martes, 6 enero 2026

El truco que los psicólogos recomiendan para controlar tus miedos con humor

- Cómo reconocer la voz interna que te frena y aprender a tomar decisiones sin miedo.

Los miedos no siempre gritan: a veces susurran con tu propia voz. Hay una voz que surge en el momento menos oportuno. Justo cuando estás a punto de dar un paso importante. Cuando te planteas cambiar de trabajo, empezar algo nuevo, decir que sí… o decir que no. No levanta la voz. No amenaza. Habla tranquila, con frases bien construidas y un tono casi adulto. Y quizá por eso resulta tan convincente. A esa voz muchos la llaman el “Viejo Temeroso”.

Seguro que lo has escuchado alguna vez (yo, desde luego, sí). Es esa parte de la mente que se presenta como sensata, prudente, responsable. La que te dice que tengas cuidado, que no corras riesgos innecesarios. Su intención, en el fondo, no es mala: quiere protegerte. El problema es que a veces se pasa de frenada y acaba convirtiéndose en un muro invisible. Lo más peligroso es que habla con tu propia voz, así que sus mensajes suenan a verdades incuestionables. “No es el momento adecuado”, “no estás preparado”, “mejor espera un poco más”. Todo muy lógico… y muy paralizante.

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Cuando la mente se pone seria (demasiado seria)

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Cuando la mente se pone seria, el miedo toma el mando. Fuente: Canva

Este diálogo interno no aparece cuando todo va rodado. Sale a escena cuando hay incertidumbre, cuando algo importa de verdad. Cuando crecer implica exponerse. Es como ese amigo exageradamente prudente que siempre ve nubes negras incluso en un día despejado (y no descansa hasta que te contagia la duda).

Ahí es donde entra una herramienta tan simple que, de primeras, puede parecer una tontería. Y, sin embargo, funciona. Se llama el “Juego del Cambio de Voz”.

El Juego del Cambio de Voz: tomarse menos en serio a la mente

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No todo lo que piensas es una verdad absoluta. Fuente: Canva

La idea no es discutir con el pensamiento ni intentar hacerlo desaparecer. Eso suele ser una batalla perdida. Lo que propone este juego es algo mucho más amable: quitarle solemnidad.

Primero, identifica la frase concreta que te está frenando. Esa que se repite como un disco rayado: “todavía no es el momento”, “no vas a poder”, “seguro que sale mal”. Reconocerla ya es un pequeño triunfo.

Después, repite exactamente ese pensamiento… pero con una voz ridícula. Sí, ridícula. La de un personaje de dibujos animados, una voz robótica, exageradamente dramática o absurda. Puedes imitar al Pato Donald, a un político que te haga gracia o incluso cantarlo como si fuera una canción mala de verano. No es burlarte de ti, es romper la gravedad con la que la mente se presenta.

Y, si quieres darle un cierre elegante (o irónico), añade algo como: “Lo tendré en cuenta, viejo temeroso”. Sin pelea. Sin drama. Solo reconociendo quién habla.

Lo que cambia cuando juegas (en serio) a este juego

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Cambiar la voz cambia la emoción. Fuente: Canva

Algo curioso ocurre cuando haces esto. Primero, aparece la distancia. Dejas de confundirte con el pensamiento y empiezas a verlo como lo que es: una historia que cuenta tu mente, no una orden divina.

Luego llega el alivio emocional. El miedo pierde intensidad, la ansiedad baja el volumen. A veces incluso te ríes. Y la risa —aunque sea tímida— tiene un poder desarmante.

Y, quizá lo más importante, se abre un pequeño espacio para elegir. Ya no reaccionas en automático. Puedes decidir desde lo que te importa, no desde lo que te asusta. Ese espacio, aunque sea breve, lo cambia todo.

Flexibilidad psicológica: avanzar aunque el miedo siga ahí

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Este ejercicio no pretende callar la mente ni eliminar pensamientos incómodos (ojalá fuera tan fácil). El objetivo es otro: que no manden. Ganar flexibilidad psicológica es aprender a caminar con el miedo al lado, sin dejar que lleve el volante.

Practicar este cambio de voz una vez al día, en situaciones cotidianas, puede parecer poca cosa. Pero con el tiempo pasa algo interesante: dejas de creerte automáticamente todo lo que piensas. El “Viejo Temeroso” puede seguir hablando, claro. Pero ya no decide por ti. Y eso, créeme, se nota.


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