En un país donde la vivienda se ha convertido en una carrera de obstáculos, la historia de Javier Cascón emerge como un gesto insólito de rebeldía solidaria. Mientras miles de jóvenes se esfuerzan por comprar su primera casa, él decidió destinar sus ahorros —y después sus hipotecas— a ofrecer un techo a quienes nunca lo tuvieron.
Con apenas 27 años, Javier Cascón acumula tres pisos, un chalet alquilado junto a una ONG y un proyecto de vida que va mucho más allá de la compasión: una misión que combina fe, coherencia personal y un concepto radicalmente práctico de la ayuda.
Una vida dedicada a abrir puertas
Cuando Javier compró su primer piso en 2022, no imaginaba que acabaría convirtiéndose en una referencia inesperada en pleno debate sobre la vivienda. Había trabajado desde los 14 años, encadenando hasta cuatro empleos simultáneos para ahorrar una entrada. Lo lógico habría sido independizarse; lo natural, darse un gusto. Pero él eligió otro camino: “No dejaría que mis hermanos durmieran en la calle”, repite como si fuese la ecuación más simple del mundo.
Ese “hermanos” no es literal, sino espiritual. “¿Cómo es posible que mi hermana esté pidiendo en el metro?”, se preguntaba al ver cada día a personas sin hogar, muchas de ellas conocidas desde su adolescencia en proyectos sociales. Así llegó la primera familia que acogió: una madre y su hija marroquí, a quienes acompañaba desde hacía años. Después vinieron más. Hasta hoy, 32 personas han pasado por sus cuatro viviendas, y 15 conviven actualmente bajo su techo, incluyendo el chalet de Galapagar donde vive con su mujer, su bebé de tres meses y otras ocho personas.
La selección nunca es fácil. “¿Quién soy yo para decidir quién entra y quién no?”, admite Javier Cascón. Por eso estableció criterios claros: nada de consumos activos ni enfermedades mentales que pongan en riesgo a los demás. Cada caso se revisa con trabajadores sociales, se ofrece un mes de prueba y se establecen metas: aprender español, encontrar trabajo, ahorrar un pequeño colchón. Nada es obligatorio, pero sí imprescindible para progresar. “El éxito —dice— es que un día ya no nos necesiten”.
Javier Cascón: Una red que crece a contracorriente

Lo que comenzó como un acto individual terminó convirtiéndose en una red inesperada. Voluntarios jóvenes que enseñan español, amigos que donan muebles, desconocidos que ofrecen comida, psicólogos que acompañan, familias que invitan a vacaciones. “La gente es brutal”, repite Javier Cascón, todavía sorprendido por la reacción colectiva.
Pero no todo es idílico. Como en cualquier convivencia, surgen conflictos. Javier Cascón recuerda la noche en que dos compañeros de piso —antes grandes amigos— terminaron enfrentados, con un robo de por medio y un cuchillo en la mano. A las 23:30 él y un trabajador social estaban mediando entre llantos y denuncias. “Esto también es la vida”, reflexiona sin dramatismo. “La convivencia no es perfecta en ninguna familia.”
El proyecto de Javier Cascón creció hasta incluir pequeñas iniciativas laborales: un fotomatón para bodas gestionado por uno de los residentes y, pronto, un kiosco de prensa que permitirá contratar a otro. “No se trata solo de darles un hogar —dice—, sino una salida”, resaltó.









