El cerebro necesita energía constante para pensar, sentir y sostener el equilibrio emocional. Durante años nos han explicado la salud mental casi siempre de la misma manera. Falta serotonina. Sobra dopamina. Ajustamos la química, tomamos la pastilla y seguimos adelante. A veces funciona. Otras, no tanto. Y ahí es donde aparece una pregunta incómoda que la Dra. Ana Cristina Andreazza lleva tiempo poniendo sobre la mesa: ¿y si estamos tratando el síntoma… pero no el origen?
Andreazza, investigadora y referente internacional en neurociencia, propone algo que, dicho así, suena sencillo, pero cambia muchas cosas: empezar a mirar los trastornos mentales como un problema metabólico y energético, no solo químico. Y cuando lo explica, todo encaja de una forma inquietante.
Cuando los neurotransmisores son solo una tirita

La psiquiatría clásica ha puesto el foco durante décadas en los neurotransmisores. Regularlos ha sido —y sigue siendo— una herramienta importante. Pero Andreazza lo dice con una metáfora muy clara:
“Es como poner una tirita. Funciona un tiempo… hasta que se despega.”
No lo dice desde el desprecio a los fármacos, sino desde la experiencia científica. Regular la serotonina o la dopamina puede aliviar, pero muchas veces no resuelve el fondo del problema. Porque esos desequilibrios, según su investigación, podrían ser la consecuencia de algo más profundo que ya venía fallando.
Y ese “algo” tiene nombre: mitocondrias.
Las mitocondrias: el motor que casi nadie mira

Las mitocondrias son diminutas, invisibles a simple vista, pero esenciales. Son las encargadas de producir ATP, la energía que hace posible absolutamente todo: pensar, sentir, regular emociones, tomar decisiones.
“Sin mitocondrias no hay vida”, dice Andreazza. Y no es una frase grandilocuente. Es literal.
El cerebro, además, es un órgano especialmente exigente. Consume muchísima energía. Cuando ese suministro falla —cuando las mitocondrias no rinden como deberían— el cerebro pierde estabilidad. Y ahí empiezan los problemas.
Desde esta mirada, trastornos como la depresión, el trastorno bipolar o la esquizofrenia dejan de ser solo “química desajustada” y empiezan a verse como un sistema energético que no está funcionando bien. Un motor que se acelera demasiado… o que no llega.
Azúcar, sobrecarga y cerebros agotados

Aquí entra un tema delicado: la alimentación. Andreazza explica que una dieta alta en azúcares obliga a las mitocondrias a trabajar sin descanso. Ese esfuerzo constante puede provocar acumulación de lactato en el cerebro, algo que se ha relacionado con episodios de manía.
Es como vivir siempre con el acelerador pisado. Durante un tiempo parece que todo va rápido, incluso mejor. Pero ese ritmo no se sostiene.
El cerebro acaba colapsando.
En este contexto, las cetonas aparecen como una alternativa interesante. No como moda, sino como combustible. A diferencia de la glucosa, las cetonas entran directamente en el sistema energético de la mitocondria, evitando pasos intermedios que a menudo fallan en personas con resistencia a la insulina. Menos fricción. Más eficiencia.
No es magia. Es bioquímica
Menos parches, más prevención
Andreazza no propone eliminar los fármacos. Eso sería simplista. Lo que propone es no dejar toda la salud mental en manos de una pastilla.
“Mi sueño sería ver a profesionales de la salud enfocados en mejorar la salud para protegernos contra las enfermedades”, afirma.
Habla de prevención. De nutrición. De estilo de vida. De facilitar que comer bien no sea un lujo. De cuidar la maquinaria antes de que se rompa del todo.
Su mensaje, en el fondo, es profundamente humano:
quizá muchas personas no están “rotas”.
Quizá están agotadas energéticamente.
Y entender eso no lo complica todo. Al contrario.
Abre la puerta a una psiquiatría más completa, más preventiva y, sobre todo, más compasiva.









