En el sur de Galicia, concretamente en el triángulo que forman Xinzo de Limia, Verín y Laza, el Entroido no es un desfile para ver desde la barrera, sino un campo de batalla cultural donde el espectador pasivo no tiene cabida. Esta celebración, reconocida como Fiesta de Interés Turístico Internacional y considerada una joya del Patrimonio Inmaterial español, impone una dictadura de la alegría: o te integras, o pagas el precio.
Lo que hace único a este evento no es solo su antigüedad, sino la vigencia de una norma no escrita que los locales respetan con fervor religioso: la obligatoriedad del disfraz. Mientras en otras ciudades el Patrimonio Inmaterial se protege en museos, aquí patrulla las calles armado con fustas y vejigas hinchadas, listo para sancionar a quien ose desafiar la tradición con ropa de calle. ¿Te atreves a cruzar la frontera del Miño sabiendo que tu integridad depende de tu vestimenta?
El Triángulo Mágico: Donde el Patrimonio Inmaterial impone su ley
El ciclo del Entroido en Xinzo de Limia es el más largo de toda España, extendiéndose durante cinco semanas de frenesí que transforman la localidad por completo. Este despliegue de Patrimonio Inmaterial comienza mucho antes del martes de carnaval, con domingos dedicados a lanzarse harina (Domingo Fareleiro) o a romperse ollas de barro (Domingo Oleiro). Sin embargo, el verdadero temor y respeto lo imponen las Pantallas, las figuras ancestrales que reinan en Xinzo.
A diferencia de los disfraces comerciales, las máscaras del Patrimonio Inmaterial gallego tienen estatus de autoridad. En Verín, los Cigarróns recorren las calles haciendo sonar sus chocas (cencerros) de bronce con un estruendo que se siente en el estómago antes de verlos aparecer. No son simples animadores; son los dueños del espacio público. Cruzarse con ellos exige un protocolo que, si se ignora, puede acabar con un latigazo limpio en las piernas, recordándote que el Patrimonio Inmaterial aquí se respeta por las buenas o por las malas.
Anatomía del miedo y la fiesta: Pantallas y Cigarróns
El valor de estos trajes es incalculable, tanto en términos económicos —un traje completo puede superar los 3.000 euros— como en su peso como Patrimonio Inmaterial. La Pantalla de Xinzo, con su máscara de una sola pieza y sus vejigas secas de animal en las manos, tiene la misión específica de vigilar. Su función es patrullar en grupos y detectar a los «civiles» (personas sin disfraz) para rodearlos y obligarles a pagar una ronda de vinos en los bares locales, una multa social que mantiene vivo el engranaje de la fiesta.
Por otro lado, el Cigarrón de Verín, con su sonrisa inquietante pintada en madera y su mitra decorada, representa un poder casi feudal. Nadie puede tocar a un Cigarrón, pero él puede tocar a cualquiera. Esta asimetría es la esencia de este Patrimonio Inmaterial: la inversión de los roles sociales donde la máscara otorga inmunidad y mando. Es una catarsis colectiva que ha sobrevivido a prohibiciones históricas y dictaduras, manteniéndose pura y salvaje.
Manual de supervivencia para el turista
Si planeas sumergirte en este Patrimonio Inmaterial vivo, debes tener claras las normas de enfrentamiento para no convertirte en el objetivo de la fiesta:
- ✅ Disfraz obligatorio: No sirve una diadema o un poco de maquillaje; en los días grandes, ir de «paisano» es una provocación directa a las Pantallas.
- ✅ Inmunidad sagrada: Bajo ningún concepto toques, empujes o intentes frenar a una Pantalla o Cigarrón; están protegidos por la tradición y la masa social.
- ✅ Acepta el castigo: Si te rodean o te golpean levemente con la fusta, asúmelo con deportividad; es parte de la interacción con el Patrimonio Inmaterial.
- ✅ Cede el paso: Cuando escuches el estruendo de los cencerros, apártate; ellos tienen prioridad absoluta en la vía pública.
Consecuencias de desafiar la tradición
Ignorar estas reglas no solo te garantiza algún golpe o el escarnio público, sino que te excluye de la verdadera experiencia del Patrimonio Inmaterial. La «multa» de pagar los vinos no es un castigo, sino una forma de integración forzosa que convierte al forastero en partícipe. Al final, la violencia simulada de los látigos y las vejigas es el pegamento que une a la comunidad, recordando que durante el Entroido, el orden cotidiano se rompe para dar paso al caos organizado.
Vivir el Entroido en Ourense es entender que el Patrimonio Inmaterial no es algo que se mira, sino algo que se respira y se corre. Es una inyección de adrenalina que deja en ridículo a los carnavales de salón. Y tú, ¿eres de los que prefiere ver la fiesta desde la barrera o te atreverías a ponerte una máscara y correr delante de los Cigarróns? Déjanos tu comentario y cuéntanos si sobrevivirías a la ley del disfraz.










