Mario Alonso Puig, médico cirujano y divulgador, lleva años investigando cómo la creatividad influye en la salud, el aprendizaje y la forma en que las personas se relacionan consigo mismas. En un contexto marcado por la prisa, la autoexigencia y el miedo al error, su mensaje resulta especialmente actual. ¿Qué ocurre cuando cambiamos la manera de mirar nuestra propia vida? La respuesta, sostiene, puede ser profundamente transformadora.
Lejos de ser un don reservado a unos pocos, la creatividad es una capacidad humana universal. El problema no es que desaparezca, sino que se apaga cuando dejamos de prestarle atención. Recuperarla implica, antes que nada, entrenar una mirada distinta.
La mirada que despierta la creatividad dormida
Para Mario Alonso Puig, mirar no es un acto pasivo. La mirada funciona como una linterna: ilumina aspectos de la realidad que, sin atención consciente, permanecerían ocultos. Con el paso del tiempo, esa mirada se va condicionando por experiencias, creencias y etiquetas que terminan limitando la creatividad.
Muchas personas interpretan sus errores como pruebas de que “algo falla” en ellas. Sin embargo, desde la neurociencia y la experiencia clínica, Puig plantea otra lectura: el error no es una mancha, sino información. Cuando se lo vive con culpa, bloquea; cuando se lo entiende como aprendizaje, expande la creatividad.
Cambiar la mirada —hacer un giro de 180 grados— no es sencillo. El cerebro tiende a aferrarse a lo conocido, incluso cuando lo conocido duele. Pero cuando se logra ese cambio, sucede algo inesperado: empiezan a aparecer recursos internos que parecían inexistentes. La creatividad, entonces, deja de ser una idea abstracta y se convierte en una experiencia concreta.
Un ejercicio simple, como entrar en contacto con el silencio a través de la respiración consciente, permite aquietar el ruido mental y abrir espacio a nuevas percepciones. No se trata de “pensar mejor”, sino de crear las condiciones para que la creatividad emerja.
De la adversidad al propósito: cuando la creatividad transforma vidas

Mario Alonso Puig suele ilustrar este enfoque con historias reales. Una de las más conocidas es la de James Doty, hoy neurocirujano en la Universidad de Stanford. De niño, Doty creció en un entorno de pobreza y violencia, sin expectativas ni reconocimiento. Su vida cambió cuando una mujer, Ruth, le enseñó a mirar hacia dentro y a conectar con una creatividad que no dependía de sus circunstancias externas.
Ese entrenamiento interior no solo fortaleció su confianza: le permitió descubrir una fuerza silenciosa que más tarde se traduciría en disciplina, estudio y vocación. Años después, ya convertido en médico, Doty comprendió que la creatividad alcanza su máxima potencia cuando se vincula al servicio y a la compasión. De esa comprensión nació el primer Centro de Compasión de Stanford.
La historia resume una idea central del pensamiento de Puig: las heridas personales pueden convertirse en el motor de una creatividad orientada al bien común. No es magia en el sentido literal, pero sí una transformación profunda que la lógica pura no siempre consigue explicar.
En un sistema educativo y laboral que privilegia lo medible y lo inmediato, la creatividad suele quedar relegada. Sin embargo, los datos son claros: mientras que casi todos los niños pequeños superan pruebas de pensamiento creativo, ese porcentaje cae drásticamente en la adolescencia. No porque la creatividad desaparezca, sino porque deja de tener espacio.
Para Mario Alonso Puig, el desafío contemporáneo es recuperar ese equilibrio: integrar lógica y sensibilidad, razón e intuición. En tiempos de inteligencia artificial y automatización, la creatividad humana no es un lujo, sino un rasgo esencial. Despertarla empieza, simplemente, por aprender a mirar de otra manera.









