En un tiempo marcado por la confusión y la sensación de cambio permanente, la historiadora María Elvira Roca Barea propone mirar hacia atrás para entender el presente. Su diagnóstico es claro y perturbador: atravesamos una crisis profunda de la democracia que no surgió de la nada y que exige algo más que consignas rápidas para ser comprendida.
Lejos de lecturas simplistas, su análisis conecta educación, historia, poder y ciudadanía. Comprender la democracia actual, sostiene, requiere antes comprender el tiempo, el esfuerzo intelectual y los errores acumulados que hoy pesan sobre las sociedades occidentales.
Sin memoria del tiempo no hay comprensión del presente
Uno de los problemas centrales, según Roca Barea, es la pérdida de la noción de tiempo histórico. La democracia se apoya en ciudadanos capaces de distinguir procesos largos, etapas y causas. Sin embargo, esa capacidad no es natural. Se construye con educación y se entrena desde edades tempranas. Cuando el pasado se convierte en un bloque indistinto, todo parece nuevo y todo resulta incomprensible.
La historiadora advierte que sin esa línea temporal resulta imposible entender por qué la democracia funciona como lo hace o por qué entra en crisis. El ser humano percibe el presente y un pasado difuso, pero no distingue siglos ni contextos si no se le enseña. Esa carencia genera ciudadanos desorientados, más vulnerables a discursos que prometen soluciones inmediatas para problemas complejos.
La democracia, en este marco, deja de ser un sistema que se comprende y se defiende para convertirse en un concepto vacío. Como ocurre con la escritura o las matemáticas, el pensamiento histórico exige entrenamiento. Sin esfuerzo, no hay comprensión. Y sin comprensión, la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales.
La democracia frente al descrédito y el poder sin rostro

María Elvira Roca Barea sitúa la crisis de la democracia en un proceso acumulativo. Tras décadas de estabilidad, los sistemas democráticos occidentales han perdido legitimidad. La corrupción visible, la presión fiscal concentrada en las rentas del trabajo y la incapacidad del Estado para controlar los flujos del capital global han erosionado la confianza ciudadana en la democracia.
Durante la Guerra Fría, la democracia se fortaleció frente al bloque soviético mediante el Estado de bienestar. Ese equilibrio desapareció y con él la disciplina interna de los sistemas políticos. Hoy, la democracia compite con un capitalismo financiero global que escapa a la tributación y debilita al Estado nación. El resultado es un régimen que exige virtudes cívicas mientras ofrece cada vez menos certezas.
Este sistema, a diferencia de otros, necesita ejemplaridad. Cuando falla, arrastra consigo al conjunto del Estado. De ahí que el descrédito no se limite a los gobiernos, sino que alcance a la propia idea de democracia. Esta confusión explica parte del malestar social y el auge de discursos disruptivos que prometen orden, seguridad o prosperidad inmediata.
La historiadora advierte que no estamos ante un fenómeno completamente nuevo. La historia muestra que las grandes crisis comparten síntomas: desconcierto, polarización y la aparición de líderes que venden paraísos políticos. El peligro no está solo en la debilidad institucional, sino en una ciudadanía cansada y sin herramientas para analizar lo que ocurre.
El desafío es doble. Por un lado, recuperar la capacidad del Estado para sostener la democracia frente a poderes globales. Por otro, reconstruir una cultura cívica que entienda que la democracia no es un derecho automático, sino una construcción frágil que requiere esfuerzo, formación y responsabilidad colectiva.









