martes, 6 enero 2026

Cate Shanahan, doctora en medicina familiar: “Estos aceites dañan las mitocondrias y sabotean el metabolismo celular”

- Por qué estos aceites silenciosos podrían estar detrás del estrés metabólico moderno.

Durante años nos han repetido casi como un mantra que el azúcar es el gran villano de la salud moderna. Que si lo eliminas, todo mejora. Pero Cate Shanahan plantea algo que, de primeras, descoloca. Y bastante. Para ella, el mayor problema no está en el dulce, sino en algo mucho más silencioso y cotidiano: los aceites vegetales industriales.

Aceites que usamos sin pensar, que aparecen en etiquetas interminables y que forman parte del paisaje habitual del supermercado. Shanahan los llama sin rodeos los “ocho odiados”: canola, maíz, semilla de algodón, soja, girasol, cártamo, salvado de arroz y semilla de uva. Según explica, no solo han cambiado lo que comemos, sino la forma en la que funciona nuestro propio cuerpo. Y ahí es donde la cosa se pone seria. “Los aceites vegetales procesados son lo que más nos está matando hoy en día”, afirma. Sin adornos.

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Una botella llena de estrés para el cuerpo

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Los aceites vegetales industriales actúan de forma silenciosa en el cuerpo. Fuente: Canva

El problema de estos aceites no es solo que sean “procesados”. Es cómo se procesan y qué ocurre después. Contienen grandes cantidades de grasas poliinsaturadas, unas grasas muy frágiles, como cristales finos. Basta el calor, el oxígeno o el tiempo para que se rompan.

Durante su fabricación industrial pasan por temperaturas extremas, presiones elevadas y disolventes químicos como el hexano. Antes de llegar a nuestra cocina, muchas de esas grasas ya están dañadas. Y cuando entran en el cuerpo, el organismo tiene que gastar sus defensas antioxidantes para neutralizarlas. Es como apagar incendios internos uno tras otro, hasta que ya no quedan suficientes extintores.

Shanahan lo define de forma contundente: estrés oxidativo puro y concentrado dentro de una botella. Ese estrés está directamente relacionado con inflamación crónica, envejecimiento acelerado y deterioro celular. Y, por si fuera poco, esas grasas no desaparecen: se almacenan en nuestra propia grasa corporal, algo para lo que, evolutivamente, nunca estuvimos preparados.

Cuando el cuerpo entra en pánico energético

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El estrés oxidativo se acumula sin dar señales claras. Fuente: Canva

Aquí viene una de las ideas más reveladoras. Nuestro cuerpo está diseñado para usar su grasa como fuente de energía entre comidas. Pero cuando esa grasa está “estropeada”, las mitocondrias no saben qué hacer con ella. No pueden quemarla bien. Y entonces aparece el pánico.

El cuerpo empieza a pedir glucosa a gritos. Aparecen la irritabilidad, la niebla mental, el cansancio repentino, los antojos incontrolables. ¿Te suena? Con el tiempo, el cerebro toma el mando y ordena al hígado producir más azúcar. El resultado: niveles altos de glucosa e insulina de forma constante.

Por eso Shanahan afirma algo que cambia la perspectiva: la resistencia a la insulina no es solo un problema de azúcar, sino de incapacidad para usar la grasa como energía. No es comer demasiado. Es usar el combustible equivocado.

Las soluciones rápidas que salen caras

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No toda la grasa sirve como combustible. Fuente: Canva

En este contexto, la doctora lanza una advertencia clara sobre las dietas extremas y los fármacos para perder peso, como el Ozempic. Si el cuerpo está lleno de grasas poliinsaturadas, forzar una bajada rápida de peso puede salir mal. Muy mal.

Cuando no puede quemar grasa de forma segura, el organismo recurre a lo que tiene más a mano: el músculo. Una parte importante del peso que se pierde así no es grasa, es masa magra. Y eso deja al metabolismo más tocado de lo que estaba al principio (aunque la báscula diga lo contrario).

Recuperar el metabolismo sin prisas

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La recuperación, insiste Shanahan, es lenta. Los ácidos grasos permanecen años en el tejido corporal. No hay atajos mágicos. La clave es la paciencia.

Eliminar los “ocho odiados”, priorizar carbohidratos de digestión lenta como legumbres o vegetales con almidón y dejar de comer constantemente son algunos de los pasos básicos. Tres comidas al día, sin picoteo continuo, permiten al cuerpo intentar usar sus reservas sin entrar en alarma.


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