Abdel todavía tiene el peso de los años en los que vivió escondido, vigilado y, según afirma, marcado para siempre por un sistema que —dice— funciona entre la impunidad y el miedo. Su historia es la de un exmilitar marroquí que asegura haber visto desde dentro los engranajes de un Estado que califica como “narcoestatal”, cuya influencia, sostiene, ha penetrado a través de la guerra híbrida en España a niveles que la ciudadanía “ni imagina”.
En el podcast de Roberto Vaquero, Abdel repasa una vida atravesada por la corrupción militar, la guerra híbrida, la vigilancia de los servicios secretos y una sucesión de amenazas que, según relata, se intensificaron tras colaborar con un diplomático español que años después confesaría ser agente del CNI. “Me pidió información sobre el rey, la familia real y altos mandos del ejército”, recuerda. Él aceptó. Y poco después empezó, dice, su caída libre.
Del frente de guerra a la desilusión

Abdel ingresó en el ejército marroquí siendo un joven que aún creía en la disciplina y el honor militar. Su destino inmediato fue la guerra en el Sáhara Occidental. Fue allí donde, asegura, descubrió el funcionamiento real de una estructura en la que los recursos destinados a los soldados desaparecían como norma y donde las órdenes respondían más a intereses privados que a necesidades de defensa.
“Teníamos que firmar albaranes falsos”, relata. “Si nos daban una tonelada de harina, debíamos firmar que recibimos tres. Y negarte suponía castigos inventados”. Para él, aquello no era corrupción: era traición.
La acumulación de arrestos injustificados terminó llevándolo ante un Consejo de Disciplina en 1999. Contra todo pronóstico, el coronel a cargo zanjó la reunión con una frase que Abdel aún recuerda: “Hijo, no entiendo por qué estás aquí”. Le ordenaron volver a su puesto. Para entonces, sin embargo, su destino ya estaba marcado.
Infiltración, influencia y una guerra silenciosa
Una de sus afirmaciones más sensibles apunta directamente al Estado español: “La infiltración marroquí en España está a un nivel surrealista”, asegura. Sostiene que hay dobles nacionalidades en cargos políticos, comunidades religiosas totalmente controladas y una red de influencia que se extiende desde asociaciones locales hasta determinados partidos.
Según su relato, parte del problema comenzó tras el 11-M, cuando se desmanteló la infraestructura del CNI en Marruecos, dejando a España “ciega” respecto a los movimientos del reino alauita. Advierte que la inmigración masiva también forma parte de una estrategia planificada y que, si España continúa debilitándose, “Marruecos acabará reclamando Andalucía, como ya hizo con el Sáhara”.
Su paso por el Sáhara Occidental lo marcó tanto como la persecución posterior. Recuerda la cárcel negra de El Aaiún, las torturas que le contaron los saharauis, los abusos sistemáticos y la sensación constante de ocupar una tierra “que no era suya”. Para él, el conflicto no está cerca de resolverse. Cree que el plan de autonomía no será aceptado por la población saharaui y que, tarde o temprano, volverá la guerra.








