Una serie de comedia que transcurre en el tiempo necesario, ni un minuto más. Una que suma los talentos de algunos de los mejores actores cómicos de nuestro país. Una que explora algo tan actual y tan urgente como los límites de la libertad de expresión aplicados al humor. Un Louie español que, contra todo pronóstico, no tiene nada que envidiar a su homólogo estadounidense.

Todo eso está muy bien. Lo sorprendente es que algo así haya pasado y, para mí, que el protagonista sea Ignatius Farray.

En un mundo en el que parece que todo dios veía La Hora Chanante cuando la emitía Paramount Comedy, en un fenómeno Cuarto Milenio que recuerda al de la cantidad de españoles que corrieron delante de los grises o al aforo real de Woodstock, yo puedo decir que no sólo veía La Hora Chanante y tarareaba eso de ‘Hijo de puta, hay que decirlo más’, con Farray a los coros y marcándose un freestyle, sino que además gané una PSP en el primer programa que se emitió del venerable concurso chorra Smonka.

Algunos de los cómicos de la época se han convertido en verdaderas estrellas pero había uno de ellos, Ignatius Farray, que jamás encajó conmigo. Un tipo hirsuto y permanentemente semidesnudo, con pintas de haberse tomado todas las drogas y una mirada alucinada que me hacía pensar que era la obra social de Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla.

Nótese mi sorpresa al descubrir El fin de la comedia, que acaba de estrenar su segunda temporada en Movistar+. Mientras sus compañeros de generación hacen cosas para las grandes generalistas y ganan dinero, Farray se ha hecho hueco con Buenafuente en Leit Motiv,participa en La vida moderna de la Ser y ha generado la mejor serie española que he visto, a la altura de Qué fue de Jorge Sanz y en la competencia con lo mejor que hacen los americanos.

Farray crea un personaje entrañable y maravilloso, una cumbre de la comedia española. Un padre que anhela convertir la relación con su hija en una obra de arte, siempre que pueda chupar pezones en un escenario cuando le plazca. Un hombre leído que castiga su cuerpo con alcohol y malos alimentos pero que compensa esa degradación física con una simpatía inaplazable. Un tipo que lo mismo regala una actuación de cumpleaños que cede su piso a un amigo para un extraño trío en plena noche. Uno que viaja al Barranquito aún sabiendo que le esperarán con horcas y antorchas.

Farray y sus compañeros de aventuras Miguel Esteban y Raúl Navarro nos demuestran el enorme talento que tenemos en España y lo que se puede llegar a hacer cuando se exprime sin pensar en las audiencias. Ninguna madre quiere ver a este gordo canario farfullando en inglés y masturbándose con viejas películas de Verónica Forqué mientras orina sentado.

¿Nadie? Yo, yo si quiero. 

El humorista ha inspirado algunos magníficos artículos sobre su figura. Recomiendo éste en El Confidencial, en el que se habla de su pasión por Lenny Bruce y, especialmente, por Richard Pryor. La comparativa con Louie es evidente en cada minuto de la serie y, por supuesto, no se me ha ocurrido sólo a mí. En este artículo en Fotogramas también la mencionaban, hasta el punto de que los padres de la serie reconocen que es su principal inspiración.

Hay muchos parecidos con Louie, pero El fin de la comedia me parece mejor. Ya me lo he quitado: Es mejor que Louie. Porque el personaje que refleja es mucho más auténtico que Louie C.K. En la serie del americano nos encontramos a un señor que se queja de lo gordo que está pero que obviamente intenta mejorar, aunque sólo sea para ver si consigue practicar sexo. Con alguien que dice masturbarse mucho pero que tiene un entorno ordenado y controlado para sus hijas. Con alguien normal.

Louie es un tipo tan carismático, inteligente y exitoso que un relato de su vida tiene que terminar aburriendo un poco. En cambio, puedes imaginar el divorcio de Farray, su juicio por la custodia, su enfermedad cardíaca y sus deseos de abandonar la comedia. Pasaba algo parecido con Aziz Ansari y su serie para Netflix Master of None, que resultaba mucho más creíble cuanto más se pegaba a la historia real del humorista y a la historia de inmigración de sus padres.

Farray es patético porque en España tiene que serlo. Es como un unicornio gordaco obsesionado con ciertos conceptos de justicia y solidaridad, un personaje capaz de dar la bienvenida a Andrea Levy a un estudio de radio gritando ‘Fascismo del bueno’, y de confesar que es el novio de una mula con sombrero

Lo más sorprendente es que yo no soy un fan del humor de Farray. Soy un tipo al que Farray no le parece nada gracioso pero cuya serie le parece la hostia bendita. Es demasiado punk, muchas veces desarticulado, nada que ver con la precisión milimátrica de humoristas que sí me gustan como Amy Schumer, Trevor Noah, Ali Wong, Dave Chappelle, el propio Louie C.K., Jimmy Carr, Ansari o Chris Rock. 

Pero aquí funciona. Tanto, que deberías ver El fin de la comedia.. No porque la comedia vaya a terminar y encuentre aquí su final, sino porque de la mano de Ignatius la comedia va a descubrir cuál es su objetivo último, cuál es su fin, el fin de quien sólo quiere hacer reir cueste lo que cueste. O le cueste lo que le cueste.

 

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