Soraya

Se consumó la victoria de Pablo Casado en las primarias del partido Popular. Esa victoria  sobre Soraya Sáenz de Santamaría, que la gran mayoría de medios de comunicación negaban -muchos, creyendo ir con el que iba a ganar, les ha pillado con pie torcido-.

La duda es, ¿y ahora que hacemos con Soraya?

Tras unos años nefastos en los que el Partido Popular se ha visto azotado por la corrupción y la falta de plan estratégico e ideario político, comienza una nueva etapa. Para ello era imprescindible la salida de Mariano Rajoy y María Dolores de Cospedal. También lo es el abandono de la primera línea política de Soraya Sáenz de Santamaría, y de algunos de los personajes que la rodean.

Como ya comentamos hace semanas en MERCA2, a Soraya no la quieren en el PP y además le han perdido todo el respeto. Muchos la acusan de años de uso partidista desde el Gobierno de la UCO, el CNI y el propio Ministerio de Hacienda contra los propios miembros del partido. Hay casos sangrantes. Un importante número de compromisarios que la apoyaron lo hicieron sólo porque la veían ganadora y “a ver si les caía algo”.

Cuando durante años la gente calla por miedo, el rencor se acumula en silencio. Cuando dejas de tener el poder para controlar y castigar, todo el rencor acumulado explota, y eso es lo que ha ocurrido.

Los años de éxito económico tras la salida de Zapatero se han visto empañados por los últimos años de prácticas cuanto menos dudosas desde el Gobierno. En el Partido Popular se señala al tándem María González Pico y Soraya Sáenz de Santa María, como inductor de las fotografías más desagradables, filtraciones de noticias, manejo de dossieres de la UCO, instigación de inspecciones de Hacienda y caída de varios ministros.

Y ahora, ¿qué hacemos con Soraya? Se preguntaba un ex ministro del Partido Popular tras el congreso este fin de semana. La respuesta le vino de un significado cargo del partido:

  • “Como dirían en la mili, hay que mandarla a letrinas. Lo ideal sería que se retirara dignamente y diera un paso atrás. Sería un error integrarla en el partido. Hay que colocarla lejos, ofrecerle un destino incierto que tenga que trabajarse, por ejemplo, en la Comunidad de Madrid. Eso sí, siempre sin que tenga control sobre el partido en Madrid, ¡que nos la lía!”

Hay miembros de la candidatura de Soraya que son muy necesarios en la nueva etapa del partido. Mantenían lealtades históricas y creían apostar a caballo ganador y se equivocaron, pero son imprescindibles. Lo mismo pasa con el equipo de Cospedal. Pero este no debe ser el caso personal de Soraya Saenz de Santamaría, que, si no se retira por sí sola, tras la estrepitosa derrota habría que apartarla.

No se puede empezar una nueva etapa con gente que aún mantiene muertos en los armarios. Y si digo eso de Soraya Saenz de Santamaría, imagínense de otros afines, como el campeón, Javier Arenas, décadas, tengan que buscarse un empleo. Su tiempo pasó, y el algún caso debería haberse acabado hace muchos años.

QUÉ DICE LA REINA DE LA GUERRA SUCIA, QUE LE HAN HECHO LA GUERRA SUCIA

Una de las cosas más singulares de esta campaña ocurría con la publicación del famoso vídeo “Cuéntame cómo vais a regenerarnos”.

Este vídeo tenía una segunda parte que finalmente, ante el pollo montado, no vio la luz. El equipo de Soraya -y sus medios de comunicación afines, que están ya corrigiendo el pie cambiado-, lo consideraban “guerra sucia”, y han estado durante varios días obsesionados con buscar culpables. Es significativo que algunas personas que han manejado dossieres y enterrado sin pestañear a rivales políticos dentro de su mismo partido, consideraban que les hacían “guerra sucia”.

Ahí estaban, sufriendo porque unos desalmados tiraban de hemeroteca. Seguro que la organización de un evento mediático en torno a la detención de Zaplana o Rato, las inspecciones de Hacienda de Aznar, o Margallo, el dossier Cifuentes, o los episodios de caída de varios ministros fueron guerra “de las limpias”.

En primer lugar, el vídeo no era más que un ejercicio de hemeroteca. Para haber guerra sucia debe haber difamación, calumnias, filtraciones, utilización de medios del Estado, revelación de secretos... Nada de eso sucedía en el vídeo.

Es como si Bud Spencer, que repartió galletas por doquier junto a Terence Hill en la época de los años 70 y 80, de pronto se quejara de que le han pegado un guantazo en un bar. Todos nos sonreiríamos, todavía le deben un par de cientos.