sábado, 13 julio 2024

El Mapfre, los elementos y la maldición de la ruta Oeste

“Seríamos más felices si hubiéramos ganado, pero no podíamos estar más orgullosos”. Algo más que la honra o el orgullo se jugaba esta domingo, cuando tres grandes veleros se jugaban el todo o nada a un sprint una regata que ha durado nueve meses y 48.000 millas náuticas. Esa tarde un barco de bandera china volaba a 16 nudos directo a La Haya, mientras que el español Mapfre iba a 11 pegando trasluchadas desde el norte, eso sí, por delante de su rival el Brunel. Así acababa una de las Volvo Ocean Race más competidas de la historia. El navío armado por la compañía de seguros hizo historia al lograr la segunda plaza, la mejor de un barco español en la historia, por detrás del barco de bandera china

Aunque eso de armar un barco, a día de hoy habría que llamarlo patrocinar. Las dosis de emoción final han dado aún más notoriedad a la esponsorización del proyecto del gran patrón de la vela española, el veterano Pedro Campos. En este caso Mapfre ha hecho posible que nuestro país, quizás el de mayor tradición marina del planeta, en discusión con ingleses o portugueses, tenga un barco en el mayor reto deportivo que proporciona el mar.

La regata, de cifras, imágenes y vivencias extremas, es el gran reto del siglo XXI, que coloca al hombre, ayudado solo por un cascarón de fibra de carbono y velas, frente a la furia de los océanos desatados. Gran parte de la epopeya de esta gran regata global se debe a la navegación por el Océano Sur, que gira y se arremolina hacia este polo de la Tierra y produce las condiciones de navegación más duras del planeta.

Negocio, épica, globalización, reto. Y en medio de todo esto, una tripulación de diez personas –ocho hombres, dos mujeres– que se ve ante el desafío de navegar lo más rápido posible, en las condiciones tácticas menos confortables, en pos de una empresa. No solo la empresa de circunnavegar el mundo, sino una empresa que es la que da soporte a los cerca de 14 millones de euros que cuesta participar en la Volvo Ocean Race. Una broma a gastar en nueve meses comparado con los cerca de 900 millones que costará la empresa del Real Madrid o FC Barcelona esta temporada futbolística.

La Volvo Ocean Race se esmera en recorrer puntos clave de los cinco continentes. Clave no solo marinera, sino clave en cuanto a la presencia económica en ciudades y mercados que permitan sacar rendimiento a los costosos patrocinios. El ganador de la regata tiene por bandera (roja, por cierto) a un fabricante chino de camiones Dongfeng, que es cabeza de un emporio industrial en el país asiático.

Del mismo modo que son incomparables los efectos de los patrocinios –el prestigio y la épica de una aventura a vela–, también lo es el esfuerzo de los deportistas que son los protagonistas finales de este espectáculo. Un esfuerzo inversamente proporcional al de su salario, comparado con el de los futbolistas de élite, a todo esto.

UNA COMPLEJA COBERTURA

El problema de esta regata es que sucede en los lugares más inaccesibles del planeta. Hay momentos de la competición que los barcos navegan a más de 6.000 kilómetros del punto habitado más cercano. Ni siquiera se puede llegar a ellos en helicóptero en caso de emergencia. Eso produciría unos enormes vacíos en la cobertura de este acontecimiento deportivo.

Sin embargo, la Volvo Ocean Race ha conseguido paliar este problema gracias a los satélites. Elementos de comunicación que desde el espacio no solo hacen seguimiento a la flota –un track permite situarlos en 3D en un Smartphone gracias a una app–, sino que las tripulaciones elaboran cada día su propio material informativo desde el angosto y espartano barco.

En cada barco viaja empotrado –casi literalmente empotrado en el peor sitio del casco– un reportero gráfico, que se encarga de recopilar material que se envía, comprimido, vía satélite al cuartel general de la regata, en Alicante. Cada barco lleva varias cámaras 360 y micrófonos en la cubierta. Además, el reportero lleva su propio equipo de cámaras y de dotación un dron, que toma imágenes del velero navegando. Estas imágenes diarias, frescas, noticiosas, llega diariamente a la sede de la Volvo Ocean Race y se distribuyen por redes sociales y a medios.

UN ETAPA FINAL TREPIDANTE

Así se ha conseguido casi transmitir casi en directo la última y trepidante etapa de la Volo Ocean Race, en la que salía como líder el Mapfre, seguido del Brunel (empatado a puntos) y el Dongfeng, desde Goteburgo. Tres días que las tripulaciones han hecho casi al sprint sin dormir apenas, con guardias de casi 24 horas y sin tregua, con destino a La Haya.

Al final las decisiones tácticas han sido las que han marcado el desenlace. El navío español optó por seguir la ruta Oeste, marcando de cerca al que parecía el peor rival, el Brunel. El Dongfeng siguió por la ruta Este, costeando entre Dinamarca, Alemania, hasta Holanda. Cuando en la tarde de este domingo, los dos grupos de barcos convergieron para enfilar la entrada a La Haya, “el mundo se nos cayó encima”, en palabras del patrón español, Xabi Fernández, dos veces campeón olímpico.

El barco chino con tripulantes franceses –cosas de la globalización probablemente– estaba tres millas por delante. Fueron 17 minutos, los elementos –los vientos–, infortunios en el Cabo de Hornos, los que hicieron que pese a a ser el barco que más etapas ha ganado, el más brillante en regatas costeras, y probablemente el mejor proyecto español en años, el Mapfre no ganara la Volvo Ocean Race. Maldita ruta Oeste.


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