En un contexto donde el liderazgo se invoca de manera constante, pero no siempre con rigor, la reflexión se vuelve necesaria. El concepto aparece en libros, conferencias y debates públicos, aunque muchas veces despojado de profundidad. Frente a ese escenario, la mirada de Mario Alonso Puig propone detenerse, observar y volver a la esencia.
Cirujano de profesión y escritor por vocación, Puig lleva años invitando a repensar el liderazgo desde una perspectiva humana. Lejos de los discursos grandilocuentes, su planteo pone el foco en el reconocimiento personal, la coherencia y el servicio como ejes transformadores.
El líder no se proclama, se reconoce
Para Mario Alonso Puig, una de las confusiones más habituales en torno al liderazgo es la que lo vincula con la arrogancia. “Una cosa es la arrogancia y otra el justo reconocimiento”, suele señalar. En su experiencia, ha conocido a muchas personas que jamás se definieron como líderes y, sin embargo, ejercieron un liderazgo extraordinario cuando las circunstancias lo exigieron.
El problema, explica, no es la falta de capacidad, sino la falta de conciencia. Muchas personas evitan asumir su rol de líder porque creen no estar preparadas o no sentirse a la altura. Sin embargo, cuando la realidad las coloca frente a un desafío concreto, responden con solvencia, compromiso y humanidad. El liderazgo, en ese sentido, no aparece como un acto de afirmación externa, sino como un reconocimiento interno.
Puig insiste en que no tiene valor llegar a un lugar y autoproclamarse líder. Lo verdaderamente relevante es comprender que se posee esa capacidad y decidir ponerla al servicio de algo que valga la pena. Cuando el liderazgo se ejerce desde ese lugar, su impacto se vuelve visible en la familia, en las organizaciones y en la sociedad en su conjunto.
Liderazgo: Iluminar en lugar de brillar

Uno de los conceptos más potentes que atraviesan la reflexión de Mario Alonso Puig es la metáfora de la luz. “Una persona puede tener una gran luz, pero si no es consciente de que la tiene, puede dejarla guardada en un armario”, afirma. En el ámbito del liderazgo, esta imagen resulta especialmente reveladora.
El liderazgo auténtico no busca brillar ni destacarse por encima de los demás. Su propósito es iluminar, ayudar y contribuir. Desde esa lógica, liderar implica asumir una responsabilidad, no un privilegio. Puig lo explica con una comparación contundente: si en una situación crítica hay un herido y un cirujano capacitado decide no intervenir por inseguridad o falsa modestia, el daño es mayor que si actuara. No se trata de lucirse, sino de hacerse cargo.
En su diálogo con Rocío, una mujer que comienza a reconocerse como líder, Puig subraya que los pilares del liderazgo ya estaban presentes: autenticidad, coherencia, amor por las personas y voluntad de mejora. Lo único que faltaba era tiempo y formación, elementos que se adquieren con el recorrido. En lo esencial, el liderazgo ya existía.
Desde esta mirada, el liderazgo no se impone ni se acelera. Cada persona tiene su propio ritmo y necesita un espacio para que su semilla dé fruto. Forzar procesos o imponer modelos solo genera resistencia. En cambio, cuando el liderazgo se construye desde la coherencia, incluso con miedo y vulnerabilidad, se vuelve genuino y sostenible.









