprender. Antes de Holded, montó una marca de moda que llegó a tener 14 tiendas. Siete años de crecimiento, tensión financiera constante y una lección dura: incluso cuando vendes, puedes estar perdiendo.
La moda, explica, exige adelantar capital, asumir riesgos climáticos, logísticos y de mercado. Cuando el margen desaparece, el final se vuelve previsible. Cerrar, despedir y asumir que el sprint nunca termina es una de las caras menos visibles de emprender.
Ripoll, por su parte, representa otro perfil: el del creador obsesivo. Desde niño, su impulso no fue “ser emprendedor”, sino construir cosas, resolver problemas, entender cómo funcionaban. Programación, proyectos pequeños, errores tempranos —incluida una ruina a los 21— forman parte de un aprendizaje silencioso que hoy sostiene Holded.
Ambos coinciden en una idea clave: emprender no empieza con una pregunta sobre dinero, sino con una sobre propósito. No es “¿cuánto necesito para dejar mi trabajo?”, sino “¿qué problema quiero resolver?”. Cuando la motivación es genuina, el título llega después.









