sábado, 3 enero 2026

Nazareth Castellanos (48), Física teórica y doctora en Neurociencia: “La concentración no se logra con fuerza de voluntad, sino con hábitos que reconfiguran la atención”

Nazareth Castellanos explica que la concentración no depende de la fuerza de voluntad, sino de hábitos sostenidos que reeducan la atención. La neurociencia muestra que entrenar foco y energía mental permite pasar de la dispersión reactiva a la claridad profunda.

Nazareth Castellanos (48), física teórica y doctora en Neurociencia, propone una mirada tan incómoda como liberadora sobre la mente moderna. Según explica, la dificultad para sostener la concentración no define a las personas ni habla de falta de capacidad, sino del modo en que el cerebro fue entrenado en un entorno saturado de estímulos.

Lejos de la épica de la fuerza de voluntad, su planteo abre una puerta más realista: la concentración no aparece por inspiración repentina, sino como resultado de hábitos concretos que reordenan la atención, la energía mental y la toma de decisiones cotidianas.

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Un cerebro disperso no es un cerebro incapaz de tener concentración

Un cerebro disperso no es un cerebro incapaz de tener concentración
Fuente: agencias

Uno de los principales aportes de Castellanos es desmontar una creencia profundamente instalada: pensar que la dificultad para sostener la concentración es un defecto personal. La neurociencia muestra que un cerebro disperso no nace así, se construye. Cada notificación, cada cambio constante de tarea y cada urgencia artificial entrenan al cerebro para no permanecer.

En ese escenario, la concentración se vuelve incómoda. No porque la tarea sea difícil, sino porque el sistema nervioso entra en una suerte de abstinencia de estímulo. El impulso de mirar otra cosa, de cambiar, de interrumpirse, no es intuición: es condicionamiento. Cuando se obedece, se refuerza la dispersión; cuando se tolera la incomodidad inicial, el foco empieza a estabilizarse.

La diferencia clave aparece allí. Un cerebro sin concentración vive reaccionando. Uno entrenado aprende a elegir. Sostener la atención durante unos minutos más de lo habitual permite al cerebro pasar del modo reactivo al modo profundo, donde la concentración se afianza, la memoria consolida y el pensamiento gana claridad. No es magia: es neuroplasticidad.

Hábitos que reconfiguran la atención y la energía

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Nazareth Castellanos subraya que no se puede hablar de concentración sin hablar de energía mental. Muchos cerebros no se dispersan por falta de disciplina, sino por agotamiento. Cuando los recursos internos se vacían, la mente busca estímulos rápidos para compensar. No es debilidad: es supervivencia.

Por eso, regular la energía resulta tan decisivo como entrenar la concentración. Trabajar desde el estado interno disponible, respetar los ciclos de esfuerzo y descanso y evitar la urgencia permanente permite que el foco deje de sentirse forzado. Un cerebro regulado no necesita empujarse todo el tiempo para sostener la concentración.

El tercer nivel es identitario. La concentración se vuelve estable cuando deja de negociarse a diario. El cerebro cambia de forma duradera cuando un hábito deja de ser una decisión y pasa a formar parte de la identidad. No se trata de rigidez, sino de coherencia interna: menos discusión mental, menos desgaste y más continuidad.

Desde esta perspectiva, la concentración no es un talento reservado a unos pocos. Es una habilidad entrenable que se construye con pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo. Cuando atención, energía e identidad se alinean, la mente deja de ser un obstáculo y se convierte en aliada. No perfecta, pero consistente. Y esa consistencia, sostiene Castellanos, es la que transforma la vida cotidiana.


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