Cambiar la rutina es empezar a hablarle distinto al cerebro. Durante años nos han repetido la misma idea: si no cambias es porque no quieres lo suficiente. Que te falta voluntad. Que no te esfuerzas. Y claro, uno acaba creyéndoselo. Yo misma lo he pensado mil veces. Pero resulta que no iba por ahí.
La psicóloga y terapeuta Belkis Carrillo pone palabras a algo que muchos sentimos pero no sabíamos explicar: el problema no es que no tengamos fuerza, es que el cerebro funciona por costumbre. Literalmente. La mayor parte del tiempo vamos en automático, repitiendo patrones que aprendimos hace tanto que ni recordamos cuándo empezaron.
Y cuando intentamos cambiar… el cerebro se pone nervioso. No porque el cambio sea malo, sino porque lo desconocido le da miedo. Prefiere lo familiar, aunque no nos haga bien.
Todo empezó antes de que supieras explicarlo

Aquí viene una parte que suele remover cosas por dentro. Según explica Carrillo, la mayoría de nuestros hábitos se formaron antes de los siete años. Cuando éramos pequeños y aprendíamos mirando. Escuchando. Imitando. Ahí se grabó nuestra manera de comer, de reaccionar, de relacionarnos con el estrés, con el descanso, con nosotros mismos.
De hecho, cerca del 70 % de lo que hacemos cada día nace de ahí. Por eso cambiar cuesta tanto. No estás luchando contra un mal hábito reciente. Estás tocando algo que el cerebro considera “hogar”. Y nadie quiere que le muevan los muebles sin avisar.
No se trata de borrar… se trata de sustituir

Una de las ideas más liberadoras de este enfoque es esta: los hábitos no se rompen, se reemplazan. No desaparecen por arte de magia. Siguen ahí, como un camino ya pisado mil veces. Lo que hacemos es empezar a caminar por otro sendero.
Al principio cuesta. Mucho. El nuevo camino tiene hierba alta, piedras, incomodidad. El antiguo está limpio, rápido, cómodo. Pero cada vez que eliges el nuevo, aunque sea torpemente, le estás diciendo al cerebro: “por aquí también se puede”.
Carrillo propone algo muy sencillo y muy humano: organizar el día respetando la energía real del cuerpo. Aprovechar las primeras horas para lo que más cuesta. Dejar lo automático para después. Y reservar tiempo para descansar sin culpa. No es rigidez. Es escuchar cómo funciona el cuerpo en lugar de forzarlo.
Dormir, fallar y volver a empezar (sin machacarte)

Aquí hay algo que suele sorprender: el cerebro cambia mientras dormimos. Literalmente. Es durante el sueño profundo cuando se crean las nuevas conexiones. Sin descanso, no hay transformación. Así de claro.
Y luego está el error. Porque sí, vas a fallar. Todos fallamos. La diferencia está en lo que haces después. Si te culpas, el cuerpo se tensa, aparece el estrés y refuerzas la idea de “yo no sirvo para esto”. Pero si tras el fallo haces algo pequeño y bueno inmediatamente, aunque sea cinco minutos, el cerebro se descoloca. No sabe qué camino reforzar… y ahí aparece la oportunidad.
No es castigo. Es reeducación.
Dejar de reaccionar y empezar a decidir
El verdadero cambio llega cuando dejamos de vivir reaccionando. Cuando dejamos de actuar desde el miedo, la prisa o la culpa, y empezamos a pensar antes de responder. Ahí entra en juego la parte más adulta del cerebro, la que decide y no solo sobrevive.
Carrillo lo dice claro: las personas que viven mejor no reaccionan todo el tiempo, razonan. Y para eso, muchas veces, hay que cambiar el entorno. Lo que ves. Con quién hablas. A qué te expones. Porque el entorno alimenta pensamientos, y los pensamientos sostienen hábitos.
Me encanta la metáfora final: el cerebro como un campo lleno de hierba. Los viejos hábitos son senderos marcados. Los nuevos son caminos por abrir. Al principio cuesta. Luego menos. Y un día, sin darte cuenta, ese camino nuevo ya es el tuyo.
No porque tengas más fuerza.
Sino porque, por fin, te entendiste.









