sábado, 29 noviembre 2025

Álex Gómez-Marín (44), neurocientífico: “Tu consciencia puede sobrevivir a la muerte, va más allá del cerebro»

Tras una experiencia cercana a la muerte que transformó su vida, el neurocientífico Álex Gómez-Marín abandona la ciencia convencional para investigar qué queda de la consciencia cuando el cerebro se apaga y si puede sobrevivir a la muerte.

Cuando Álex Gómez-Marín habla de la muerte, no lo hace desde la distancia académica ni desde la fría seguridad de los datos. Lo hace desde un lugar más profundo: el borde de sí mismo, ese sitio al que llegó una tarde de hospital, mientras su cuerpo se desangraba y los médicos aún no sabían por qué. Tenía 39 años, una carrera brillante, y un futuro asegurado en el sistema científico más prestigioso de España. También tenía una certeza: algo dentro de él estaba a punto de apagarse.

Aquel episodio cercano a la muerte, que comenzó como un sangrado interno y terminó en una operación de urgencia seguida de días en la UCI, cambió para siempre el rumbo de su vida científica. Lo que vio, lo que sintió y lo que experimentó en ese umbral entre la conciencia y el silencio lo llevó a una de las preguntas más radicales que un investigador puede hacerse: ¿qué queda de nosotros cuando el cerebro deja de funcionar?

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El día en que la muerte lo visitó

El día en que la muerte lo visitó
Fuente: Canva

La historia cercana a su muerte comenzó con un síntoma difuso: cansancio extremo. Luego llegó la debilidad, la palidez, el miedo silencioso. Los médicos buscaban el origen del sangrado, pero pasaron nueve días sin encontrarlo. Mientras tanto, él se vaciaba lentamente.

Lo operaron de urgencia. Despertó en la UCI sin saber si aquel sería el último capítulo de su vida. Su cuerpo había cambiado. Su mente también. Y entonces empezó la experiencia que él mismo describiría después como más real que la realidad.

Una tarde de jueves —la víspera del cumpleaños de su mujer— vio un pozo. Él estaba en el fondo, mirando hacia una luz dorada que caía desde arriba. Tres figuras, perfectamente reconocibles para él, lo observaban a contraluz. No eran ángeles. Tampoco familiares muertos. “Eran guías espirituales”, dirá después, tres figuras históricas cuya presencia le pareció tan natural como sobrecogedora.

Aquellas figuras le ofrecían salir del pozo. Él sabía, con absoluta certeza, algo que no pasaba por palabras ni pensamientos: si salía, moría. Entonces pidió volver. Y volvió. Volvió al cuerpo. Volvió al hospital. Volvió a la vida.

Antes de esa visión cercana a la muerte tuvo otra: animales gigantescos, híbridos, casi psicodélicos, que se inclinaban sobre él para transmitirle un fuego luminoso. “Un sueño lúcido”, dirán algunos. “Alucinaciones por medicamentos”, otros. Pero ninguna de esas explicaciones —sostiene él— puede abarcar la intensidad, la claridad y el carácter “hiperreal” de lo que vivió.

Del laboratorio al límite de la consciencia

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Durante dos décadas, Gómez-Marín hizo exactamente lo que la ciencia espera de un buen científico: investigar con rigurosidad. Publicó más de cien papers, sus estudios fueron citados más de 4.500 veces y, poco antes de su ECM, había logrado la plaza más codiciada: científico titular del CSIC, un puesto que garantiza estabilidad de por vida.

Lo tenía todo. Precisamente por eso, sintió que no tenía nada que perder. “Qué ironía hubiese sido —reflexiona— sacarme la plaza… y morirme meses después”. Cuando regresó del borde de la muerte, una idea lo atravesó: esta es otra vida, y debo dedicarla a investigar lo que realmente importa. Y lo que importaba, para él, ya no eran las moscas de la fruta ni los circuitos neuronales, sino la pregunta más antigua del mundo: ¿qué somos cuando se apaga la materia?

Dejó atrás el camino seguro y se adentró en un territorio lleno de sospechas, prejuicios y etiquetas. “Pseudociencia”, le advirtieron incluso colegas cercanos. Pero él siguió adelante. “Lo que un científico debe hacer —dice— es ir hacia las zonas de penumbra, hacia lo desconocido. Hacia donde es más fácil equivocarse. Porque ahí es donde está el conocimiento”.


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