Durante años hemos mirado hacia fuera. Muy lejos, además. Hemos bajado a las profundidades del océano, enviado robots a Marte y rescatado restos del Titanic. Y, sin embargo, seguimos con una paradoja curiosa (y un poco inquietante): el territorio más complejo, determinante y desconocido sigue estando dentro de nosotros. Nuestro propio cuerpo. Y, sobre todo, nuestro cerebro.
Ese órgano silencioso que decide cómo pensamos, cómo sentimos, cómo dormimos, cómo envejecemos… y cómo vivimos. Entenderlo no es una excentricidad científica ni una moda moderna. Es, probablemente, una de las herramientas más potentes que tenemos para mejorar nuestra calidad de vida y alargarla con sentido.
De ahí nace una idea que cada vez gana más peso: la del turismo interior. Mirarnos por dentro con la misma curiosidad con la que miramos el espacio exterior. Porque conocernos no es solo interesante; es profundamente práctico.
Biohacking: dejar de vivir a ciegas

Durante mucho tiempo hemos tomado decisiones sobre nuestra salud casi a tientas. Comemos “lo que creemos que va bien”, dormimos “más o menos” y entrenamos “cuando podemos”. Todo muy intuitivo. Muy heredado. Y, a veces, poco eficaz.
Aquí entra el biohacking, entendido no como algo extremo, sino como una forma de romper esa ceguera biológica. Hoy existen herramientas sencillas —monitores de glucosa, dispositivos que analizan el sueño, relojes que miden la variabilidad cardíaca— que nos permiten ver, por fin, qué está pasando realmente dentro.
De repente, ya no hablamos de teorías, sino de datos. Sabes cómo te afecta ese desayuno. Cómo responde tu cuerpo al estrés. Si estás durmiendo profundo o solo descansando “en apariencia”. Y eso cambia las reglas del juego.
No es casualidad que este enfoque conecte tan bien con la inteligencia artificial. Ambas buscan lo mismo: entender sistemas complejos para tomar mejores decisiones. En un caso, el cerebro humano; en el otro, los algoritmos que intentan imitarlo.
No usamos el 10 % del cerebro (y menos mal)

Hay mitos que se repiten tanto que parecen verdades. El famoso “solo usamos el 10 % del cerebro” es uno de ellos. Y no, no es cierto. La neurociencia lo tiene claro: usamos todo el cerebro, pero no todo a la vez.
La memoria, por ejemplo, no está guardada en un cajón concreto. Está repartida. Un recuerdo romántico no vive en un solo sitio: la imagen se procesa en una zona, la música en otra, la emoción en otra distinta. Todo conectado, como una red.
Y luego está el sueño, ese gran olvidado. Mientras dormimos —especialmente en la fase REM— el cerebro hace algo fascinante: el hipocampo “habla” con el neocórtex para decidir qué recuerdos merecen quedarse. Es como una revisión nocturna de lo vivido durante el día. Dormir no es desconectar; es ordenar la vida.
Esparsidad: la inteligencia de gastar poca energía

Aunque el cerebro está siempre activo, funciona con una lógica muy eficiente. Usa lo que se llama esparsidad: activa solo pequeños grupos de neuronas en cada momento. ¿Por qué? Porque así es más resistente y más ahorrador.
Más resistente, porque si algunas neuronas fallan, el recuerdo no se pierde. Y más ahorrador, porque gracias a este sistema el cerebro consume apenas unos 20 vatios. Sí, como una bombilla pequeña. Nada mal para el órgano que lo dirige todo.
Ondas cerebrales: cuando la mente habla en eléctrico
Las neuronas se comunican con impulsos eléctricos, casi como un código Morse interno. Cuando muchas se sincronizan, generan ondas cerebrales. Y esas ondas cambian según lo que estemos haciendo.
Cuando estamos despiertos, atentos o resolviendo problemas, predominan las ondas beta y gamma. Rápidas. Intensas. En cambio, en el sueño profundo aparecen las ondas delta, lentas, calmadas. Es el momento de la verdadera reparación.









