sábado, 3 enero 2026

Sebastián La Rosa, médico especializado en neurociencia: “La disciplina se construye haciendo cosas que no queremos hacer, pero elegimos hacer”

Sebastián La Rosa propone una mirada neurocientífica sobre la disciplina: no es motivación ni voluntad abstracta, sino un circuito cerebral que se entrena eligiendo, de forma consciente, hacer aquello que cuesta, incluso cuando no apetece.

Sebastián La Rosa, médico especializado en neurociencia, afirma que la disciplina no es una cualidad moral ni una moda de autoayuda, sino una función biológica entrenable. En un presente dominado por la inmediatez y los atajos, su enfoque resulta especialmente relevante: entender cómo se construye la disciplina permite explicar por qué tantos hábitos fracasan y qué hacer para sostenerlos en el tiempo.

La pregunta importa hoy porque nunca hubo tantas herramientas para “evitar el esfuerzo”, y sin embargo nunca fue tan difícil sostener conductas saludables. La respuesta, según La Rosa, no está en más motivación, sino en comprender qué áreas del cerebro se activan cuando elegimos hacer lo que cuesta.

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La disciplina existe desde que existe la civilización

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La falta de disciplina no es un problema contemporáneo. Existen tablillas sumerias y asirias de hace más de 4.300 años que ya denunciaban la corrupción, los sobornos y la desobediencia de los jóvenes. En el apogeo del Imperio Romano, la disciplina fue un valor central, tanto en lo militar como en lo filosófico. Para los estoicos, y en particular para Marco Aurelio, era la herramienta que permitía actuar según la razón y no según el impulso.

Desde la neurociencia, esta persistencia histórica tiene sentido. El cerebro humano evolucionó para superar obstáculos como mecanismo de supervivencia. Durante cientos de miles de años, enfrentar incomodidad y dificultad no era opcional: era la condición para seguir con vida. Superar esos desafíos generaba recompensa y reforzaba conductas útiles.

Ese diseño biológico sigue intacto. El problema es que el entorno cambió más rápido que el cerebro. Hoy, muchas dificultades desaparecieron, pero la necesidad interna de desafío permanece. Cuando no existe, la disciplina se debilita y aparece una sensación difusa de insatisfacción.

El “músculo” cerebral que define la disciplina

El “músculo” cerebral que define la disciplina
Fuente:Canva

El núcleo de la explicación de La Rosa está en una región específica: la corteza cingulada anterior. Esta área integra información emocional, dolor físico, errores y toma de decisiones. Se activa, sobre todo, cuando una persona hace algo que no quiere hacer, pero elige hacer. La evidencia es clara:

  • Es más desarrollada en atletas y en personas que atravesaron grandes desafíos.
  • Es más pequeña en personas con obesidad o con baja tolerancia a la frustración.
  • Su entrenamiento es transferible: mejorar la disciplina física impacta también en el estudio, el trabajo y la regulación emocional.

Aquí aparece una idea incómoda: buscar siempre el confort reduce progresivamente la capacidad de esfuerzo. Cada vez que se evita una acción incómoda, no solo se posterga un objetivo, sino que se vuelve más difícil retomar ese camino después. La disciplina, en ese sentido, funciona como un músculo: si no se usa, se atrofia.

Además, esta región cerebral también se activa cuando una persona comete errores o actúa contra sus propios valores. Por eso, la disciplina no solo influye en hábitos como el ejercicio o la alimentación, sino también en la conducta ética y en la coherencia persona. La clave, aclara La Rosa, no es el sacrificio extremo. Como ocurre con los músculos, existe un punto justo de esfuerzo. Un estímulo demasiado bajo no genera adaptación; uno excesivo vuelve el proceso insostenible. Por eso, recomienda progresiones pequeñas, sostenidas y voluntarias.

La disciplina no se construye evitando el sufrimiento, sino atravesándolo de manera inteligente. No hay atajos duraderos. Y aunque incomode aceptarlo, elegir el camino fácil suele tener un costo silencioso: saber que se pudo hacer más y no se hizo.


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