miércoles, 7 enero 2026

Por qué muchos adultos aprendieron a ocultar el dolor desde la infancia

- Cuando la imagen familiar importaba más que el bienestar emocional de los hijos.

Muchos adultos aprendieron muy pronto que sentir era algo que había que esconder. Durante muchos años, criar hijos no iba tanto de cuidar, escuchar o acompañar, sino de quedar bien. De que desde fuera todo pareciera en orden. Hoy empezamos a mirar ese modelo con otros ojos, pero durante décadas fue la norma. Especialmente en la generación Baby Boomer, donde se consolidó una forma de educar que algunos describen, con bastante acierto, como paternidad de relaciones públicas.

La prioridad no era lo que pasaba puertas adentro, sino lo que veían los vecinos, la iglesia o el barrio. Mientras la familia diera buena imagen, el resto podía esperar. O directamente esconderse. El césped bien cortado, los niños limpios, educados y callados en público… eso era lo importante. Aunque dentro de casa reinara el silencio hostil, los gritos o una tensión que se podía cortar con cuchillo.

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Porque, al final, la gran adicción no era el alcohol ni otras sustancias. Era la aprobación externa. El aplauso silencioso de “qué familia tan normal”, aunque esa normalidad fuera solo un decorado.

Niños convertidos en actores secundarios

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Cuando la imagen familiar valía más que lo que pasaba en casa. Fuente: Canva

En ese escenario crecieron muchos niños de la Generación X. No como personas con emociones propias, sino como accesorios. Como figurantes de una obra improvisada cuyo único objetivo era proteger la reputación adulta. Durante el día podían arreglárselas solos, pasar horas sin supervisión o aprender a no molestar. Pero bastaba con que sonara el timbre para que todo cambiara.

De repente, había que sonreír. Portarse bien. Fingir armonía. Transformarse en una familia de anuncio en cuestión de segundos, muy al estilo The Brady Bunch. Esa doble vida no era una excepción. Era la regla. Y, aunque muchos lo normalizaron, dejó huella.

Porque vivir así enseña algo muy concreto: lo que pasa de verdad no importa tanto como lo que parece que pasa.

Tres lecciones que se quedaron grabadas

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Crecer aprendiendo que sentir era peligroso y molesto. Fuente: Canva

La primera gran enseñanza fue clara: la apariencia está por encima de la realidad. Si desde fuera todo parece bien, entonces está bien. Aunque por dentro esté todo roto. Esta idea ha acompañado a muchos adultos durante años, empujándolos a esconder problemas, evitar conversaciones incómodas y aguantar más de la cuenta.

La segunda fue aún más delicada: los sentimientos son peligrosos. Llorar, enfadarse o expresar dolor no se entendía como una necesidad, sino como una molestia. Algo que hacía ruido. Algo que podía dañar la imagen familiar. En lugar de consuelo, muchos niños encontraron reproches, silencio o burla. Aprendieron que sentir demasiado era arriesgado.

Y la tercera, quizá la más corrosiva, fue confundir lealtad con mentira. Ser un “buen hijo” significaba callar. Proteger el apellido. Sostener una versión oficial que poco tenía que ver con lo vivido. Convertirse, sin saberlo, en el pequeño portavoz de una familia que no quería mirarse al espejo.

Romper el ciclo y elegir la verdad

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Familias perfectas por fuera, heridas invisibles por dentro. Fuente: Canva

Hoy, muchos de esos niños ya rondan los 50. Y siguen cargando con ese papel. Mantienen trabajos que no les llenan, relaciones que duelen o dinámicas que no funcionan porque, desde fuera, “quedan bien”. Siguen editando su historia para no incomodar. Para no decepcionar. Para no romper el decorado.

Romper este ciclo no es fácil, pero es necesario. Implica elegir la realidad frente a la óptica. Permitirse decir “esto no está bien”. Admitir el caos sin vergüenza. Y, sobre todo, hacerlo distinto con la siguiente generación: escuchar a los hijos, validar lo que sienten y no pedirles silencio para no molestar a los demás.

Porque aquella crianza se parecía mucho a un folleto brillante de un hotel en ruinas. Desde fuera, todo prometía orden y confort. Por dentro, los huéspedes sobrevivían como podían. Hoy, cada vez más personas deciden dejar de repartir folletos… y empezar, por fin, a reconstruir el edificio desde dentro.

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