Felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace

«Felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace». La frase no es mía, es de Jean Paul Sartre.

Tal vez la pregunta más incómoda que se le puede hacer a una persona, si está dispuesta a pensarla durante unos minutos y responder con total sinceridad, sea la más sencilla: «¿Eres feliz?».

Entiendo que hay personas a las que la respuesta a esa pregunta les puede resultar muy sencilla. Un rotundo «sí» o un «no» puede zanjar el tema sin contemplaciones. Pero eso no sirve. Una pregunta de tal calibre merece un análisis profundo y complejo que parta de la base de indagar qué es la felicidad para cada uno de nosotros, tratando de hallar nuestra posición exacta y sincera dentro de esa paleta de color que alberga multitud de tonalidades que conducen hasta la felicidad absoluta.

Simplificándolo mucho, podríamos decir que me considero moderadamente feliz. No creo que exista la felicidad completa. En mi opinión, se puede ser bastante o muy poco feliz, pero no pienso que exista una felicidad absoluta en la que podamos instalarnos. Eso es algo utópico, e incluso siendo profundamente feliz se pueden encontrar estímulos que acrecienten aun más esa sensación. Por lo tanto, cuando alguien responde directamente «sí» o «no» a la pregunta que te planteaba, se dan dos posibilidades: o bien no está reflexionando en profundidad, o bien no está pensándolo y simplemente huye de un tema que, reconozco, puede ser algo peliagudo.

El mundo desarrollado tiene la convicción de haber avanzado mucho en todos los campos de la existencia humana, tanto a nivel espiritual como en el plano material. Tal vez por ello contemplamos a las naciones del denominado Tercer Mundo con absoluta suficiencia. Sinceramente, tal vez debamos replantearnos si estamos en lo cierto.

El Reino de Bután es un pequeño país asiático. Estoy convencido de que casi nadie ha oído jamás hablar de él. De hecho, la gran mayoría de nosotros no sabríamos localizarlo correctamente en un mapa. Bután está situado en el tramo oriental de la cordillera del Himalaya, entre India ―Estado de Sikkim, que le separa de Nepal― y China ―región del Tíbet―. Aunque parezca lo contrario, podríamos aprender mucho más de lo que pensamos ―y de lo que nos gustaría reconocer― de ese pequeño Reino asiático. Nuestra tecnología, nuestra calidad de vida, nuestro frenético ritmo laboral, pueden ser puestos en entredicho en determinados aspectos por el más humilde de los países. Con esto no quiero decir que ellos vivan mejor que nosotros. Lo que afirmo es que somos tan soberbios que muchas veces, embriagados de nuestro concepto del bienestar y anclados en nuestro modo de vida, hacemos oídos sordos y no tenemos en cuenta a otras naciones que podrían aportarnos valiosas enseñanzas.

bhutanJigme Singye Wangchuck es el Rey de Bután. Fue coronado en 1974 cuando contaba tan solo con 17 años de edad, tras la muerte de su padre. En uno de sus primeros viajes a la India un periodista le preguntó con cierta ironía sobre el Producto Interior Bruto (PIB) de Bután. Su respuesta dejó a todos perplejos: le indicó que el PIB de su nación era totalmente intrascendente, y que más que preocuparnos por los factores económicos deberíamos crear otras métricas, como un índice que reflejara si los habitantes de cada país son felices. Era la primera vez en cientos de años que un líder mundial hablaba de medir la felicidad. Y así lo hizo. Acuñó el término «Felicidad Interna Bruta»Gross National Happiness―, y a su regreso al pequeño país creó el Ministerio de la Felicidad con el único objetivo de poder mejorar el índice de felicidad de sus habitantes. Desde entonces, en Bután se mide el progreso mediante el índice de la felicidad objetiva, e incluso su modelo productivo está basado en la felicidad, en la igualdad de género y en la preservación medioambiental.
Ni que decir tiene que existen muchos aspectos por los que no me mudaría a Bután. Sin embargo, con la misma objetividad y claridad de ideas, debo afirmar que ninguno de nuestros gobernantes se ha preocupado nunca por nuestra felicidad, que debería constituir nuestra propia esencia, y que lo han hecho exclusivamente por lo que tenemos.

Tal vez se necesite un nuevo índice que mida el PIB y la felicidad de forma conjunta para solventar el problema.

Tras Bután, más de 40 Estados empezaron a planear diferentes formas de medir la felicidad de sus habitantes. Hace tan solo unos años el ex Presidente francés Nicolas Sarkozy sugirió en una comparecencia pública la necesidad de superar el concepto PIB y buscar un indicador mixto que midiera no solo el progreso económico, sino también el bienestar social de los franceses.

Cuando en España se realizan estudios demográficos mediante el padrón ―uno de los pocos momentos en los que la Administración Pública se dirige personalmente a cada familia en busca de respuestas―, se nos preguntan cosas como cuántos somos, de qué edades, dónde vivimos y qué personas dormirán esa noche en nuestro domicilio. Ni tan siquiera se nos pregunta cómo nos encontramos. No me cabe la menor duda de que eso cambiará en el futuro, y que esos indicadores serán cada día mucho más importantes, síntoma del progreso real de un país y la meta clave en el trabajo de nuestros dirigentes.

Si el progreso es solo económico y tecnológico, al final del camino te sientes vacío, especialmente cuando tienes inquietudes y pretendes hacerte preguntas de mayor calado.

