Congreso
Interior del Congreso de los Diputados

Vivimos tiempos extraños en este país, o lo que queda de él. Y lo mismo podemos decir de la vieja Europa y las modernas naciones de allende el atlántico. Son tiempos culturalmente diferentes a los que forjaron la democracia, pues entonces, tras siglos de lucha y derramamiento de sangre (en ningún lugar del mundo ha corrido tanta sangre en la lucha por los derechos de las clases menos favorecidas que en la vieja Europa) se consiguió que los derechos de unas minorías privilegiadas se extendieran a la mayoría.

Es lo que llamamos democracia parlamentaria y está basada en tres pilares inamovibles: el poder reside en el pueblo, la independencia de los tres poderes del Estado y la libertad de expresión. Pero ahora, un fantasma recorre Occidente tiñendo de negros aldabonazos el sistema político menos malo según Churchill.

Una vez logrados derechos para todos, una serie de minorías, alentadas por la izquierda cultural y retomando sus añejas banderas, han comenzado a exigir unos derechos supuestamente pisoteados por la mayoría, hasta conseguir que el barco de la sociedad navegue irremediablemente a chocar contra los acantilados y hundirse.

Primero comenzaron quejándose determinadas regiones de un supuesto maltrato del resto de España a su atávico sustrato cultural -inventado en su mayor parte-, haciendo más hincapié en las escasas diferencias que en las abrumadoras coincidencias. Las cesiones, por parte de los gobiernos de turno, hizo que se envalentaran hasta el punto de que España se encuentra al borde de la ruptura como país.

Después, determinados colectivos supuestamente marginados comenzaron a exigir privilegios, que no derechos, siendo significativo lo conseguido por las feministas: una ley de violencia de género que victimiza al varón, destrozando de un plumazo la presunción de inocencia e invirtiendo la carga de la prueba. Un cuerpo legislativo que avergonzaría a cualquiera de los padres de nuestra constitución y que, sin embargo, nadie se atreve a abolir.

Además, se legisló para que no se pudiesen dar opiniones contrarias al pensamiento único, de tal manera que hacer un chiste sobre una minoría, por ejemplo los gitanos o los emigrantes, podía llevarte a la cárcel o al ostracismo social. De esta forma, consiguieron que algo tan propio de regímenes dictatoriales como la censura, volviese de nuevo en pleno siglo XXI.

Disponíamos y gozábamos de más libertad en los años ochenta, cuando yo era un joven que disfrutaba de la movida, que ahora.

Todos estos hechos demuestran tan solo una cosa: la tiranía de las minorías agitadas por el marxismo cultural que ha hecho bandera (tras su fracaso como régimen político), en busca de causas que defender. La protección del proletariado les importa un bledo, sobre todo porque prácticamente es inexistente y lo que es más importante: no se mueve en las redes sociales y, por lo tanto, carece de poder para agitar las calles y, por ende, presionar al gobierno de turno.

Todo es un plan bien concebido para acabar con la cultura cristiana en imponer, en su versión moderna, lo que el marxismo siempre quiso: el hombre nuevo, colectivo, sin referencias familiares y para el que el estado lo es todo.

Quien piense que las llamadas de los ayuntamientos del cambio a acabar con el transporte privado en pro del público son a causa de la contaminación, se equivoca. Todo camina en la misma dirección, alentada por la irresponsabilidad de los medios de comunicación supuestamente progresistas.

Se ha instalado la tiranía de las minorías, mientras que la mayoría de la sociedad mira con estupefacción y calla por miedo a ser represaliados.

Si no hacemos nada, terminaremos con una marca en la chaqueta tan solo por pertenecer a la clase de personas que es heterosexual, trabaja desde muy temprano y disfruta los domingos con sus hijos.

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