Lo psicólogos y psiquiatras han detectado un patrón repetido en las consultas de salud mental. Personas de distintas edades, contextos y profesiones comparten una misma frase cargada de nostalgia: “ya no leo como antes”. No siempre saben explicar cuándo ocurrió ni por qué perdieron el ‘amor’ por la lectura, pero intuyen que algo valioso quedó en el camino.
La psiquiatra y divulgadora Marian Rojas Estapé suele señalar este fenómeno como una señal de alarma silenciosa. En una época marcada por la prisa, el estrés y la hiperconexión, la lectura desaparece con facilidad, aunque su impacto en el cerebro y en el equilibrio emocional sea mucho más profundo de lo que parece.
Leer para proteger el cerebro en un mundo acelerado
Desde la neurociencia, la lectura no se entiende como un simple pasatiempo cultural. Leer de forma regular activa de manera simultánea la atención, la memoria, el lenguaje, la imaginación y la toma de decisiones. Este trabajo coordinado fortalece las conexiones neuronales y contribuye a la llamada reserva cognitiva, un mecanismo que protege al cerebro frente al deterioro asociado al envejecimiento.
Diversos estudios han demostrado que las personas con hábitos de lectura sostenidos presentan una menor incidencia de deterioro cognitivo y un avance más lento de enfermedades neurodegenerativas. Frente a una sociedad que recurre cada vez más rápido a los fármacos, la lectura aparece como una herramienta preventiva poderosa, accesible y sin efectos secundarios. No sustituye a los fármacos cuando son necesarios, pero sí puede reducir la dependencia exclusiva de los fármacos como única respuesta al malestar mental.
A diferencia de los fármacos, cuyos efectos suelen ser inmediatos pero acotados, la lectura construye beneficios acumulativos a largo plazo. Cada libro leído refuerza circuitos cerebrales que permiten compensar mejor posibles daños futuros. En este sentido, invertir tiempo en leer es una forma silenciosa de cuidar la salud mental sin recurrir siempre a fármacos.
La lectura da más claridad mental, empatía y menos dependencia emocional

El impacto de la lectura no se limita al futuro. En el presente, leer mejora la capacidad de razonar, relacionar conceptos y procesar información compleja. Las personas lectoras suelen mostrar mayor fluidez verbal, mejor comprensión y una mente más flexible. Este entrenamiento constante permite afrontar problemas cotidianos con mayor claridad, muchas veces evitando que el malestar derive en consultas donde los fármacos parecen la única salida.
Además, la lectura potencia la empatía. Al entrar en la mente de personajes y vivir realidades ajenas, el cerebro se entrena para comprender emociones, contextos y motivaciones distintas. Esta capacidad se traslada a la vida diaria y mejora las relaciones personales y laborales. No es casual que muchos tratamientos psicológicos busquen reducir la medicalización excesiva y complementar, o incluso reemplazar en algunos casos, el uso de fármacos por hábitos que fortalezcan la regulación emocional.
Marian Rojas Estapé insiste en que no se trata de demonizar los fármacos, sino de comprender que no todo malestar se resuelve con fármacos. Leer ayuda a recuperar la atención sostenida, reduce la ansiedad basal y ofrece un espacio de pausa en un entorno saturado de estímulos. Incluso cuando los fármacos son necesarios, la lectura puede actuar como un apoyo terapéutico que potencia sus efectos.
Leer también convierte a las personas en comunicadores más claros, con más recursos para expresarse y conectar con otros. Esa riqueza interior, construida página a página, reduce la sensación de vacío que muchas veces se intenta llenar solo con fármacos.









