“Los funcionarios europeos reconocen en privado la necesidad de hundir la imagen de Gran Bretaña en el barro”. La frase procede de uno de los diarios económicos británicos más conocidos a nivel mundial, The Economist, y muestra a la perfección el telón de fondo de años de negociaciones por el Brexit. Al fin y al cabo, en Europa no conviene, por el momento, tener un rival exitoso en sus fronteras. Y la mejor manera de lograr esa meta ha sido la de atacar al corazón mismo de Reino Unido: su sector financiero y más concretamente, la llamada City londinense.

A día de hoy, el contrato alcanzado entre la UE y Reino Unido es de mínimos, lo que implicará un regateo interminable entre ambas partes. Aunque algo es algo. Ese insignificante alivio no sirve, sin embargo, para el sector financiero, dado que el texto actual prácticamente lo pasa por alto. “La incertidumbre es especialmente sensible en dicho campo”, advierten fuentes del sector. Así, los financieros británicos ni tienen acceso total a los clientes europeos, ni hay un acuerdo en relación a la protección de datos. Y los pocos que hay, solamente en apartados extremadamente sensibles, son temporales.

Pero, evidentemente, nada de lo anterior es aleatorio. Tampoco el hecho de que en materia del comercio de bienes, excluidos los servicios financieros, el acuerdo sea más robusto y se haya logrado evitar los aranceles y las llamadas cuotas. La explicación es sencilla: Alemania, y con ella España y el resto de países, necesitaba que esto fuera así. Para entender el juego sucio de alemanes y europeos frente a UK hay que volver a 2016, al mismo momento en el que el sí prevaleció sobre el no cambiando el rumbo de la historia.

EL COMERCIO COMO ELEMENTO CENTRAL PARA ALEMANIA (Y ESPAÑA)

Así, las primeras consideraciones acerca de lo que supondría el Brexit eran bastante más preocupantes para la Unión Europea de lo que lo son en la actualidad. Especialmente para Alemania. El Reino Unido partía de un escenario más robusto, gracias a que sus exportaciones directas a la UE eran más pequeñas que a otros países. Por lo que a largo plazo podría obtener ganancias netas si era capaz de cerrar acuerdos beneficiosos con estos terceros. Además, su alto volumen de importaciones desde países europeos le daba todavía más poder de negociación.

Los datos de 2015, el año previo a la separación, confirmaban esa tesis. Así, el Reino Unido importó de la Unión Europea unos 218,000 millones, mientras que el volumen de exportaciones apenas superaba los 133,000 millones. Para el caso de Alemania esa diferencia era incluso el doble: 60,679 millones de importaciones frente a 30,352 millones de exportaciones. En el caso de España también son importantes, aunque más modestos, con una relación de 17.808 millones de importaciones frente a 11.184 millones.

En definitiva, lo anterior resalta que la ruptura de las negociaciones sería especialmente dañina para Alemania y el resto de la UE, al menos en materia comercial. Pero después de más de cuatro años de conversaciones todo eso no solo ha quedado olvidado, sino que ha quedado en el punto que quería Angela Merkel. Así, para el comercio de bienes el acuerdo implica que no existan ni aranceles ni cuotas (es mejor incluso que el actual con Canadá). Una solución especialmente beneficiosa para el sector del automóvil y el agroalimentario.

LA APUESTA ACERTADA DE ACORRALAR AL SECTOR FINANCIERO BRITÁNICO

Curiosamente, ambos, especialmente el primero, son dos de los sectores más importantes en Alemania y, por suerte, también en España. De hecho, la industria del automóvil española, que incluye productores puros y los fabricantes de piezas, sola suponía un 50% de todas las exportaciones del país a Reino Unido en 2015. Una victoria total que se ha apuntado Bruselas, pero que se ha orquestado desde Berlín. Además, se ha logrado con un punto extra y, es que, pese a ello la situación de UK en la actualidad es peor que la que tenía antes del Brexit en esta materia. Un aviso para futuros díscolos.

Pero la necesidad imperiosa de Alemania y la UE de alcanzar un acuerdo aceptable para el comercio de bienes no se extendía a los servicios financieros. Es más, para que Reino Unido quedase tocado era inevitable apuntar directamente en esa dirección. Al fin y al cabo, la experiencia de Zurich, Singapur o Hong Kong han demostrado que una plaza independiente puede crecer mucho suministrando servicios financieros a sus vecinos sin la necesidad de estar en una unión comercial. Además, la llamada City londinense contaba con ciertos argumentos de poder para desafiar a Bruselas: el huso horario, la utilización del inglés y una legislación y un sistema judicial (las common law) tan ágil como reconocido.

Lo anterior, tiene una exigencia: que la importación de los servicios este liberalizada. Ese mismo fue el punto de actuación de Bruselas. Así, las medidas encaminadas a dificultar la movilidad y captación de clientes en Europa o la retirada de los pasaportes financieros de los bancos suponen un desafío para las empresas que trabajan en UK. Con ello, zonas como Madrid, Barcelona, París, Berlín o especialmente Frankfurt se han beneficiado como alternativa. Aunque ha sido (y lo sigue siendo) extremadamente difícil.

En definitiva, que todo lo que se podía esperar en 2016 a favor de Reino Unido no se ha cumplido. Más bien todo lo contrario. Bruselas, liderada desde Berlín, ha acorralado a Reino Unido poco a poco en la dirección que más le favorecía hasta el punto de que cualquier parte del pequeño acuerdo existente le beneficia. Incluso, la UE forzó a los dirigentes británicos a tener que pedir el llamado artículo 50 pese a que años atrás se juró y perjuró que no se haría. Por suerte, el hecho de que España compartiese grosso modo las necesidades de Alemania frente al Brexit ha ayudado a que el desenlace del primer episodio más que traumático ha sido hasta positivo.