domingo, 4 enero 2026

Victor Küppers, doctor en Humanidades: “Reivindicar la pausa es un acto de inteligencia, no de debilidad”

Victor Küppers plantea que pausar no es renunciar al rendimiento, sino ejercer inteligencia emocional. Frenar permite recuperar energía, revisar la actitud y sostener vínculos sanos en una vida acelerada que apaga personas más que las impulsa.

Victor Küppers, doctor en Humanidades y divulgador especializado en desarrollo personal, lleva años advirtiendo sobre un fenómeno silencioso: la pérdida de inteligencia emocional en una sociedad acelerada. En un contexto marcado por el cansancio crónico y el desánimo colectivo, su mensaje resulta urgente. ¿Por qué frenar hoy es una forma superior de inteligencia? La respuesta interpela directamente a la vida cotidiana.

Lejos de los discursos motivacionales vacíos, Küppers propone una idea concreta y actual: la inteligencia no se mide solo por conocimientos o experiencia, sino por la actitud con la que cada persona afronta lo que le toca vivir. Y esa actitud, sostiene, se entrena.

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Personas que iluminan y personas que se apagan

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“Las personas somos como bombillas”, repite Küppers ante auditorios llenos. Todas transmiten algo, pero no todas lo hacen con la misma inteligencia emocional. Hay quienes caminan por la vida “a 30.000 vatios” y quienes llegan fundidos. La diferencia no está en el currículum, sino en la energía humana que generan.

Ese impacto se percibe en segundos. Basta conocer a alguien para sentir cercanía o rechazo, confianza o incomodidad. No es magia ni carisma innato: es inteligencia relacional, esa capacidad de conectar con otros desde la actitud. En el mundo laboral, familiar o social, esa variable explica por qué algunas personas dejan huella y otras pasan sin ruido.

Küppers lo resume en una fórmula sencilla: Valor personal = conocimientos + habilidades × actitud. Los conocimientos suman, la experiencia suma, pero la actitud —esa expresión práctica de la inteligencia— multiplica. De ahí que el reconocimiento no llegue por lo que alguien sabe, sino por cómo hace sentir a los demás.

El problema aparece cuando el desánimo se instala. En esos momentos no se pierde capacidad técnica ni bagaje profesional; se pierde lo más valioso: la manera de ser. Y sin esa base, la inteligencia queda reducida a una función mecánica, sin impacto real.

La pausa como acto consciente de inteligencia

La pausa como acto consciente de inteligencia
Imagen: Pexels

Para Victor Küppers, uno de los grandes males contemporáneos es la velocidad. Todo es rápido: se trabaja rápido, se consume rápido, se vive rápido. Incluso se buscan soluciones profundas en formatos exprés. Esa dinámica, advierte, erosiona la inteligencia porque impide reflexionar.

“Parar no es rendirse”, insiste. Al contrario: parar permite reparar. Ajustar el rumbo, revisar prioridades y distinguir lo urgente de lo importante es una forma elevada de inteligencia práctica. Sin esa pausa, se corre el riesgo de hacer muchas cosas sin sentido, confundiendo actividad con valor.

La vida, recuerda Küppers, tiene momentos duros que no se eligen: enfermedades, pérdidas, crisis. Frente a esas circunstancias, la última libertad humana es la actitud. Elegir cómo responder es un ejercicio diario de inteligencia interior. Nadie puede cambiar las cartas que recibe, pero sí decidir cómo jugarlas.

En ese camino, propone dos hábitos simples y poderosos. El primero es la gratitud: entrenar la inteligencia para mirar lo que funciona, no solo lo que falta. El segundo es recuperar la ilusión, esa energía que mantiene viva la motivación. Sin ilusión, el ser humano se apaga.

No se trata de negar los problemas, sino de contextualizarlos. Cuando no hay dramas reales, perder la alegría no es una reacción inevitable, sino una falta de inteligencia emocional. La pausa ayuda a tomar perspectiva y a volver a encender la bombilla.


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