Hace muchos años mi amigo Jacinto se trasladó a Barcelona y montó una agencia de Marketing. Como necesitaba capital para lanzarse tras años trabajando por cuenta ajena, buscó la ayuda de un viejo amigo de su familia, que era el dueño de una conocida empresa de productos cárnicos. Para él fue realmente sencillo conseguir la inversión necesaria para montar su empresa, ya que a aquel empresario le gustaba la gente joven y veía que financiar el proyecto era un simpático guiño a él y su familia. Además, para ese conocido empresario se trataba de una cantidad de dinero irrisoria.

Jacinto le visita puntualmente una vez al año a modo de singular Consejo de Administración para ponerle al día del devenir de la compañía y, en última instancia, del rumbo de su inversión. Los primeros años acudía cargado de papeles con los que le explicaba las cuentas, los clientes y las nuevas acciones que se debían llevar a cabo en el futuro. Hace ya algún tiempo su inversor le dijo que estaba encantado de verle tan contento y ocupado, pero que en lo sucesivo podrían solventar de manera diferente esos Consejos anuales y la presentación de cuentas y objetivos. Sería con una sola pregunta:

―Solo dime cómo estás, y si eres feliz.

Desde entonces ―y de esto hace ya más de diez años― esos Consejos de Administración anuales se llevan a cabo en una comida, con una buena copa de vino y un poco de conversación. Jacinto tiene una empresa con decenas de clientes satisfechos que progresa cada día. Además tiene un inversor maravilloso con el que puede recordar en cualquier momento cuáles son las cosas realmente importantes de la vida, y comprobar que muchas veces son más sencillas de lo que pensamos en un primer momento.

Por supuesto, entiendo que se trata de un caso extremo, y que muy posiblemente no encuentres un inversor así. Pero la historia de mi amigo es mucho más realista y edificante que las de otros muchos que conozco, que me han llegado a asegurar que sufren verdaderos disgustos ―e incluso depresiones, problemas cardíacos y de salud― porque «ha caído la cuota de mercado del detergente para lavavajillas». La vida es mucho más simple que todo eso. No tenemos que hacer que nuestra felicidad gire alrededor de aspectos superfluos, sino de los realmente importantes. ¡Que le den a la cuota de mercado del detergente para lavavajillas! Si cae, ya subirá. Y si no es así, ni nuestra salud ni nuestra felicidad pueden reposar sus pies sobre superficies tan arenosas.

felicidad-claves-u1010742199629-620x349abcLa felicidad se evapora. Puedes estar feliz ahora y unas horas o minutos más tarde haber perdido los motivos de tu felicidad. No puede fabricarse industrial ni artificialmente, y a lo único que podemos aspirar es a propiciar las condiciones necesarias para poder disfrutarla.
En la sociedad occidental perseguimos la felicidad de una forma peculiar, muy diferente a como lo hicieron nuestros antepasados. La buscamos y creemos hallarla fuera de nosotros mismos, en las cosas que nos rodean ―las posesiones materiales, o la acumulación de objetos de consumo―, en vez de buscarla en nuestro interior. Las mejores cosas que nos puede ofrecer la vida son gratis, son pequeñas y no son cosas.

Por ese motivo la crisis financiera que hemos vivido con posterioridad al año 2007 ha provocado una crisis de felicidad con igual virulencia. Sales a la calle y la gente está triste, angustiada. Incluso he llegado a oír en un bar a obreros de la construcción hablar con preocupación de conceptos macroeconómicos como la «prima de riesgo» del país, que no debería trascenderles lo más mínimo en su vida cotidiana. Como nuestra felicidad hunde sus raíces en el consumo, la crisis económica y las limitaciones económicas que hemos sufrido han supuesto un duro golpe en la línea de flotación de nuestro Estado del Bienestar y, en consecuencia, de nuestra felicidad.

Jonathan Moldú lo condensó en una brillante frase: «Las personas fueron creadas para ser amadas, y las cosas fueron creadas para ser usadas. La razón por la que el mundo está en caos es porque las cosas están siendo amadas y las personas están siendo usadas».

Ése es nuestro problema. Hemos perdido el foco de lo importante, y muchas personas de nuestro alrededor malgastan el dinero que en realidad no tienen comprando absurdas cosas que no precisan, tan solo para impresionar a sus allegados, a los que realmente no les importa. Algunos lo llaman consumismo inútil. El error es creer que ahí reside nuestra felicidad.

Hay una vieja historia oriental que explica cómo, en muchas ocasiones, no valoras o no te das cuenta de lo que necesitas para ser feliz.
Ajay se encontró con un hombre mientras iba a pie a lo largo de la carretera que conducía a la ciudad. El hombre tenía el ceño fruncido.

―¿Qué pasa? ―preguntó.

El hombre levantó una maleta hecha jirones y se quejó:

Lo he perdido todo. Lo que tengo en este mundo apenas llena esta miserable maleta.

Vaya, es una lástima ―dijo Ajay. Entonces le arrebató la maleta de las manos y, ante la sorpresa del hombre, corrió lo más rápido que pudo, robándole todas sus pertenencias.

El hombre, tremendamente sorprendido, ni tan siquiera logró salir tras él para capturarlo.
Después de haberlo perdido todo se echó a llorar y, más miserable y resignado a su suerte tras el robo que había sufrido, siguió caminando. Mientras tanto Ajay, que había corrido rápidamente, se detuvo en una curva del camino por la que debía pasar aquel hombre, y allí colocó la maleta para que éste la encontrara pocos minutos después.
Cuando el hombre vio su maleta en la carretera se echó a reír de alegría, y gritó:

―¡Mi maleta! ¡Pensé que la había perdido para siempre!

Escondido tras unos arbustos, desde donde contemplaba la escena, Ajay se rió entre dientes. «Bueno, ¡es una buena manera de hacer feliz a alguien!», pensó.