La trombosis no siempre es el problema, a veces es la consecuencia. La historia de Mary-Carmen Amigo no empieza en un laboratorio ni en un congreso internacional. Empieza en una habitación de hospital, frente a una paciente demasiado joven para cargar con una enfermedad tan dura como el lupus. Ahí ocurrió algo. Algo que no se enseña en la universidad.
Reumatóloga formada en la UNAM, con más de 25 años de trayectoria en el Instituto Nacional de Cardiología Ignacio Chávez y actualmente en el Centro Médico ABC, la doctora Amigo ha construido una carrera brillante. Pero lo que realmente la define no es el currículum, sino la decisión de no mirar hacia otro lado. De quedarse. De querer entender. De prevenir antes que lamentar.
“A ver… yo quiero estudiar esto, dedicarme a esto, para poder atender realmente y prevenir complicaciones en estas mujeres”, recuerda. No hablaba solo de medicina. Hablaba de responsabilidad.
El SAF: curiosidad, intuición y mucho trabajo silencioso

En 1987, cuando apenas se empezaba a hablar del entonces llamado “síndrome anticardiolipina”, Mary-Carmen Amigo leyó un artículo que despertó su curiosidad. “Esto está muy interesante”, pensó. Y ese pensamiento sencillo —casi casual— cambió el rumbo de su vida profesional.
Diagnosticó al primer paciente con lo que hoy conocemos como Síndrome de Anticuerpos Antifosfolípidos (SAF) en su instituto. A partir de ahí, comenzó un camino largo, paciente, muchas veces poco visible. El SAF es una enfermedad compleja, autoinmune, traicionera. Provoca trombosis, pérdidas gestacionales, preeclampsias severas. Golpea fuerte y muchas veces sin avisar.
Afecta sobre todo a mujeres jóvenes, especialmente cuando se asocia al lupus. Pero la doctora insiste en algo importante: no es solo cosa de mujeres. En el SAF primario, cerca de un 30 % de los pacientes son hombres. “Las enfermedades no entienden de estereotipos”, parece decir entre líneas.
Descubrir lo que nadie estaba buscando

Uno de los momentos clave de su carrera llegó al estudiar algo que, hasta entonces, casi nadie miraba con atención: el corazón de los pacientes con SAF. Su investigación demostró que un 38 % de pacientes que aparentemente estaban bien, sin síntomas, ya tenían lesiones en las válvulas cardíacas. Y lo más inquietante: los anticoagulantes no solucionaban ese daño.
“El tratamiento anticoagulante puede servir para las trombosis, pero no para esto”, explica. Esa frase cambió muchas cosas. Gracias a su trabajo, la valvulopatía asociada al SAF se convirtió en criterio oficial de clasificación internacional. Un logro enorme, conseguido sin estridencias, a base de datos, observación y constancia.
A partir de ahí, su voz empezó a escucharse en foros internacionales. GLADEL, el Colegio Mexicano de Reumatología, la Sociedad Mexicana de Trombosis y Hemostasia, la Sociedad Internacional de Trombosis y Hemostasia. En esta última, incluso decidió formarse en bioética para presidir su comité. Porque no todo es ciencia; también importa cómo se decide.
Mirar al futuro sin perder lo esencial

En 2023 participó en la actualización de los criterios de clasificación del SAF, un trabajo que llevó siete años. Se incorporaron nuevos aspectos como la microcirculación o la insuficiencia placentaria. Aun así, la doctora lo deja claro: los criterios ayudan, pero no sustituyen al médico que piensa. “Si nos limitamos a listas, se nos pueden escapar cosas”, advierte.
Cuando habla del futuro, lo hace con prudencia, pero también con esperanza. Cree que llegará el día en que el tratamiento deje de centrarse solo en evitar trombosis y pase a actuar sobre el origen autoinmune de la enfermedad, antes de que el daño aparezca. “Quizá no esté tan lejos”, dice.
En el plano personal, no idealiza el camino. Reconoce que ser mujer en la ciencia sigue siendo difícil, que la equidad real aún queda lejos. Pero su discurso no es amargo. Es honesto. Habla de sueños, de prioridades, de familia. “Cuando tienes pasión por algo, buscas los caminos, aunque no sea fácil”.
Y deja un mensaje que suena más a vida que a ciencia: autonomía, claridad, constancia. No para ganar premios. Para vivir con sentido.









