Gabriel Felipe Rolón, psicólogo, psicoanalista y uno de los divulgadores más influyentes del pensamiento contemporáneo, pone en discusión una de las ideas más celebradas de la época: la pasión como mandato absoluto. En tiempos donde “hacer lo que te hace bien” parece una obligación vital, su mirada propone una pregunta incómoda y necesaria: ¿qué ocurre cuando la pasión deja de ser motor y se vuelve exceso?
Lejos del eslogan motivacional, Rolón invita a revisar el concepto con profundidad clínica y humana. La pasión, advierte, no siempre libera: también puede desgastar, enfermar y empujar al límite sin que la persona lo note.
La pasión entre el deseo y el padecimiento

Para Rolón, la pasión es una palabra compleja. Su origen etimológico remite al padecimiento, una raíz que suele quedar oculta detrás de su versión idealizada. No es casual que se hable de la “pasión de Cristo” para nombrar el sufrimiento extremo. En ese doble sentido —vida y muerte— se juega su potencia y su peligro.
Desde el psicoanálisis, la pasión se apoya en dos fuerzas: la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Por eso resulta tan intensa y, a la vez, tan riesgosa. Puede generar entusiasmo, creatividad y deseo, pero también llevar a la desmesura. Cuando alguien vive agotado, sin descanso, con el cuerpo dando señales de alarma, esta mentalidad dejó de ser impulso vital para convertirse en exigencia destructiva.
Rolón utiliza una imagen clara: atravesar la pasión es como caminar por un puente colgante, angosto y sin barandas. Un paso mal dado puede hacer perder el equilibrio. No se trata de renunciar a lo que que uno realmente quiere, sino de aprender a regularlo.
El problema, señala, es cultural. El amor por lo que se hace suele presentarse como una virtud indiscutible, mientras que el cuidado, la pausa o el límite parecen signos de debilidad. Sin embargo, no todo puede ni debe hacerse con la misma intensidad. Nadie querría, por ejemplo, un cirujano “demasiado apasionado” operando a toda velocidad.
El precio sin límites
Gabriel Rolón desarrolla esta idea en su libro El precio de la pasión, donde analiza cómo el exceso puede volverse patológico. No tener ninguna es peligroso, porque implica ausencia de deseo. Pero vivir solo desde la pasión, sin freno ni escucha, también tiene costos elevados.
El deseo empuja a la pasión, y esta retroalimenta el deseo. Ese circuito puede ser virtuoso o devastador. La diferencia está en el límite. Cuando el cansancio, el estrés o el malestar aparecen de forma persistente, no son obstáculos: son mensajes.
En su propio recorrido —entre escritura, teatro, clínica, conferencias y vida familiar— Rolón reconoce la dificultad de frenar. Por eso subraya la importancia de escuchar a quienes rodean a uno. El amor, en su forma más genuina, también sabe decir “hasta acá”.
En una época obsesionada con el rendimiento y la autoexplotación disfrazada de vocación, revisar el lugar de la pasión es un acto de responsabilidad subjetiva. No todo deseo debe cumplirse de inmediato, ni toda intensidad es señal de plenitud.
El amor por lo que se hace, bien orientado, puede dar sentido y dirección. Mal administrada, arrasa. El desafío no es encontrarla ni exaltarla sin medida, sino aprender a convivir con ella, ponerle marco y permitir que no devore aquello que pretende sostener.









