A lo largo de los años, la longevidad fue asociada a promesas futuristas y soluciones casi mágicas. Sin embargo, la mirada de la medicina actual empieza a correrse de ese lugar para enfocarse en algo más concreto: cómo evitar que las enfermedades aparezcan antes de tiempo y condicionen la calidad de vida en la adultez.
Desde la neurociencia y la investigación clínica, el médico Sebastián La Rosa propone un cambio de paradigma. La clave no está en vivir siglos, sino en retrasar la llegada de las enfermedades que suelen acompañar al envejecimiento y que hoy representan uno de los mayores desafíos de los sistemas de salud.
Hábitos simples, impacto profundo en la salud
Según La Rosa, cerca del 85% de los resultados vinculados a la longevidad se explican por tres pilares básicos: dormir bien, alimentarse de manera adecuada y mantener una rutina de movimiento. Estos factores, sostiene, tienen una influencia directa sobre la aparición de enfermedades metabólicas, cardiovasculares y neurodegenerativas.
El médico explica que, aunque existen estudios complejos y tecnologías avanzadas orientadas a optimizar la salud, no todos pueden acceder a ellas. Por eso, una de las grandes líneas de investigación apunta a diseñar estrategias preventivas que permitan reducir el riesgo de enfermedades utilizando información simple y accesible para la mayoría de la población.
Mediciones corporales básicas, patrones de actividad física y análisis clínicos habituales pueden ofrecer datos valiosos. A partir de esa información, es posible estimar la edad biológica, un indicador que ayuda a comprender cómo el cuerpo envejece y qué tan expuesto está a desarrollar enfermedades en comparación con la edad cronológica.
Envejecimiento celular y prevención de enfermedades a largo plazo

El proceso de envejecimiento comienza mucho antes de que sea visible. A nivel celular, se acumulan daños en el ADN, se altera la producción de energía y se acortan los telómeros, estructuras clave para la estabilidad genética. Estos mecanismos están directamente asociados con un mayor riesgo de enfermedades crónicas.
Sebastián La Rosa remarca que el objetivo no es eliminar el envejecimiento, sino ralentizarlo. Al frenar estos procesos, también se posterga la aparición de enfermedades como la diabetes, la hipertensión, las demencias o ciertos tipos de cáncer, mejorando así el tramo final de la vida.
En este enfoque integral, la microbiota ocupa un rol central. El equilibrio de los microorganismos intestinales influye en el metabolismo, el sistema inmune y el cerebro. Cuando ese equilibrio se rompe, aumenta la inflamación y, con ella, la probabilidad de enfermedades que afectan distintos órganos.
Otro factor cada vez más estudiado es el aislamiento psicosocial. Sentirse solo, más allá de estarlo físicamente, acelera el envejecimiento y eleva el riesgo de enfermedades. La falta de estímulos sociales impacta en el cuerpo de forma similar al sedentarismo prolongado.
En síntesis, la longevidad no se construye con soluciones rápidas ni con obsesión por los datos. Se sostiene en hábitos posibles, repetidos en el tiempo, que permiten llegar a edades avanzadas con menos enfermedades y mayor autonomía. Como plantea La Rosa, el verdadero desafío no es sumar años, sino proteger la vida que ocurre dentro de ellos.









