El Trastorno Bipolar I sigue siendo, todavía hoy, una de esas realidades de la salud mental que cuesta mirar de frente. Se confunde con facilidad con cambios de humor, con altibajos “normales” o con una supuesta falta de carácter. Y ahí empieza el problema. Porque no va de eso. Va de algo mucho más profundo y, sobre todo, mucho más serio.
El psicólogo Roberto Alfaro Arriola lo explica con claridad en el pódcast Psicología Integral Lomas del Valle, donde analiza el caso de “Valeria” para poner palabras a lo que muchas personas viven por dentro y casi nunca saben cómo explicar. Escucharlo ayuda a recolocar ideas. Y también prejuicios.
No son cambios de humor: es un clima emocional extremo

Para entender el Trastorno Bipolar I, Alfaro propone una metáfora muy sencilla y muy potente: vivir con esta condición es como habitar un clima de extremos. Aquí no hay transiciones suaves. No hay primaveras templadas ni otoños tranquilos. Hay inviernos largos y veranos que queman.
En los llamados “inviernos emocionales”, la persona entra en episodios depresivos profundos que pueden durar semanas o meses. No es solo estar triste. Es perder la energía, el interés, las ganas. Lo que antes daba placer deja de hacerlo. Levantarse de la cama cuesta. Relacionarse agota. Incluso lo cotidiano se vuelve pesado, como si todo pesara el doble.
En el otro extremo aparecen los “veranos abrasadores”, los episodios maníacos. Aquí la energía se dispara, la euforia lo invade todo y la percepción de uno mismo se agranda. Hay impulsividad, decisiones precipitadas, sensación de poder con todo. Desde fuera puede parecer un momento “bueno”, pero suele dejar consecuencias serias en el trabajo, las relaciones y la vida diaria. Y cuando pasa… el golpe suele ser duro.
El episodio maníaco: la clave del diagnóstico

Uno de los puntos que más insiste el especialista es en no trivializar el diagnóstico. Para hablar de Trastorno Bipolar I debe existir al menos un episodio maníaco claramente definido, con una duración mínima de una semana. No vale un par de días de euforia.
Ese episodio implica un estado de ánimo persistentemente elevado, expansivo o irritable, acompañado de un aumento evidente de la actividad y la energía. La intensidad es tal que interfiere de forma clara en la vida social o laboral, y en algunos casos requiere hospitalización. Además, es fundamental descartar que esos síntomas estén provocados por sustancias o por otras enfermedades médicas.
Y aquí llega uno de los mensajes más importantes: esto no tiene que ver con la voluntad. No es falta de esfuerzo, ni de madurez emocional, ni de “poner de tu parte”. Es una alteración neurobiológica, algo así como un termostato emocional que no regula bien y pasa del frío extremo al calor intenso sin que haya una causa externa proporcional.
Diagnóstico, apoyo y menos estigma

El primer paso imprescindible es un diagnóstico profesional preciso, realizado por un especialista cualificado y basado en criterios clínicos reconocidos. No es una etiqueta que limite. Es un mapa. Y cuando el terreno es complejo, tener un mapa marca la diferencia.
El mensaje final va más allá de la consulta. El Trastorno Bipolar I es una condición médica que necesita comprensión, empatía y apoyo social. Hablar de salud mental con la misma seriedad que de salud física no es una opción, es una necesidad.
Porque cuando se entiende lo que pasa por dentro, el camino —aunque no sea fácil— deja de ser solitario. Y eso, muchas veces, ya es un primer alivio.








