martes, 9 agosto 2022 3:25

Así es el puzle imposible de la nuclear y el gas: la ficha de España no encaja

El Gobierno de España se opone drásticamente a la intención de la UE de incluir en la taxonomía verde a la energía nuclear y al gas natural, como parecen haber consensuado ya (aunque tengan que disimular durante unos días) Alemania y Francia que, al final, son los estados miembro que mandan. Alemania, muy propensa a los acuerdos de mínimos y a sabiendas de que todos tendrán que ceder, no quiere la nuclear en esa taxonomía comunitaria, pero sabe que si quiere colar el gas, deberá pasar por el aro. Lo mismo ocurre con Francia, pero al contrario, desde París se ve el gas como energía contaminante y lejos de lo que se promueve como verde, pero si quiere incluir la energía atómica tiene que transigir, y en esas están.

Sin embargo, el Gobierno español parece no enterarse de la coyuntura y se enroca en el no a todo, pese a no disponer de la energía local necesaria para poder generar la electricidad suficiente para responder a la demanda nacional y tenga que comprar energía nuclear a Francia al precio que sea y un volumen ingente de gas a Argelia y Rusia, a un coste aberrante.

La ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, ha afirmado que España «es firme defensora de la taxonomía verde como instrumento clave para contar con referencias comunes que puedan ser usadas por inversores para lograr la descarbonización de la economía y alcanzar la neutralidad climática en 2050», pero admitir la nuclear y el gas natural en esta categoría «supondría un paso atrás».

Si el borrador sale adelante, se podrán destinar los fondos europeos a la creación de nuevas centrales nucleares y de ciclo combinado de gas de última generación

Por su parte, la vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz, en su cuenta de Twitter afirmaba que «Europa todavía tiene la oportunidad de reconsiderar esta decisión para evitar alejarse de la evidencia científica y la demanda social».

LAS TRAMPAS AL SOLITARIO DE LA UE

La Unión Europea considera que «existe un papel para el gas natural y la nuclear como medio para facilitar la transición hacia un futuro basado predominantemente en las renovables». De esta forma se hace trampas al solitario por no reconocer su equivocación al marcar unos objetivos verdes desproporcionados e inalcanzables, mientras otros países, que son quienes más contaminan, van a otro ritmo y actuarán siempre mirando primero por el bien de su crecimiento económico y, solo después, por el medio ambiente.

Europa todavía no se ha dado cuenta de que pinta más bien poco en el panorama geopolítico mundial, donde ya ni siquiera Estados Unidos conserva su hegemonía. Las cosas ya no son lo que eran para Europa. En la geopolítica mundial la economía protagonista ahora es China, y otros países, como Rusia, tras una larga travesía del desierto de casi tres décadas, están empezando a contar con un papel principal. Estados Unidos podríamos decir que es el coprotagonista de la película, pero ya sin el glamur de otros tiempos. Y la Unión Europea se queda el actor secundario del reparto.

Un actor secundario que un día pensó que podía protagonizar una película de impacto mundial y liderar la lucha contra el cambio climático. Se lo creyó tanto que pensó que imponiéndose a sí misma unos objetivos inasumibles a través de unas medidas draconianas, daría ejemplo y todos los demás querrían participar en su película, siguiendo su estela sin rechistar.

Los aires de grandeza se esfumaron dejando a la Unión Europea en tierra de nadie, con una elevada dependencia energética del exterior y todavía más debilitada. Aquel brindis al sol ha dejado los otrora «ambiciosos» compromisos reducidos a objetivos «poco realistas».

De esta forma, la única manera que tiene Europa de salir de este inmenso charco es maquillar sus medidas, aún a costa de que a muchos de sus dirigentes se les ponga la cara colorada. La misma Unión Europea que permite la especulación con los derechos de emisión de CO2 para evitar al máximo que se contamine, ahora va a proponer que el gas natural o gas fósil, (protagonista de 2021 por sus disparatados precios entre otras cosas por los derechos de CO2) sea considerado como energía verde.

¿Estamos ante una bajada de pantalones? Sí, en toda regla. ¿Puede hacer otra cosa la UE? Pues si quiere mantener la competitividad de sus empresas, una mínima independencia energética y el bienestar de sus ciudadanos, no. Entonces, ¿por qué el Gobierno español se enroca rechazando enérgicamente esta propuesta? Pues por dos razones principalmente.

La primera porque es incapaz de poner por delante la realidad a la ideología, demostrando ser un Ejecutivo inflexible en el plano ideológico e incapaz de reconocer errores. Y, la segunda, porque sabe que su opinión en Europa pinta entre poco y nada, y que se va a hacer lo que consensúen potencias como Francia y Alemania.

DOS NUEVAS FECHAS CLAVE: 2035 Y 2045

La idea de alemanes y franceses, con el apoyo de otros muchos países es que el gas sea considerado energía verde hasta el año 2035 y la nuclear hasta el año 2045, tiempo suficiente para desarrollar una transición ecológica optimizada, sin las prisas de ahora, y acorde con el ritmo de evolución de la tecnología y la innovación para, por ejemplo, avanzar en materias cruciales para las renovables como el almacenamiento energético.

Algo en apariencia tan sencillo y tan lógico se ha visto empañado por los delirios de la UE y su sueño de ser el protagonista de la película anteriormente citada. Una vez caída del guindo, desde Bruselas han pensado que ‘más vale ponerse una vez rojo que ciento amarillo’, y esta vez todos los países se pondrán rojos cuando al final se apruebe este borrador, pero no tendrán que ponerse tan amarillos ante otros países al reducir su dependencia energética y aumentar la competitividad de sus empresas.

Con estas nuevas fechas, Alemania se asegura que el cierre de sus centrales nucleares no será tan gravoso como se preveía, porque no estará tan sujeto al carbón y, además, el gobierno germano tendrá más margen para desarrollar su proyecto renovable. Entretanto, Francia se asegura la continuidad en el uso y construcción de centrales nucleares de última generación (más seguras) que le permitirán su independencia energética. Al  mismo tiempo, podrá seguir vendiendo esa energía nuclear al Gobierno español (que sigue enrocado en cerrar las nucleares en el plazo previsto).

La cosa está muy avanzada, hasta el punto de que si sale adelante, se podrán destinar los fondos europeos a la creación de nuevas centrales nucleares y de ciclo combinado de gas de última generación.

EL GOBIERNO ESPAÑOL, CON EL PIE CAMBIADO

El Ejecutivo español sigue dando síntomas de una obsesión verde en materia energética que le impide ver la realidad, pese a que sus vecinos europeos la estén abordando sin tapujos. Los ministros del Gobierno de coalición están dando una nueva muestra de haber llegado a esta situación con el pie cambiado, algo que, por otro lado, no parece importarles demasiado.

Seguramente, bien explicado, la ciudadanía entendería esta marcha atrás de Europa, máxime tras lo vivido en España con el precio de la luz y lo que augura este 2022. Pero el Gobierno no quiere entender la situación. Solo le interesa quedar bien con una parte de su electorado y seguir soñando con un papel destacado en la película de la acelerada política verde europea.

Además, los partidos de la oposición llevan meses defendiendo la importancia de la energía nuclear en la transición energética y han cargado duramente contra la rigidez de Pedro Sánchez y Teresa Ribera. Afean al Gobierno que, ni tan siquiera valore prolongar la vida útil de las centrales nucleares en funcionamiento en España, pese a la que está cayendo.


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